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Últimos
años de apostolado
Continúa con su intensa actividad apostólica habitual, de
clases, confesionario, grupos, dirección espiritual y retiros.
Durante 1948 predica unas cuatro o cinco tandas de retiros. Además,
algunas conferencias en Valparaíso, Temuco, Sewell, Iquique, Putaendo
y Chillán; nueve predicaciones en la Iglesia de San Francisco,
para el Mes de María, sobre la vida sacramental, y varias en la
Universidad Católica. Las conferencias de Temuco y a los mineros
de Sewell son muy concurridas: 4.000 y 1.200 personas, algunas de ellas
son transmitidas por radio. Las predicaciones del mes de María
en la Iglesia de San Francisco son consideradas por el P. Hurtado «el
ministerio de más fruto del año».
Tanta actividad es consecuencia de su entrega generosa, en él mismo
se cumple lo que había dicho: «Si alguien ha comenzado a
vivir para Dios en abnegación y amor a los demás, todas
las miserias se darán cita en su puerta», y cobran una especial
relevancia sus propias palabras: «Soy con frecuencia como una roca
golpeada por todos lados por las olas que suben. No queda más escapada
que por arriba. Durante una hora, durante un día, dejo que las
olas azoten la roca; no miro el horizonte, sólo miro hacia arriba,
hacia Dios. ¡Oh bendita vida activa, toda consagrada a mi Dios,
toda entregada a los hombres, y cuyo exceso mismo me conduce para encontrarme
a dirigirme hacia Dios! Él es la sola salida posible en mis preocupaciones,
mi único refugio».
Entre el 6 y el 13 de enero de 1950, el episcopado boliviano lo invita
a participar en la Primera Concentración Nacional de Dirigentes
del Apostolado Económico Social, en Cochabamba. La Juventud de
la AC boliviana también solicita su presencia durante una Asamblea
Nacional que se tendrá paralelamente. Su ponencia ante el
episcopado se titula Cuerpo Místico: distribución y uso
de la riqueza. En ella urge a buscar a Cristo completo, con todas sus
consecuencias, y, «por la fe debemos ver a Cristo en los pobres»,
y buscar soluciones técnicas adecuadas, pues, «ha llegado
la hora en que nuestra acción económicosocial debe
cesar de contentarse con repetir consignas generales sacadas de las encíclicas
de los Pontífices y proponer soluciones bien estudiadas de aplicación
inmediata en el campo económicosocial».
Impulsado por su interés por el apostolado intelectual, funda la
Revista Mensaje. Fundar una revista formaba parte del proyecto de trabajo
social que propuso en 1947 al P. Janssens, Superior General de los Jesuitas.
El P. Hurtado deseaba la publicación de «una revista de vuelo»
con la finalidad de dar formación religiosa, social y filosófica.
Lo que él quería era: «Orientar, y ser el testimonio
de la presencia de la Iglesia en el mundo contemporáneo».
En octubre de 1951 apareció el primer número de Mensaje.
En su editorial, explica que el nombre alude «al Mensaje que el
Hijo de Dios trajo del cielo a la tierra y cuyas resonancias nuestra revista
desea prolongar y aplicar a nuestra patria chilena y a nuestros atormentados
tiempos».
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Enfermedad
y muerte
Su testimonio más elocuente, es su enfermedad y su muerte. Frente
a la muerte se revela la profundidad del hombre y se manifiesta la grandeza
de Dios. Cuando le comunican la noticia de su inminente muerte, el Padre
Hurtado exclama: «¡Cómo no voy a estar contento! ¡Cómo
no estar agradecido con Dios! En lugar de una muerte violenta me manda
una larga enfermedad para que pueda prepararme; no me da dolores; me da
el gusto de ver a tantos amigos, de verlos a todos. Verdaderamente, Dios
ha sido para mí un Padre cariñoso, el mejor de los padres».
El P. Hurtado ha deseado profundamente a lo largo de su arduo trabajo
la vida eterna, es decir, el encuentro final, definitivo y para siempre
con Cristo. Así lo muestra una de las páginas más
hermosas de sus escritos personales: «¿Y yo?, ante mí
la eternidad. Yo un disparo en la eternidad. Después de mí,
la eternidad. Mi existir, un suspiro entre dos eternidades. Mi vida, pues,
un disparo a la eternidad. No apegarme aquí, sino a través
de todo mirar la vida venidera. Que todas las creaturas sean transparentes
y me dejen siempre ver a Dios y la eternidad. A la hora que se hagan opacas,
me vuelvo terreno y estoy perdido. Después de mí la eternidad.
