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Fama
de Santidad durante su vida
¿Cómo
explicar esta increíble múltiple actividad de un hombre
y sus realizaciones en sólo 16 años, en obras que perduran,
gracias a la vitalidad que él les infundió?.
Las cualidades y fuerzas humanas y naturales fueron en él extraordinarias:
salud, talento, elocuencia, simpatía, optimismo, audacia, vehemencia,
tenacidad, alegría... pero ellas son insuficientes e incapaces
de explicar la acción de este hombre. Hay que sumar a éstas
las fuerzas y gracias sobrenaturales que recibió del Señor,
que el Padre impetró con su oración y fecundó con
una constante, humilde y heroica correspondencia.
El hombre era no sólo emprendedor, inteligente y activo, sino un
varón de Dios, un apóstol de Jesucristo, entregado totalmente
a Su servicio.
No es extraño, pues, que ya en vida gozase de una fama muy extendida
de santidad y así, a las previas investigaciones pedidas por la
Congregación de «las Causas de los Santos», acerca
de la fama de santidad de una persona, antes y después de su muerte,
podemos, en nuestro caso, dar una sincera respuesta plenamente afirmativa.
A sus ejercicios y predicación acudía la gente en gran número,
ante todo por ver en él al hombre de Dios, al que consideraban
como santo y que por el espíritu de fe y de caridad que irradiaba,
invitaba y persuadía a ser mejores y a amar al Señor.
Lo mismo aparecía en la afluencia a su confesionario y dirección
espiritual. Al retirarse de la Asesoría de la Juventud Católica,
los miembros del Consejo Nacional, en carta pública, después
de agradecerle cuánto le debían ellos y toda la Asociación,
terminan con estas palabras «y le pedimos también que disponga
de nuestras energías y entusiasmo para todas las obras que el Señor
se complace en hacer por su mano, que Ud. en su modestia creerá
humilde y torpe, pero que nosotros consideramos santa, noble y valerosa».
En sus diversos apostolados y especialmente en el Hogar de Cristo, se
recuerdan hechos impresionantes que confirmaban en todos sus cooperadores
la convicción de la santidad del Padre. Por ejemplo:
a) El Padre (en 1948) presenta al Consejo Superior del Hogar un proyecto
que, a pedido suyo, ha hecho un arquitecto para un hogar para los niños,
cuyo presupuesto es de un millón. El Consejo, preocupado por los
muchos gastos y compromisos, rechaza el proyecto por entonces. El Padre
no quiere forzar, pero sale de la reunión, llamado de la portería
(del Colegio), para atender una señora que, junto con su marido,
le dice: «Habíamos pensado dejarle en testamento una suma,
pero hemos creído mejor darla en vida», y le pasa un sobre
con un cheque. El Padre agradece y al volver a la reunión, lo ve
con gratitud emocionada: era de un millón. Lo extiende ante el
Consejo, diciendo: «¡Hombres de poca fe!».
b) Se inaugura la Escuela Granja de Colina. Se necesita una bandera chilena.
Nadie de los circunstantes tiene una de las dimensiones requeridas. Estamos
en plena guerra, la lanilla inglesa está por las nubes... ¿qué
hacer?. Una señora presente abre su cartera y saca $ 100, no es
mucho, dice, pero algo ayudará. Termina la reunión. Dos
señoras están a cargo del ropero, queda tiempo hasta la
hora de almuerzo; han llegado algunos paquetes... se podría ordenar
algo. De repente un grito: al abrir uno de los paquetes aparece una bandera
de las dimensiones requeridas. Cortas se hacen las piernas para llevarle
la bandera al Padre.
c) «Necesito unos uniformes azul marino para 10 y 12 años»
-es el Padre que habla, tiene un caso trágico y hay que internar
a unas niñitas. Por una casualidad, que el Padre llama Providencia,
esa misma mañana han llegado uniformes y delantales de la talla
requerida... «El Patrón es tan fino».
d) No hay papas. La monjita ha lanzado un S.O.S. y el Padre pide a sus
colaboradores que traten de conseguir unos sacos: «la hospedería
está repleta y la gente tan pobre y hambrienta».
Suena el timbre del Hogar de Cristo... un camión de papas. La explicación
del propietario es muy sencilla: no le dieron el precio que él
pedía, prefiero botarlas dice mientras se marcha. De repente se
acuerda haber oído hablar del Hogar de Cristo; en el guía
de teléfonos ve la dirección... y allí está
con sus papas.
