Discurso
pronunciado durante el Desfile de antorchas del Congreso de los Sagrados
Corazones, en 1944
Tres
palabras parecen remover el mundo contemporáneo y están
en el fondo de todos los sistemas que se ofrecen como solución
a los males de nuestra época: colectividad, solidaridad, justicia
social. Nuestra Santa Madre Iglesia no desprecia esas palabras, sino
muy por el contrario las supera con infinita mayor riqueza y con un
contenido inmensamente más revolucionario y elevándose
sobre ellas habla de unidad, fraternidad, amor.
Estas tres palabras son el fondo de toda la enseñanza de la Iglesia,
de su enseñanza de siempre, pero especialmente renovada en nuestros
días que han presenciado un desarrollo insospechado en la riqueza
de sus aplicaciones de las doctrinas más sociales y revolucionarias
que jamás se hayan pronunciado sobre la tierra. ¡Cristianos
no sois máquinas, no sois bestias de carga, sois hijos de Dios!
Amados por Cristo, herederos del Cielo... Auténticamente hijos
de Dios; sois uno en Cristo; en Cristo no hay ricos ni pobres, burgueses
ni proletarios; ni arios ni sajones; ni mongoles ni latinos, sino que
Cristo es la vida de quienes quieren aceptar la divinización
de su ser. Las grandes devociones que llenan nuestro siglo, las que
brillan como el sol y la luna en nuestro firmamento son la fe honda
en Cristo, camino para el Padre; y la ternura filial para María,
nuestra dulce Madre camino para Cristo. El amor a María hace
crecer en los fieles la comprensión de que María es lo
que es por Cristo, su Hijo. "¡Id a Jesús!" es
la palabra ininterrumpida de María, es el consejo que cada noche
resuena en el mes de María. Y los fieles van a Jesús.
Y este ha sido el sabio designio de nuestro Venerado Pastor al congregar
a este Congreso de los Sagrados Corazones. En este momento en que el
mundo se desangra, cuando estamos en vísperas no diría
yo de celebrar, sino de lamentar que durante seis Navidades consecutivas
no pueda resonar con verdad la palabra Paz sobre los hombres, y aún
quizás durante cuánto tiempo tronará el cañón
y los hermanos seguirán despedazándose y odiándose;
en estos momentos en que vemos a nuestra Patria penetrar en una de las
etapas más difíciles de la historia cuando la cesantía
está rondando nuestros grandes centros industriales y comenzamos
a ver fábricas que paran y obreros que se sumen en la desesperación
de la miseria, en estos momentos en que naturalmente se agudizarán
las palabras de odio, fruto de la amargura y del hambre, quiere nuestro
Obispo que levantemos los ojos a ese símbolo de un amor que no
perece, de un amor que no se burla de nosotros, de un amor que si prueba
es por nuestro bien, de un amor que nos ofrece fuerzas en la desesperación,
de un amor que nos incita a amarnos de verdad, y nos urge a hacer efectivo
este amor con obras de justicia primero, pero de justicia superada y
coronada por la caridad. En medio de tanta sangre que derrama el odio
humano, la codicia de poseer, la pasión del honor, quiere nuestra
Madre la Iglesia que miremos esa otra sangre, sangre divina derramada
por el amor, por el ansia de darse, por la suprema ambición de
hacernos felices. La sangre del odio lavada por la sangre del amor.
En estos momentos hermanos, nuestra primera misión ha de ser
que nos convenzamos a fondo que Dios nos ama. Hombres todos de la tierra,
Pobres y Ricos, Dios nos ama; su amor no ha perecido, pues, somos sus
hijos. Este grito simple pero mensaje de esperanza no ha de helarse
jamás en nuestros labios: Dios nos ama; somos sus hijos... ¡Somos
sus hijos! ¡Oh vosotros los 50.000.000 de hombres que vagáis
ahora fuera de vuestra Patria, arrojados de vuestro hogar por el odio
de la guerra, ¡Dios os ama! ¡Tened fe! ¡Dios os ama!
¡Jesús también quiso conocer vuestro dolor y tuvo
que huir de su Patria y comer pan del destierro! Vosotros obreros los
que estáis sumergidos en el fondo de las minas arrancando el
carbón, a veces debajo del mar para ganar un trozo de pan, ¡Dios
os ama! ¡Sois sus hijos! ¡El Hijo de Dios fue también
obrero! Vosotros enfermos, que yacéis en lecho de dolor devorados
por atroz enfermedad ¡sois hijos de Dios! Dios os ama, Jesús
vuestro hermano comprende vuestro sufrimiento, el que tomó sobre
sí el dolor del mundo. Vosotros mendigos, vosotros los que carecéis
de todo, hasta de un techo que os cubra, los que vivís debajo
de estos puentes o acurrucados en miserables chozas... ¡Dios os
ama! ¡Sois hijos de Dios! Los pájaros tenían nido,
las zorras una madriguera, pero Jesús vuestro hermano no tenía
donde reclinar su cabeza. Vosotros los que valientemente defendéis
los derechos de los oprimidos, los que pedís que se dé
al trabajador un salario que concuerde con su dignidad de hombre, vosotros
los que clamáis, a veces como Juan en el desierto, que haya más
igualdad en el trabajo, más equidad en el reparto de las cargas
y en el goce de los beneficios, que la palabra amor deje de ser una
palabra vacía para cargarse de profundo sentido divino y humano,
no ceséis, no temáis; no estáis haciendo obra revolucionaria,
sino profundamente humana, más aún, divina, pues Dios
ama a sus hijos y quiere verlos tratados como hijos y no como parias.
