A todos mis hermanos de humanidad. Sufrir con sus fracasos, con sus
miserias, con la opresión de que son víctima. Alegrarme
de sus alegrías. Comenzar por traer de nuevo a mi espíritu
todos aquellos a quienes he encontrado en mi camino: Aquellos de quienes
he recibido la vida, quienes me han dado la luz y el pan. Aquellos con
los cuales he compartido techo y pan. Los que he conocido en mi barrio,
en mi colegio, en la Universidad, en el cuartel, en mis años
de estudio, en mi apostolado... Aquellos a quienes he combatido, a quienes
he causado dolor, amargura, daño... A todos aquellos a quienes
he socorrido, ayudado, sacado de un apuro... Los que me han contrastado,
me han despreciado, me han hecho daño. Aquellos que he visto
en los conventillos, en los ranchos, debajo de los puentes. Todos esos
cuya desgracia he podido adivinar, vislumbrar su inquietud. Todos esos
niños pálidos, de caritas hundidas... Esos tísicos
de San José, los leprosos de Fontilles... Todos los jóvenes
que he encontrado en un círculo de estudios... Aquellos que me
han enseñado con los libros que han escrito, con la palabra que
me han dirigido. Todos los de mi ciudad, los de mi país, los
que he encontrado en Europa, en Amé rica... Todos los del mundo:
son mis hermanos.
Encerrarlos en mi corazón, todos a la vez. Cada uno en su sitio,
porque, naturalmente, hay sitios diferentes en el corazón del
hombre. Ser plenamente consciente de mi inmenso tesoro, y con un ofrecimiento
vigoroso y generoso, ofrecerlos a Dios. Hacer en Cristo la unidad de
mis amores. Todo esto en mí como una ofrenda, como un don que
revienta el pecho; un movimiento de Cristo en mi interior que despierta
y aviva mi caridad; un movimiento de la humanidad, por mí, hacia
Cristo. ¡Eso es ser sacerdote!
Mi alma jamás se había sentido más rica, jamás
había sido arrastrada por un viento tan fuerte, y que partía
de lo más profundo de ella misma; jamás había reunido
en sí misma tantos valores para elevarse con ellos hacia el Padre.
Urgido por la justicia y animado por el amor
Atacar, no tanto los efectos, cuanto sus causas. ¿Qué
sacamos con gemir y lamentarnos? Luchar contra el mal cuerpo a cuerpo.
Meditar y volver a meditar el evangelio del camino de Jericó
(cf. Lc 10,30-32). El agonizante del camino, es el desgraciado que encuentro
cada día, pero es también el proletariado oprimido, el
rico materializado, el hombre sin grandeza, el poderoso sin horizonte,
toda la humanidad de nuestro tiempo, en todos sus sectores.
Tomar en primer lugar la miseria del pueblo. Es la menos merecida, la
más tenaz, la que más oprime, la más fatal. Y el
pueblo no tiene a nadie para que lo preserve, para que lo saque de su
estado. Algunos se compadecen de él, otros lamentan sus males,
pero, ¿quién se consagra en cuerpo y alma a atacar las
causas profundas de sus males? De aquí la ineficacia de la filantropía,
de la mera asistencia, que es un parche a la herida, pero no el remedio
profundo. La miseria del pueblo es de cuerpo y alma a la vez.
Lo primero, amarlos: Amar el bien que se encuentra en ellos, su simplicidad,
su rudeza, su audacia, su fuerza, su franqueza, sus cualidades de luchador,
sus cualidades humanas, su alegría, la misión que realizan
ante sus familias... Amarlos hasta no poder soportar sus desgracias...
Prevenir las causas de sus desastres, alejar de sus hogares el alcoholismo,
las enfermedades venéreas, la tuberculosis. Mi misión
no puede ser solamente consolarlos con hermosas palabras y dejarlos
en su miseria, mientras yo almuerzo tranquilamente, y mientras nada
me falta. Su dolor debe hacerme mal: la falta de higiene de sus casas,
su alimentación deficiente, la falta de educación de sus
hijos, la tragedia de sus hijas: que todo lo que los disminuye, que
me desgarre a mí también.
Amarlos para hacerlos vivir, para que la vida humana se desarrolle en
ellos, para que se abra su inteligencia y no queden retrasados. Que
los errores anclados en su corazón me pinchen continuamente.
Que las mentiras o las ilusiones con que los embriagan, me atormenten;
que los periódicos materialistas con que los ilustran, me irriten;
que sus prejuicios me estimulen a mostrarles la verdad.
Y esto no es más que la traducción de la palabra «amor».
Los he puesto en mi corazón para que vivan como hombres en la
luz, y la luz no es sino Cristo, verdadera luz que alumbra a todo hombre
que viene a este mundo (Jn 1,9). Toda luz de la razón natural
es luz de Cristo; todo conocimiento, toda ciencia humana. Cristo es
la ciencia suprema.
Pero Cristo les trae otra luz, una luz que orienta sus vidas hacia lo
esencial, que les ofrece una respuesta a sus preguntas más angustiosas.
¿Por qué viven? ¿A qué destino han sido
llamados? Sabemos que hay un gran llamamiento de Dios sobre cada uno
de ellos, para hacerlos felices en la visión de Él mismo,
cara a cara (1Cor 13,12). Sabemos que han sido llamados a ensanchar
su mirada hasta saciarse del mismo Dios. Y este llamamiento es para
cada uno de ellos, para los más miserables, para los más
ignorantes, para los más descuidados, para los más depravados
de entre ellos. La luz de Cristo brilla entre las tinieblas para todos
ellos (cf. Jn 1,5). Necesitan de esta luz. Sin esta luz serán
profundamente desgraciados.
Amarlos apasionadamente en Cristo, para que la semejanza divina progrese
en ellos, para que se rectifiquen en su interior, para que tengan horror
de destruirse o de disminuirse, para que tengan respeto de su propia
grandeza y de la grandeza de toda creatura humana, para que respeten
el derecho y la verdad, para que todo su ser espiritual se desarrolle
en Dios, para que encuentren a Cristo como la coronación de su
actividad y de su amor, para que el sufrimiento de Cristo les sea útil,
para que su sufrimiento complete el sufrimiento de Cristo (cf. Col 1,24).
Si los amamos, sabremos lo que tendremos que hacer por ellos. ¿Responderán
ellos? Sí, en parte. Dios quiere sobre todo mi esfuerzo, y nada
se pierde de lo que se hace en el amor.