La monjita le hace recorrer la casa explicándole la obra. El hombre
se rasca la cabeza mientras dice: «¿quién me hubiera
dicho esta mañana a dónde iban a parar mis papas? ¡No
lo hubiera creído!».
¡Caminos de la Providencia!
Asimismo con los diputados y senadores de todos los partidos e ideologías,
tenía entrada fácil y amistosa por el común y fuerte
influjo que ejercía su actuación y su vida personal, que
inspiraba, no sólo intenso respeto, sino franca veneración.
La esposa del presidente de la República, señora Rosa Markmann
de González Videla, de un trato sólo casi ocasional, concibió
gran admiración, que pronto pasó a verdadera veneración,
después de haberlo visitado algunas veces en la clínica
durante la enfermedad del Padre. No pudo retener sus lágrimas cuando
el Padre se despidió de ella con las palabras: hasta el Cielo».
Si esta veneración tributada al que se consideraba como un santo,
surgía en todos los sectores, cercanos y lejanos, ésta existía,
aún más profundamente en el seno de la Compañía
de Jesús, en donde se le estima extraordinariamente, como a un
fiel imitador y modelo de apóstol de Jesucristo en el siglo XX.
A él acudían especialmente los jóvenes religiosos
a buscar espíritu religioso que sólo se puede conservar
en esa y búsqueda leal de la santidad, que se transparentaba en
toda su simple e intensa actividad.
Fama
de santidad después de su muerte
Al
llegar sus restos a la iglesia de San Ignacio, como a las 7 p. m., ya
lo esperaba una multitud de gente, que comenzó a rezar y desfilar
junto a su ataúd, lo que se prolongó muchas horas, hasta
avanzada la noche, para continuar todo el día siguiente, con emocionantes
escenas de dolor.
(En su diario acota M. H. de B.: «Se habla arreglado para él
un catafalco de terciopelo, demasiado grande y demasiado rico para él;
pero cuando lo colocan en su lugar, se dieron cuenta que nadie podría
verlo porque está muy alto. Se juntan entonces dos bancos. Así
humilde como él lo habría elegido. Ahora está a la
altura de la gente como en sus días de apóstol, cuando con
su sonrisa característica recibía a todo el mundo».
El funeral y entierro en la mañana del 20 fueron imborrables para
todos los que en ellos participaron. A la amplia iglesia se calcula que
lograron entrar unas cinco mil personas, quedando las demás en
el atrio y calle.
La misa fue celebrada por Monseñor Manuel Larraín, Obispo
de Talca y amigo de toda la vida del Padre, con asistencia en el Presbiterio
del Cardenal, Monseñor José M. Caro; el Nuncio de S.S.,
Monseñor Mario Zanin; varios obispos, muchos sacerdotes, fuera
de los jesuitas. La oración fúnebre de Monseñor Larraín,
una pieza magnífica, que no parece explicarse por la sola gran
elocuencia del orador, y hace creer en una verdadera inspiración.
Junto al Presbiterio asistían el edecán del Presidente de
la República, varios ministros, parlamentarios, el Alcalde de Santiago,
etc.
A la salida de la multitud, mientras se formaba junto y detrás
de la carroza, se observó en el Cielo una cruz perfectamente delineada
por las nubes, que varios centenares de personas pudieron contemplar,
y aún ser captada, por -las máquinas fotográficas,
y publicada en la prensa.
La carroza fue arrastrada por centenares de admiradores, de todas las
clases sociales, entre ellos, sus protegidos del Hogar de Cristo, a través
de unas 38 cuadras, hasta la parroquia de Jesús Obrero, acompañada
hasta allá por varios miles de personas.
Se tenia la autorización civil y religiosa para enterrarlo en una
capilla lateral, semiindependiente, y cumpliendo los deseos del Padre
de quedar junto a sus queridos y protegidos del Hogar de Cristo.
Su tumba es cariñosa y confiadamente visitada, especialmente los
días 18, y en forma extraordinaria, en los aniversarios de su muerte
a través de los veintitrés años ya transcurridos.
Todos los diarios de la capital y muchos de las provincias, así
como innumerables revistas, publicaron los días 19, 20 y siguientes,
no sólo detalladas noticias acerca del funeral y entierro, sino
artículos laudatorios de vibrante sentimiento y veneración.