Si padecéis persecución por la justicia, no os desalentéis,
Él la padeció primero, Él murió por dar
testimonio de la verdad y del amor, pero tened confianza, Él
es el vencedor del mundo y vosotros venceréis si no os separáis
de sus enseñanzas y de sus ejemplos.
Si Dios nos ama ¿Cómo no amarlo? y si lo amamos cumplamos
su mandamiento grande, su mandamiento por excelencia: Un mandamiento
nuevo os doy: que os améis los unos a los otros como yo os he
amado; en esto conocerán que sois mis discípulos, si os
amáis los unos a los otros. La devoción a los Sagrados
Corazones, no puede contentarse con saborear el amor de Dios, sino que
ha de retribuirlo con un amor efectivo. Y la razón magnífica
que eleva nuestro amor al prójimo a una altura nunca sospechada
por sistema humano alguno, es que nuestro prójimo es Cristo.
Que el respeto del prójimo tome el lugar de las suspicacias:
que en cada hombre por más pobre que sea veamos la imagen de
Cristo y lo tratemos con espíritu de justicia y de amor, dándole
sobre todo la confianza de su persona que es lo que el hombre más
aprecia, la estima debida al hermano más que la fría limosna;
que el salario le sea entregado entero y cabal, tal que baste para una
vida en verdad humana, como yo la quisiera para mí si tuviera
que trabajar en su lugar; que el salario venga envuelto en el gesto
de respeto y agradecimiento de quien comprende que jamás trabajo
humano alguno puede ser suficientemente compensado con dinero y que
en este sentido quedamos siempre deudores de los obreros que riegan
con sus sudores nuestros campos y arrancan de la tierra los bienes que
nos traen comodidad y bienestar.
La mirada que dirigiremos estos días al Corazón Sagrado
de quien nos mandó amarnos como hermanos nos hará avergonzarnos
si nos sorprendemos con demasiada comodidad y regalo mientras muchos
de nuestros hermanos carecen de lo más indispensable: ¿qué
hacéis por mis pequeñuelos?, oiremos de labios del Maestro.
Al levantar nuestros ojos y encontrarnos con los de María nuestra
Madre, nos mostrará Ella a tantos hijos suyos, predilectos de
su corazón que sufren la ignorancia más total y absoluta;
nos enseñará sus condiciones de vida en las cuales es
imposible la práctica de la virtud, y nos dirá: hijos,
si me amáis de veras como Madre haced cuanto podáis por
estos mis hijos los que más sufren, por tanto los más
amados de mi corazón.
Vosotros, cristianos, los que tenéis una posición desahogada
mirad aquellos que se ahogan en su posición; los que tenéis,
dad a los desheredados: dadles justicia, dadles servicios, el servicio
de vuestro tiempo, poned al servicio de ellos vuestra educación,
poned el servicio de vuestro ejemplo, de vuestros medios. Que el fruto
de este Congreso sea un incendiarse nuestra alma en deseos de amar,
de amar con obras, y que esta noche al retirarnos a nuestros hogares
nos preguntemos ¿qué he hecho yo por mi prójimo?
¿qué estoy haciendo por él? ¿qué
me pide Cristo que haga por él?
El cristianismo se resume entero en la palabra amor: es un deseo ardiente
de felicidad para nuestros hermanos, no sólo de la felicidad
eterna del cielo, sino también de todo cuanto pueda hacerle mejor
y más feliz esta vida, que ha de ser digna de un hijo de Dios.
Todo cuanto encierran de justo los programas más avanzados el
cristianismo lo reclama como suyo, por más audaz que parezca,
y si rechaza ciertos programas de reivindicaciones no es porque ofrezcan
demasiado, sino porque en realidad han de dar demasiado poco a nuestros
hermanos, porque ignoran la verdadera naturaleza humana, y porque sacrifican
lo que el hombre necesita más aún que los bienes materiales,
los del espíritu, sin los cuales no puede ser feliz quien ha
sido creado para el infinito. El hombre necesita pan, pero ante todo
necesita fe; necesita bienes materiales, pero más aún
necesita el rayo de luz que viene de arriba y alienta y orienta nuestra
peregrinación terrena: y esa fe y esa luz, sólo Cristo
y su Iglesia pueden darla. Cuando esa luz se comprende, la vida adquiere
otro sentido, se ama el trabajo, se lucha con valentía y sobre
todo se lucha con amor. El amor de Cristo ya prendió en esos
corazones... Ellos hablarán de Jesús en todas partes y
contagiarán a otras almas en el fuego del amor.