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El
Hogar de Cristo
El mes anterior a su renuncia, tal como él mismo lo relata, una
noche fría y lluviosa, se le acerca «un pobre hombre con
una amigdalitis aguda, tiritando, en mangas de camisa, que no tenía
dónde guarecerse». Su miseria lo estremece. Pocos días
después, el 16 de octubre, dando un retiro para señoras,
en la Casa del Apostolado Popular, habla, sin haberlo previsto, sobre
la miseria que hay en Santiago y la necesidad de la caridad: «Cristo
vaga por nuestras calles en la persona de tantos pobres dolientes, enfermos,
desalojados de su mísero conventillo. Cristo, acurrucado bajo los
puentes, en la persona de tantos niños que no tienen a quién
llamar padre, que carecen hace muchos años del beso de madre sobre
su frente... ¡Cristo no tiene hogar! ¿No queremos dárselo
nosotros, los que tenemos la dicha de tener hogar confortable, comida
abundante, medios para educar y asegurar el porvenir de los hijos? 'Lo
que hagan al más pequeño de mis hermanos, me lo hacen a
Mí', ha dicho Jesús». Y así, nace la idea de
fundar el Hogar de Cristo. A la salida del retiro, recibe las primeras
donaciones, un terreno, varios cheques y joyas, de parte de las señoras
presentes.
En mayo de 1945, el Arzobispo de Santiago, Mons. José María
Caro bendice la primera sede del Hogar de Cristo. Y al año siguiente
se inaugura la Hospedería de la calle Chorrillos. Poco a poco,
el Hogar de Cristo crecerá hasta niveles admirables, prestando
un inestimable servicio a los más pobres y creando una corriente
de solidaridad que actualmente ha superado las fronteras de nuestra patria.
Su propósito es «devolver a la sociedad a aquellos niños
que, un día, recogió debajo de los puentes del río
Mapocho, transformados en obreros especializados».
Entretanto continúa su labor formativa entre los jóvenes.
En 1945 publica La vida afectiva en la adolescencia y La crisis de la
pubertad y la educación de la castidad, y prosigue con la predicación
de retiros. En junio del mismo año, en una charla de preparación
a la fiesta del Sagrado Corazón, recuerda a los estudiantes su
responsabilidad social, responsabilidad que es una consecuencia de las
palabras de Cristo: «El deber social del universitario no es sino
la traducción concreta a su vida de estudiante hoy y de futuro
profesional, mañana, de las enseñanzas de Cristo»,
e invita a cada uno a «estudiar su carrera en función de
los problemas sociales propios de su ambiente profesional». Se atreve
a pedir a los jóvenes una gran generosidad, con la certeza de que
«la base de toda educación, es infundir en los jóvenes
el amor a Jesucristo. El que ha mirado profundamente una vez siquiera
los ojos de Jesús, no lo olvidará jamás».
En septiembre de 1945, el Padre Hurtado realiza un viaje a EE.UU. y a
otros países de Centro América. En octubre llega a Dallas
y comienza una nutrida agenda de entrevistas y visitas de instituciones
de beneficencia. En Kansas se encuentra con Mons. O'Hara, visita a los
Redentoristas, la cancillería y la oficina de la Acción
Católica. En octubre visita la «Ciudad del Niño»
del P. Flanagan. A principios de enero, viaja a Canadá, y luego
regresa a Washington. El 29 de enero comienza su retiro espiritual en
Baltimore. Y una vez finalizados, viaja de regreso, en barco, desde Nueva
York a Valparaíso en el «Illapel» de la Sudamericana
de Vapores. El viaje dura 30 días, que aprovecha para reflexionar
y escribir, después de haberse puesto «en contacto con muchas
obras interesantes». Durante la travesía reflexiona acerca
del Rumbo de la vida: «Cada vez que subía al puente de mando
y veía el trabajo del timonel, no podía menos de hacer una
meditación fundamental, la más fundamental de todas, la
que marca 'el Rumbo de la vida'».
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Apostolado
social
De vuelta a sus nutridas labores habituales, predica un célebre
retiro en la Semana Santa de 1946 (publicado en Un disparo a la eternidad,
pp. 33-73), y comienza a hacer clases en el Hogar Catequístico
y en el colegio The Grange. En 1947 predica un retiro espiritual al Seminario
Mayor de Santiago y a varios otros grupos. Y el 13 de junio, día
del Sagrado Corazón, junto a un grupo de universitarios que querían
trabajar en favor de los obreros, constituye la Acción Sindical
y Económica Chilena (ASICH), como un modo de buscar «la manera
de realizar una labor que hiciera presente a la Iglesia en el terreno
del trabajo organizado».
Entre julio de 1947 y enero de 1948, el P. Hurtado realiza un viaje a
Francia para asistir a una serie de importantes congresos y semanas de
estudio. A su superior, el Padre Álvaro Lavín, le solicita
el permiso para el viaje: «¿Será mucha audacia pedirle
que piense si sería posible que asistiera este servidor al Congreso
de París?... Le confieso que lo deseo ardientemente porque me parece
que me sería de mucho provecho para ver las nuevas orientaciones
sociales y de A.C. y Congregaciones Marianas... Si es audacia, rompa estas
líneas sin mayores miramientos».
