Biografía, El Padre Hurtado Apóstol de Jesucristo
por el P. Álvaro Lavín s.j.
06. Últimos años
 
     
 

Revista Mensaje

La última de sus grandes realizaciones apostólicas fue la revista Mensaje, en años posteriores, varias veces y por varios motivos discutida y criticada.

El la ideó y deseó francamente de información y orientación católica amplia, es decir, no circunscrita a alguno o algunos puntos determinados, sino de orientación general.

Dentro de lo que desde el principio de su actividad apostólica observó, la ignorancia religiosa... que le había movido a escribir su obra ¿Es Chile un país Católico?, lamentaba la desorientación existente, aún en gente culta, acerca de puntos importantes, tanto en el orden religioso, como social y aun cultural.

Durante años pensó en la posibilidad de una revista para obviar y satisfacer esa necesidad, pero sólo la pudo realizar a fines de 1951 cuando ya sentía los primeros síntomas de la enfermedad que cortaría su enorme actividad y fecunda vida.

Con gran consuelo alcanzó a ver en su lecho de enfermo los primeros números de su querida revista. El escribió su primer editorial, y después se han publicado en ella varios artículos suyos:

En ese primer editorial decía así:

«Hoy, 1° de Octubre de 1951, nace nuestra revista. Ha sido bautizada MENSAJE, aludiendo al mensaje que el Hijo de Dios trajo del cielo a la tierra y cuyas resonancias nuestra revista desea prolongar y aplicar a nuestra patria chilena y a nuestros atormentados tiempos».

«Quienes emprenden la publicación de MENSAJE saben, sobradamente, que no serán capaces de ofrecer un pensamiento siempre adecuado a problemas que sobrepasan las fuerzas no sólo de muchos hombres, sino hasta del espíritu humano. Pero confían en Aquel que es Padre de las luces y por cuyo amor inician esta obra; confían en la dirección doctrinal que emana continuamente de la Santa Sede y del Episcopado, apoyo precioso para comprender mejor la verdad y evitar errores...

«Y aún sintiendo la desproporción de las fuerzas para la tarea, MENSAJE pretende ser un estimulo para realizar el audaz pensamiento de S.E. el Cardenal Saliege: «Nosotros somos en parte responsables del destino de la humanidad. Estamos llamados a hacer la historia, mas bien que a ser moldeados por ella. Demos muestra de imaginación creadora. El pasado vive en presente. El presente lleva en sí el porvenir. ¿Cuál será el mundo del mañana? Lo que lo hagan nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad».

Última enfermedad y muerte del siervo de Dios

Aunque de naturaleza fuerte y temperamento muy dinámico, por sus
antecedentes familiares, siempre creyó el Padre que moriría joven y de repente, y por ello solía decir que tenía la obligación de aprovechar los años de servicio del Señor.

Sin embargo el Señor lo quiso probar y coronar su santa vida una prolongada y dolorosa enfermedad. Ella fue la ocasión de manifestar y reflejar con mayor brillo aún esta vida de unión y amor a su Padre Dios.

Los primeros síntomas de su mal, trató de superarlos con su carácter varonil y esforzado, y su abnegación apostólica, que lo impulsaba a no interrumpir, en lo posible, sus ministerios.

Se sometió a los descansos que le recomendaron sus médicos superiores. Para alejarlo algo del centro de sus actividades, estuvo un mes en Valparaíso en Noviembre de 1951; después, más tarde en mayo de 1952, cuando ya estaba bastante mal, otra semana en Algarrobo, por la esperanza de alivio con los aires marinos y natales.

Fue allá lleno de esperanzas de recuperar sus fuerzas. Ese y esa playa le traían muy gratos recuerdos de su niñez y juventud, y volvía a la misma casa de su pariente y amigo don Arturo Echazarreta Larraín y señora María Hurtado (prima hermana del Padre). Lo acompañaba para atenderlo especialmente y con gran solicitud y cariño su fiel amigo y colaborador, don Hugo Cabezas Ponce.

El alivio y la aparente mejoría fueron breves, y la terrible realidad del mal que lo minaba, lo movió a pedirle a su Provincial que lo fuesen a buscar. Lo hizo personalmente, con gran pena, y esa noche alojó el Padre en la Casa Loyola (edificada principalmente por sus desvelos). Allí, con grandes dificultades y dolores, por su flebitis, pudo celebrar la misa por última vez ( 19 -05 - 1952). Llegado a Santiago, se vio obligado a guardar cama hasta el fin de sus días. Todo lo tomó no sólo con resignación, sino con entrega total, confiada y alegre.