Allá voy y muy pronto
Cuando uno piensa que tan pronto terminará
lo presente saca uno la conclusión: ser ciudadanos del cielo, no
del suelo». La imagen del disparo, junto con manifestar la fugacidad
de la vida, insiste en que la vida tiene una sola dirección: la
eternidad. Estaba convencido de que cada cristiano estaba llamado a colaborar
con la obra de Dios, entregarse a sí mismo, con plena generosidad:
«La vida ha sido dada al hombre para cooperar con Dios, para realizar
su plan, la muerte es el complemento de esa colaboración, pues
es la entrega de todos nuestros poderes en manos del Creador. Que cada
día sea como la preparación de mi muerte, entregándome
minuto a minuto a la obra de cooperación que Dios me pide, cumpliendo
mi misión, la que Dios espera de mí, la que no puedo hacer
sino yo».
Durante todo su ministerio habla de la eternidad. En 1946, en un retiro
para jóvenes, la describe como «un viaje infinitamente nuevo
y eternamente largo», y busca las imágenes más atractivas
para referirse a ella. Afirma: «Esta vida se nos ha dado para buscar
a Dios, la muerte para hallarlo, la eternidad para poseerlo. Llega el
momento en que después del camino se llega al término. El
hijo encuentra a su Padre y se echa en sus brazos, brazos que son de amor,
y por eso, para nunca cerrarlos los dejó clavados en su cruz; entra
en su costado que, para significar su amor, quedó abierto por la
lanza, manando de él sangre que redime y agua que purifica».
El valor de estas palabras aumenta por la alegría y serenidad con
que el Padre Hurtado enfrentó su propia muerte. Esta visión
de eternidad lo había llevado a comprometerse tan profundamente
con el mundo y con los hombres «hasta no poder soportar sus desgracias»;
esta visión de fe lo había impulsado a proponerse: «Encerrar
a los hombres en mi corazón, todos a la vez. Ser plenamente consciente
de mi inmenso tesoro, y con un ofrecimiento vigoroso y generoso, ofrecerlos
a Dios. Hacer en Cristo la unidad de mis amores. Todo esto en mí
como una ofrenda, como un don que revienta el pecho; un movimiento de
Cristo en mi interior que despierta y aviva mi caridad; un movimiento
de la humanidad, por mí, hacia Cristo. ¡Eso es ser sacerdote!».
El día 18 de agosto de 1952, a las 5 de la tarde, el Padre Hurtado
muere santamente, rodeado de sus hermanos de comunidad. Pocos días
antes de su muerte, dejaba una carta, que podríamos considerar
una invitación: «A medida que aparezcan las necesidades y
dolores de los pobres, busquen cómo ayudarlos como se ayudaría
al Maestro. Al desearles a todos y a cada uno en particular este saludo,
les confío en nombre de Dios, a los pobrecitos».
El testimonio de su muerte impacta a la sociedad chilena. El 20 de agosto,
a las 8:30 hrs., se celebra la misa de funerales. El Cardenal Caro reza
el responso, y la homilía está a cargo de su amigo, Mons.
Manuel Larraín, el obispo de Talca, quien afirmó: «Si
silenciáramos la lección del P. Hurtado, desconoceríamos
el tiempo de una gran visita de Dios a nuestra patria». Asiste una
gran muchedumbre de gente, de todos los sectores de la sociedad. A las
10:30 hrs., sale el cortejo hacia la Parroquia de Jesús Obrero.
El trayecto de unas 40 cuadras se hace a pie, a petición de los
asistentes. Al salir de la iglesia de San Ignacio, se forma en el cielo
una cruz con nubes.
Las poéticas palabras que le escribe Gabriela Mistral permanecen
como un recuerdo y una tarea: «Duerma el que mucho trabajó.
No durmamos nosotros, no, como grandes deudores huidizos que no vuelven
la cara hacia lo que nos rodea, nos ciñe y nos urge casi como un
grito...».
El mismo año de su muerte, el Padre Álvaro Lavín
le sugiere al Padre General que se inicie su proceso de beatificación.
En 1955, el Padre Provincial, Carlos Pomar, comienza con las consultas
a los testigos. Años después, en abril de 1971, la Asamblea
Plenaria de la Conferencia Episcopal de Chile acuerda pedir la introducción
de la Causa de su Beatificación. La causa avanza rápido
y en su visita a Chile, el Santo Padre, Juan Pablo II, visita el Hogar
de Cristo y reza ante la tumba del Padre Hurtado. En esa ocasión
el Santo Padre pronuncia estas desafiantes palabras: «nos ilumina
la figura del Padre Hurtado, hijo preclaro de la Iglesia y de Chile. Él
veía a Cristo mismo en sus niños desamparados y en sus enfermos.
¿Podrá también en nuestros días el Espíritu
suscitar apóstoles de la estatura del Padre Hurtado, que muestren
con su abnegado testimonio de caridad la vitalidad de la Iglesia? Estamos
seguros que sí; y se lo pedimos con fe».
El 16 de octubre de 1994, el Papa Juan Pablo II beatifica al Padre Hurtado
en la Plaza San Pedro del Vaticano.
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