En todos ellos aparece latente la persuasión de todos de que se
alaba a un santo; en uno de ellos llamó la atención una
frase final: «Entretanto creamos que Cristo vuelve cada cierto tiempo
a la tierra. Ahora acaba de estar... y se acaba de ir (editorial del diario
La Segunda, 20/08/52).
Esa frase sintetizó la agradecida convicción de todos sus
innumerables admiradores: que el Padre Hurtado fue una visita de Dios
a nuestro Chile y a la Iglesia. Es lo que ya Monseñor Manuel Larraín,
Obispo de Talca, expresaba el mismo día 20, en su magnífica
oración fúnebre:
«Sí calláramos, lapides clamabunt, las piedras clamarían.
Si silenciáramos su lección, desconoceríamos el tiempo
de una gran visita de Dios a nuestra patria».
«Para condensar todas estas variadas facetas en una sola luz, no
he hallado otro pensamiento mejor que lo sintetice que la palabra con
que el mismo San Pablo se designa «Apostolus Iesu Christi»
(Apóstol de Jesucristo). En ella se encierra la rica y breve vida
del Padre Hurtado en la tierra. Ella constituye en la muerte su mejor
elogió, así como también ella es ya su corona en
la eternidad. Apostolus Gloria Christi (el Apóstol es gloria de
Cristo) ».
«El Padre Alberto Hurtado tenía ciertamente todas las características
de esos hombres que Dios suscita, para ser en cada época, los enviados
que testimonian la trascendencia de lo eterno y captan, para orientarlas,
las angustias e inquietudes de su generación»
«El apóstol es el hombre que toma conciencia de su misión
divina y se entrega a ella sin límite. Es el que da la vida, el
que se juega la vida, el que sabe que, la vida vale en la misma medida
del amor que la alienta e inspira...»
«Apóstol de Jesucristo, todo lo ofrendó y su vida
,fue una perpetua oblación: «Tomad, Señor, y recibid».
«Apóstol de Jesucristo, su muerte ejemplar consumó
el holocausto de su vida. «Dame tu amor y tu gracia. Esto sólo
me basta».
En el Senado y Cámara de Diputados se hizo solemne homenaje a su
memoria y a su obra, por la boca de parlamentarios de todas las ideologías;
asimismo, en la Municipalidad de Santiago, cuyo alcalde tuvo, además,
un discurso al enterrar sus restos.
En el primer aniversario de su muerte, se celebró una Magna Asamblea,
que repletó el Teatro Municipal de Santiago.
El año 1954 (27/07), por ley de la República, el nombre
del pueblo de Marruecos, donde el Padre construyera la Casa de Formación
de los Jesuitas y su Casa de Ejercicios, en la que predicara tantas veces,
fue cambiado por el de PADRE HURTADO.
Son innumerables las instituciones, escuelas, colegios, sociedades que
llevan su nombre.
Numerosas son las limosnas que se reciben en agradecimiento por favores
recibidos. Asimismo, en cartas o visitas, personas de diferentes clases
sociales dan cuenta de estos favores.
Estos testimonios de veneración llegan de todas partes del país.
En ellos se trata al Padre como a un santo, atribuyendo esas gracias materiales
y espirituales a su intercesión en el Cielo.
Si a su muerte hubo que impedir el despojo de sus prendas de vestir y
objetos de su uso, después, sobre todo, en numerosos caso de enfermedad,
se piden con gran fe reliquias para impetrar la salud.
Imágenes del Padre son pedidas y agradecidas como un gran obsequio,
como las de un santo.
Pero el mayor y más patente de los milagros está -a juicio
de muchos- en la permanencia y crecimiento del Hogar de Cristo.
Esta obra, que la gente identifica con el Padre, y que es el mayor monumento
visible de su acción apostólica- caritativa, ha sido siempre
un desafío lleno de fe a la Providencia.
Sus presupuestos, en el múltiple complejo de sus diferentes secciones,
llegan a sumas que, para una institución con entradas fijas relativamente
muy pequeñas, aparecen no sólo insuperables, sino absurdas,
dentro de un cálculo humano y natural; pero ellas siguen siendo
superados, por soluciones de otro orden superior: las ayudas llegan de
todo Chile, pequeñas y grandes, con frecuencia anónimas,
y, a veces, en las formas más sorprendentes, y justo en los momentos
más difíciles.
Todo ello nos muestra que el Señor sigue bendiciendo esta obra
del Padre Hurtado.
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