Biografía
03. Apóstol entre los jóvenes
 
     
 
Una vez de vuelta en Santiago, en febrero de 1936, comienza su apostolado con los jóvenes, de modo especial, en el Colegio San Ignacio y en la Universidad Católica. Pero la tarea educativa del P. Hurtado no se limita sólo a las clases, el carisma de este apóstol atrae a los jóvenes más allá de los compromisos académicos. Una de sus labores más importantes es la predicación de retiros espirituales. Varias veces durante el año, impulsará a diversos grupos, de jóvenes y adultos, a un encuentro profundo con el Señor y a buscar con seriedad la voluntad de Dios. Es en uno de estos retiros donde afirma: «Todo cristiano debe aspirar siempre a esto: a hacer lo que hace, como Cristo lo haría en su lugar...».

Su amor al sacerdocio y a la eucaristía queda retratado en un hermoso testimonio: en el año 1937, en San José de la Mariquina, un padre capuchino lo observa celebrar la Misa, y le llama tan poderosamente la atención «que decía no haber visto nunca una celebración tan edificante, y que al ser así los sacerdotes chilenos, deberían ser todos santos».

La rama de jóvenes de Acción Católica es otro de los campos de apostolado que asume el Padre Hurtado. La A.C. había sido impulsada en 1923 por el Papa Pío XI, que la definía como la «participación y colaboración de los laicos en el apostolado jerárquico de la Iglesia», y significó un decidido impulso a la valorización de la participación activa de los laicos en la Iglesia. A inicios de 1941, es nombrado Asesor Diocesano de la Juventud Católica. Trabaja también con alumnos de liceos fiscales de Santiago.

El mismo año 1941 publica un libro que marcó una época: ¿Es Chile un país católico? Que con gran agudeza, optimismo y valentía abre los ojos de muchos católicos acerca de la verdadera situación del catolicismo en Chile, señalando como el más grave de los problemas, la escasez de vocaciones sacerdotales. Es un tiempo en que la humanidad vive profundas transformaciones, el mundo es disputado por ideologías opuestas y totalitarias, mientras Europa se desangra en la Segunda Guerra Mundial. El P. Hurtado se estremece ante los horrores de la guerra, pero además comienza a pensar en cómo reconstruir, con Cristo, el mundo de la postguerra.

Su fecundidad pastoral lo lleva, a los pocos meses, a ser nombrado Asesor Nacional de la Juventud de la Acción Católica. Dedica muchas energías en este apostolado, dando mucho fruto; recorre el país organizando los grupos y predicando retiros, tanto a los jóvenes como a los sacerdotes relacionados con la Acción Católica. Es el tiempo de las grandes procesiones de antorchas a los pies de la imagen de María Santísima, en el Cerro San Cristóbal con miles de jóvenes. En este contexto apela a la generosidad de los jóvenes «Si Cristo descendiese esta noche caldeada de emoción les repetiría, mirando la ciudad oscura: 'Me compadezco de ella', y volviéndose a ustedes les diría con ternura infinita: 'Ustedes son la luz del mundo... Ustedes son los que deben alumbrar estas tinieblas. ¿Quieren colaborar conmigo? ¿Quieren ser mis apóstoles?'». Su labor no es bien comprendida, y en abril de 1942, presenta la renuncia al cargo de Asesor Nacional de la Acción Católica, renuncia que es rechazada.

El trabajo continúa: En febrero de 1943, zarpa hacia Magallanes para formar la A.C. en la ciudad más austral del mundo, visita Puerto Natales, Porvenir y Punta Arenas. La fecundidad de esta visita permitirá la celebración posterior de un Congreso Eucarístico y un cambio de ambiente en relación con la Iglesia. Sin embargo, incomprensiones en torno de la orientación que el Padre Hurtado le da a la A.C. se siguen suscitando. Ello motiva, finalmente, a que renuncie indeclinablemente como Asesor Nacional de la Acción Católica, el 10 de noviembre de 1944.
 
   
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