Estando aún en su pieza del Colegio San Ignacio, de tantos recuerdos para muchos, sufrió, en Mayo (19_52), un doloroso infarto pulmonar. Pidió la Santa Unción, y expresó a todos los presentes su fe, su esperanza y entrega feliz al Señor; pidió además, se comunicase a su tan querido Padre Janssens, General, su recuerdo agradecido y la expresión de su amor a la Compañía de Jesús.

Superó ese mal; pero, al poco tiempo, los doctores Armas Cruz y Benavente, que lo atendían con gran cariño, descubrieron la causa última y fatal de sus dolencias: diagnosticaron "cáncer al páncreas" y , para hacer los esfuerzos posibles de superarlo, pidieron fuera trasladado a la Clínica de la Universidad Católica.

Para el Padre dejar esa pieza de religioso, en la que había atendido a tanta gente, resuelto tantos problemas y aliviado tantos dolores... fue muy doloroso, pero a nada ponía objeciones.

El diagnóstico se mantuvo secreto algunas semanas: sólo lo supieron su íntimo amigo, Monseñor Manuel Larraín, y su Provincial.

El Padre, sin embargo, con serenidad, se iba dando cuenta de la ineficacia de los remedios y, sospechando su gravedad, urgió amistosamente a uno de los médicos a decirle la verdad, asegurándole su interna tranquilidad. Entre él y el P. Alvaro le comunicaron la realidad.

Su reacción fue la de un alma íntegramente entregada en la amorosa Providencia de su Dios; en los demás, la impresión fue de impresionante admiración. Para narrar esa reacción con la mayor objetividad posible, diré, primeramente, lo que yo mismo vi y oí:

Esa misma mañana, después de haber estado y hablado con él, como siempre, hube de ir -por razones urgentes de mi cargo- a la Casa de Loyola (Noviciado y Juniorado), y fue grande mi sorpresa, cuando recibí allí un llamado telefónico de la clínica, diciendo que el Padre Hurtado me pedía fuese a hablarle. Dada su gran delicadeza de no molestar lo más mínimo, esto era muy raro, por haberme separado de él unas pocas horas antes. Fui inmediatamente: ¿Cuál era el motivo de este llamado urgente? Comunicarme lo que acababa de saber.

Me recibió con estas palabras que jamás olvidaré: Me he ganado la lotería», me lo repitió y después me añadió: Me he atrevido a molestarle por lo grande de la noticia, para que me ayude a dar gracias a Dios», y como al desahogarse lleno de alegría, se llenasen de lágrimas sus ojos, me añadía: Podré llorar por la emoción, pero, créame, Padre, estoy feliz, feliz.

Aunque tenía fiebre alta, quiso seguir hablándome de sus de su deseo de hablar inmediatamente con el P. Montes (Ecónomo de la Provincia Chilena) para arreglar cuanto antes todo lo referente a las cuentas de sus obras y de todo asunto temporal de dinero, "para no preocuparse ni pensar ya en nada material, sino de su preparación para el encuentro con su Padre Dios.

Estuvo el P. Montes largo rato con el Padre. Después de esto el Padre Hurtado continuó manifestando a todos los que lo visitaban, su inmensa y profunda alegría espiritual que, a su vez, a de santa impresión a todos. Como muestra, entresaco algo de lo referente a esta comunicación, del diario de la enfermedad del Padre, llevado con tan sentido interés y cariño por la señora Marta H. de Benavente:

«El Padre ha sabido que está desahuciado. Quiere despedirse de todos. Con su buena sonrisa, me tiene la mano y me dice: «Mire, Marta, ¿cómo no estar contento? ¿Cómo no estar agradecido con Dios? ¡Qué fino es él! Todas mis obras han prosperado; en lugar de una muerte violenta me manda una larga enfermedad para que pueda prepararme; no me da dolores (sic), me sostiene mi cabeza para que pueda arreglar tantos asuntos; me da el gusto de ver a tantos amigos... Verdaderamente Dios ha sido para mí un Padre cariñoso, el mejor de los Padres».

«Padre, le digo, a pesar de su estado, no pierdo las esperanzas de verlo bien: ¡hace tanta falta!». «Marta, estamos en las manos de Dios... Esa es la gran ciencia, estar a fondo en las manos de Dios... pero somos tan tontos que no aprendemos nunca a entregarnos completamente. Ahora estoy enteramente en sus manos y por eso estoy tan feliz».