Otorgado el permiso, parte a Francia el 24 de julio de 1947. Participa
en la 34ª Semana Social en París, allí sostiene conversaciones
con el Cardenal E. Suhard, Arzobispo de París; pasa una semana
en L'Action Populaire (centro de acción social organizado por los
jesuitas franceses, actualmente CERAS), y luego participa en la Semana
Internacional de los jesuitas en Versalles, donde el Padre Hurtado habla
en dos oportunidades acerca de la situación de Chile, su exposición
es descrita como «un grito de angustia, pero al mismo tiempo, una
irresistible lección de celo apostólico puro y ardientemente
sobrenatural», y es considerado una de las personalidades más
notables del encuentro; el 24 de agosto, pasando por Lourdes, viaja a
España, y de regreso permanece un par de días con los sacerdotes
obreros en Marsella; en septiembre asiste al Congreso de Pastoral Litúrgica,
en Lyon, y participa en la Semana de Asesores de la Juventud Obrera Católica
en Versalles. En octubre viaja a Roma, y tiene tres audiencias con el
P. General de la Compañía de Jesús, un encuentro
con Mons. Montini (futuro Papa Pablo VI), y el 18 de octubre es recibido
en audiencia especial por S.S. Pío XII, que le otorga un gran apoyo.
Finalmente, junto a Manuel Larraín, visita al filósofo Jacques
Maritain. El propio Padre Hurtado afirma: «El mes romano fue una
gracia del cielo, pues, vi y oí cosas sumamente interesantes que
me han animado mucho para seguir íntegramente en la línea
comenzada. En este sentido las palabras de aliento del Santo Padre y de
Nuestro Padre General han sido para mí un estímulo inmenso».
En su camino de vuelta a Francia, a fines de octubre, se detuvo en Turín
para visitar la 'Piccola Casa' de la Providencia; y desde fines de octubre
hasta el 16 de noviembre, permanece en Économie et Humanisme, otra
institución católica dedicada al estudio de los problemas
sociales y económicos, con su fundador, el Padre J. Lebret (durante
estos días realizó un viaje rápido a Bélgica
para estudiar la Liga de Campesinos Católicos, los Sindicatos Cristianos
y la Juventud Obrera Católica). Finalmente, el 17 de noviembre
llegó a París. Con razón pudo escribir: «acumulo
toneladas de experiencias interesantísimas».
Después de este nutrido itinerario de congresos y entrevistas,
llega a París, para «encerrarme por un tiempo en mi pieza,
pues las experiencias acumuladas son demasiado numerosas y hay que asentarlas,
madurarlas, anotarlas». En diciembre escribe: «Aquí
me tiene en París, haciendo vida de Casa de Retiro, encerrado en
una pieza, lleno de libros... hay tanto que hacer, tanto que leer y meditar,
pues, este viaje me lo ha dado Dios para que me renueve y me prepare en
los tremendos problemas que por allá tenemos». Durante más
de dos meses, hasta el 20 de enero, el P. Hurtado permanece casi sin salir
de París, sólo va unos días cerca de Lyon a un Congreso
de moralistas, su exposición acerca de la relación entre
Iglesia y Estado, se titula «¿Con o sin el poder?».
De este viaje rescata muchos aspectos, su opinión general del movimiento
católico social es ciertamente positiva, pero también se
adelanta en ver ciertos riesgos. Por ejemplo, respecto del Congreso de
moralistas, ve «un afán excesivo de renovación»
y una tendencia «a olvidar los valores reales de la Iglesia, la
visión tradicional», tendencia que tiene como consecuencia
dejar a la Iglesia «sin dirigentes auténticamente cristianos,
sino con hombres de mística social, pero no cristiano-social»;
pero, a la vez, señala que «por encima de todo hay mucho
espíritu, mucho deseo de servir a la Iglesia, y una abnegación
realísima como se demuestra en los trabajos que emprenden».
Se fortalece en él una gran admiración por el compromiso
social de la Iglesia francesa.
De vuelta a Chile, estas experiencias le permiten madurar su proyecto
de la ASICH, poniendo como punto de partida su sólido fundamento
en Cristo y su Iglesia. La tarea es dura y no exenta de malos entendidos.
La principal dificultad radicaba en la ley de sindicato único,
que obligaba a todos a militar en el mismo sindicato, con el evidente
peligro de politización: «Los obreros a pesar de ser católicos
en su casi totalidad no tenían influencia alguna en cuanto tales
y obedecían a consignas marxistas», como él mismo
señala en 1951, recordando la situación que se vivía
al iniciar la obra. La ASICH nace entonces para ofrecer una vía
alternativa a los obreros, centrada en la enseñanza social de la
Iglesia, y con miras a defender la dignidad del trabajo humano por sobre
cualquier consigna ideológica. Las críticas se repiten,
sin embargo no logran desalentar al Padre Hurtado, quien se encuentra
animado por las Encíclicas a preparar a obreros y empleados para
que tomen en sus manos la causa de la redención del proletariado,
elemento substancial del orden nuevo.
En una carta de respuesta a las críticas recibidas, que revela
la personalidad del P. Hurtado, señala: «Claro que hay muchos
peligros, y que el terreno es difícil... ¿Quién no
lo ve? Pero ¿será ésta una razón para abandonarlo
aún más tiempo?... ¿Que alguna vez voy a meter la
pata! ¡Cierto! Pero ¿no será más metida de
pata, por cobardía, por el deseo de lo perfecto, de lo acabado,
no hacer lo que pueda?».
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