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Nacimiento
e infancia
Alberto Hurtado nació el primogénito de un hogar formado
por don Alberto Hurtado Larraín y doña Ana Cruchaga de Hurtado,
muy jóvenes aún, en el que el padre trabajaba denodadamente
una pequeña hacienda rural, en la que vivía la familia,
pues, aún perteneciendo a la clase alta, ni él ni ella no
tenían fortuna personal. La hacienda estaba además gravada
con fuertes deudas.
Para tener alguna prevención y conveniente relativa mayor comodidad,
poco antes del nacimiento de Alberto fue llevada su madre a casa de un
pariente cercano de su padre (don Ramón Echazarreta) en Viña
del Mar, ciudad en que nació Alberto el 22 de Enero de 1901.
Un huérfano pobre
En
Junio de 1905, murió su padre, quedando huérfano a los 4
años, con su hermano Miguel, de 2 años y su joven madre:
el fundito hubo de ser vendido, para pagar las muchas deudas, quedando
un saldo tan reducido que no les permitía vivir una vida independiente,
ni aún en la forma más modesta.
Además de la falta de apoyo e influjo paternal en su formación,
comenzó para Alberto una vivencia de la pobreza, que había
de influir tanto en su vida personal, religiosa y apostólica: él,
que por sus apellidos y por el influjo de muchos familiares, parecía
destinado a una vida fácil, cómoda y libre, hubo de vivir
desde los 4 años sin casa ni hogar propios, de "allegado"
a parientes de buena voluntad, y por estas mismas circunstancias, a cambiar
más de una vez de casa y familia bienhechora.
Un
estudiante "corriente" pero piadoso
Al llegar a la edad de ingresar a un colegio, conforme a los deseos de
su cristiana madre, fue matriculado en el San Ignacio, en el que estudiaban
muchos de sus familiares. En atención a su difícil situación
económica y a las características de su cristiana familia,
fue favorecido con una beca otorgada gustosamente por los superiores del
colegio.
En cuanto a su conducta, aplicación y aprovechamiento, fue siempre
un alumno bueno, pero no sobresaliente, no teniendo malas notas ni castigos,
aprobando bien todos sus cursos (3 años de preparatoria y 6 de
humanidades), pero sin ocupar nunca los primeros puestos ni ganar especiales
distinciones. En lo que siempre se distinguió fue en su piedad,
pureza y alegre compañerismo.
Formando parte, desde muy joven, de la Congregación Mariana del
Colegio, además de su frecuente comunión, comenzó
muy pronto a ejercitar el apostolado en el barrio, en aquel tiempo muy
pobre y necesitado de ayuda material y espiritual, de la parroquia de
Andacollo, trabajo al que dedicaba las tardes de los Domingos.
Como trabajo constante e insensiblemente profundo, estuvo siempre activo
el influjo de su ejemplo y virtud atrayentes por su sencillez y alegría.
Terminó sus estudios secundarios a fines de 1917, obteniendo su
título de bachiller.
Temprana
vocación sacerdotal...temporalmente frustrada
Aún antes de finalizar estos estudios en el colegio San Ignacio,
luego de cumplir los 15 años, deseó y pidió ingresar
al noviciado de los Jesuitas, pero fue disuadido - en cuanto a la fecha
- por sus consejeros espirituales, especialmente por P. Fernando Vives,
a quien siempre se dirigió, primero personalmente y después
por carta. Todos le aconsejaron esperar el bachillerato, y aún
después mayor tiempo, no por falta de madurez ni decisión,
sino por la especial situación económica de su familia.
Un
universitario cristiano "del año 20" (servicio Militar)
Comenzó,
pues, en 1918 sus estudios de leyes en la Universidad Católica,
pero, aprovechando que las clases le ocupaban sólo las mañanas,
buscó y consiguió para las tardes un empleo rentado, que
le ayudaría para sus gastos personales, y en cuanto fuere posible,
de su madre y hermano.
Fuera de su misma actuación callada en el ambiente de sus compañeros,
el trabajo no le impidió continuar su apostolado en Andacollo,
ni otros que le pedía su querida Congregación Mariana. Entre
éstos, recuerdo el que realizó para atender a los Viertes,
especialmente católicos, de provincias, que venían a estudiar
a la capital, y, que con frecuencia, encontraban en las pensiones peligros
morales de variadas especies.
Eran los tiempos de la generación del 20, en que surgía
el fuerte movimiento que propiciaba cambios sociales, considerados entonces
por algunos como avanzados. Ellos habían de tener su más
patente manifestación en las famosas elecciones del 20, que llevaron
a la presidencia a don Arturo Alessandri Palma.
Este movimiento bullía -como acontece siempre- en las universidades;
como jefes avanzados del movimiento en ellos aparecían Santiago
Labarca y Juan Gandulfo.
Este mismo año 20, se inscribió -como tantos otros- para
un .vicio militar extraordinario, que , entonces, pareció un auténtico
llamado de la patria, y se entregó a él con su peculiar
entusiasmo y alegría.
Le tocó hacerlo en el regimiento Yungay, venido temporalmente a
Santiago al cuartel del famoso Buin (que había partido por el mismo
motivo al norte, a la frontera ).
En esa vida tan diferente, en ese ambiente tan heterogéneo y libre
(aspirantes a oficiales, fuera de la tropa y oficialidad del regimiento
), llamaba necesaria y saludablemente la atención esa vida tan
limpia en su conversación y costumbres.
Un episodio casual vino a revelar el celo de las almas, que tenía
tan dentro de su corazón:
Justamente salíamos juntos del cuartel cuando oímos un disparo
de fusil, y llegó a nuestro conocimiento que uno de los aspirantes
había sido herido de gravedad. Alberto, sin esperar mayores datos
o confirmaciones, me arrastró, o poco menos, del brazo, para correr
a la iglesia de la Recoleta Dominica, que estaba a cierta distancia, a
buscar un sacerdote que fuese a atender espiritualmente al herido. Lo
consiguió y un buen Padre vino al momento con nosotros al cuartel,
en donde supimos que la herida no había sido tan grave y que se
iba reponiendo favorablemente: nunca olvidaré la santa y nerviosa
inquietud que mostró en aquella ocasión , por el bien espiritual
de un alma.
Más tarde desplegó su caritativo celo en el trato con los
"albergados", o sea, con las multitudes de obreros cesantes,
a quienes la crisis de las salitreras obligaban a venirse con sus familias
a la capital. Por el ambiente en esos grandes "albergues", no
era fácil de penetrar, y era algo arriesgado, pero lo consiguió
Alberto acompañado de otros amigos (entre ellos Manuel Larraín
y Osvaldo Salinas, después obispos).
Durante su período universitario tuvo como director espiritual
al Padre Damián Symon, de los Padres Franceses, que lo afianzó
y mantuvo en una vida de intenso espíritu de oración y aún
de mortificación, y le dio amplia libertad para el desahogo y ejercicio
de su fervoroso espíritu católico.
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