Y pensando siempre en los demás, en los pobres, les decía (a las señoras de la Fraternidad Hogar de Cristo): «Preocúpense que haya respeto al pobre: sus camas, que no falten cucharas, platos... Trabajen por la dignidad del pobre; es Cristo a quien sirven. Que haya en el Hogar contacto con el pobre, busquen al pobre con amor y respeto... Que no se desvirtúe esa llama de caridad del Hogar de Cristo, para convertirse en una caridad fría».

Y al agradecerle nuevamente el día 26 de Julio, día de Santa Ana, su saludo y oración por su madre terrena (Ana Cruchaga de Hurtado), les repite: «Que los detalles para dignificar al pobre sea lo más importante; que Cristo tenga menos hambre, menos sed, que esté más cubierto gracias a ustedes. Sí, que Cristo ande menos pililo, puesto que el pobre es Cristo.

Y en un rasgo tan bellamente humano, les agradece, especialmente, su compañía en ese día de su madre: «Otros años no me he atrevido a pedirles que se reunieran en una misa por mi madre, para no molestarlas, pero este año la mamá ha estado bien festejada con la asistencia a la misa y comunión de todas ustedes, y con una misa de la ASICH oficiada por Manuel Larraín. Hoy día para ella es una gran fiesta. ¡Que Dios las bendiga!».

El diagnóstico médico era categórico, pero el plazo, indefinido, y se fue alargando durante varias semanas.

Su jornada comenzaba con la misa, que le celebraba cada día algún sacerdote amigo o jesuita, y era toda de oración y de apostolado, en cuanto se lo permitían sus débiles fuerzas corporales: innumerables personas lo visitaban, ricos y pobres, para recibir consejo y bendición.

Las molestias y dolores se iban haciendo cada día mayores. En uno de los dolorosos vómitos, en que volvía aún los pocos líquidos que había ingerido, la Superiora de las religiosas que atendían la clínica, Sor Facundina, se daba vuelta para que el Padre no la viese llorar de emoción, al ver que éste, pasado el vómito tuvo sólo un gesto, su sonrisa característica, exclamando Madre, a media voz: «Este Padre es un santo».

En los mayores dolores, repetía él la misma máxima que tanto aconsejaba y repetía en vida: «Contento Señor Contento».

Gozaba con la compañía de sus compañeros jesuitas, de sus amigos y de sus fieles colaboradores de sus obras, a quienes les pedía perseverancia y cariño en su atención. Por ellas, confiando esta colaboración, declaraba morir tranquilo.

Su último día, 18 de Agosto de 1952, por una curiosa pero providencial circunstancia, tuvo dos misas, una de ellas del P. Tascón, Provincial del los Dominicos, y de su primo Carlos González Cruchaga, recibiendo con suma dificultad una partícula la hostia.

Los pasillos y alrededores se iban llenando de gente. Después de medio día, comenzó la agonía.

En la mañana aún contestó imperceptiblemente dos preguntas que le hizo el doctor Armas Cruz, y tomándole la mano, la llevó lenta y dificultosamente a sus labios, corno agradecimiento, lo que impresionó profundamente al doctor.

Durante las últimas horas tenía cerca de su cama a muchos jesuitas, con otros amigos, que rezaban. El último gesto visible de que aún seguía consciente, fue el levantar débilmente las manos y los brazos, cuando el P. Alvaro, junto a él, le encomendaba a la Virgen.

Rezada la recomendación del alma y en medio de un ambiente de oración y de impresionante silencio, dio su último suspiro dos o tres minutos después de las cinco de la tarde.

Recitado por el Provincial el primer Responso, los innumerables asistentes a sus últimos momentos se acercaron para besar sus manos y tocarlo con objetos piadosos. Su rostro recuperó pronto su placidez y bondad. «Con los ojos cerrados, las manos cruzadas sobre el crucifijo de sus votos, el gesto serio de las grandes ocasiones, reposa en paz» (diario Marta de Benavente).

Los asistentes rezan de rodillas el primer Rosario, los Misterios Gloriosos... «es el Magnificat que brota ahora de todos los labios. Ante la muerte se canta este día Lunes 18 de Agosto de 1952, la Resurrección» (diario M. H. de B.).

Comienza el arreglo de su traslado a San Ignacio.

Durante las últimas semanas, la radio y prensa mantenían a la ciudad y al país informados de su salud. A los minutos después de su muerte, ésta se divulgó por las radios como un duelo nacional.

 
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