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Estudiante
jesuita
La alegría de Alberto por haber entrado al Noviciado queda bien
expresada en una carta a su inseparable amigo: «Querido Manuel:
Por fin me tienes de jesuita, feliz y contento como no se puede ser más
en esta tierra: reboso de alegría y no me canso de dar gracias
a Nuestro Señor porque me ha traído a este verdadero paraíso,
donde uno puede dedicarse a Él las 24 horas del día. Tú
puedes comprender mi estado de ánimo en estos días; con
decirte que casi he llorado de gozo».
La primera parte de su formación se desarrolla en Chillán,
entre Retiros Espirituales y labores humildes. Posteriormente se traslada
a Argentina para terminar allí su período de noviciado y
consagrarse al Señor con sus votos religiosos el 15 de Agosto de
1925. Su disponibilidad y servicialidad se reflejaba en que, según
se recuerda, «pedía los trabajos humildes de la cocina».
Entre los años 1927 y 1931, estudia filosofía y comienza
con la teología en Sarriá, Barcelona. Un padre jesuita que
lo conoció en aquellos años lo recuerda, «tan abnegado,
tan caritativo, tan trabajador, tan celoso de la gloria de Dios y del
bien de sus prójimos y, como fundamento de todo, tan sobrenatural,
unido con Dios y piadoso, principalmente en su devoción a la Santísima
Virgen». El estudio de la teología, por las dificultades
sociales de España, debe continuarlo en la Universidad Católica
de Lovaina, una de las más prestigiosas del mundo.
Los escritos de esta época reflejan un sincero esfuerzo por avanzar
en el camino de la santidad: toma muy en serio su formación, la
oración y los estudios; y se empeña en pequeñas virtudes
como no hablar mal de los demás, ser amable, o destacar las virtudes
ajenas. Entre sus apuntes personales, escribe: «No criticar a mis
hermanos, velar sus defectos, hablar de sus cualidades... Hablar siempre
bien de los Superiores y de sus disposiciones. Hablar siempre bien de
mis hermanos, disculpar sus defectos, poner de relieve sus cualidades».
Uno de sus compañeros de formación afirma: «A uno
le agradaba estar con él, pues uno se sentía cómodo.
Oía a sus compañeros con mucha atención. Vivía
siempre en un ambiente de fe. Era muy mortificado, se daba de lleno al
estudio, su caridad era grande; siempre servicial, con una sonrisa acogedora».
Otro recuerda: «Poseía un gran don de simpatía que
hacía tan agradable el trato con él, que era sencillo y
modesto». Un hermoso testimonio retrata su carácter: «Su
pronta sonrisa y su mirada indagadora, en un modo indefinible, parecía
urgirlo a uno a cosas más altas... Su sonrisa daba la impresión
de que estaba mirando al interior de mi alma y estaba ansioso por verme
hacer mayores y mejores cosas por el Señor».
El Padre Arts, jesuita belga, nos transmite un elocuente testimonio: «El
P. Hurtado tenía el temperamento de un mártir; tengo la
íntima convicción de que él se ofreció como
víctima por la salvación de su pueblo, y especialmente por
el mundo obrero de América. Conocí al Padre Hurtado en teología,
en Lovaina. Sobre todo impresionaba y edificaba su caridad, tan ardiente
y atenta, resplandeciente de alegría y entusiasmo. Ya entonces
se 'consumía' de ardor y de celo. Siempre listo a alegrar a los
demás. ¡Cuánto amaba a su país y a su pueblo.
Ese amor le hacía sufrir profundamente. Volvía a ver al
querido Padre en el Congreso de Versalles en 1947. Era la misma llama:
el fuego interior lo abrasaba de amor a Cristo y a su pueblo. Mi querido
amigo era un alma de una calidad 'muy rara', y para decirlo todo: un santo;
un mártir del amor de Cristo y de las almas».
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Sacerdote
de Cristo
El 24 de agosto de 1933, es ordenado sacerdote. En su primera misa lo
acompaña su inseparable amigo y futuro provincial, el Padre Álvaro
Lavín. Una vez ordenado sacerdote, le escribe a un amigo: «¡Ya
me tienes sacerdote del Señor! Bien comprenderás mi felicidad
inmensa. Con toda sinceridad puedo decirte que soy plenamente feliz. Ahora
ya no deseo más que ejercer mi ministerio con la mayor plenitud
posible de vida interior y de actividad exterior».
Durante estos años, presta un gran servicio en favor de la fundación
de la Facultad de Teología de la Universidad Católica de
Chile. El agotador trabajo buscando libros, revistas y, lo que es más
importante, profesores para poder hacer realidad la fundación de
la Facultad, muestra el gran aprecio que Alberto Hurtado profesa por el
estudio serio y el deseo de preparar hombres capaces de realizar un apostolado
entre los intelectuales. En diciembre de 1934 Mons. Casanueva le expresa
su agradecimiento en estos términos: «La inmensa gratitud
que te debo por tu empeño tan abnegado, tan inteligente, tan atinado
y tan cariñoso, que jamás podré pagarte y sólo
Dios podrá recompensarte debidamente; después de Dios y
de la persona que ha hecho esta fundación, a nadie le deberá
esta Facultad de Teología tanto como a ti». Estos agradecimientos
se repetirán en el discurso del Rector, el día de la fundación
de la Facultad de Teología.
El 24 mayo de 1934, aprueba el examen de grado de Teología. El
presidente de la comisión era el P. Janssens, futuro superior general
de la Compañía de Jesús, quien comentó: «En
mis largos años de Superior no he visto pasar junto a mí
un alma de mayor irradiación apostólica que la del Padre
Hurtado». Entre los años 1934 y 1935 finaliza su formación
y el 10 de octubre rinde su examen para el Doctorado en Ciencias Pedagógicas
en la Universidad de Lovaina, habiendo presentado la tesis El sistema
pedagógico de Dewey ante las exigencias de la doctrina católica.
Es aprobado con «máxima distinción».
Antes de regresar a Chile, hace un viaje por diferentes países
europeos, con el fin de estudiar varias instituciones educacionales. El
22 de enero de 1936, justo al cumplir 35 años, se embarca en Hamburgo
a las 10 a.m., de regreso a Chile.
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