Conferencia
de 1946, sobre el orden social cristiano
Dos
tipos de problemas atañen continuamente al católico. Un
grupo de ellos mira a su vida interior: como miembro de la Iglesia tiene
una fe que conservar, un dogma que conocer, mandamientos que observar,
una llamada espiritual que alimentar. El otro, como miembro de una sociedad
terrestre debe cumplir sus deberes con el Estado y sus conciudadanos,
y como ciudadano cristiano debe poner de acuerdo las exigencias de su
conciencia social con las de su conciencia religiosa.
El primer problema es ciertamente el de su vida interior: de allí
y sólo de allí ha de venir la solución, la fuerza
de dinamismo para enfrentar los grandes sacrificios: El mundo no será
salvado por cruzados que sólo llevan la cruz en su coraza...
El mundo no necesita demostradores sino testigos.
Las exigencias de nuestra vida interior no llegan sólo a los
mandamientos que miran únicamente a nuestra moral personal o
familiar... Todo eso está en pie, pero que quede bien claro que
no podemos llegar a ser cristianos integrales si, dándonos por
contentos con cierta fidelidad de prácticas, nos desinteresamos
del bien común, si profesando de la boca para fuera una religión
que coloca en la cumbre de las virtudes la justicia y la caridad no
nos preguntáramos constantemente cuáles son las exigencias
que ellas nos imponen en la vida social. Cuando una sociedad se paganiza
profundamente como sucede a la nuestra, no hay que contentarse sólo
con rechazar el mal en abstracto, sino que hay que reconocerlo en casos
concretos que es más difícil. El ambiente fomenta la tentación
de desertar al espíritu para adherir a lo material.
El católico ha de ser como nadie amigo del orden, pero éste
no es la inmovilidad impuesta desde fuera, sino el equilibrio interior
que se realiza por el cumplimiento de la justicia y la caridad. No basta
que haya una aparente tranquilidad obtenida por la presión y
la fuerza, es necesario que cada uno ocupe el sitio que le corresponde,
conforme a su naturaleza humana, que participe de los trabajos, pero
también de las satisfacciones comunes.
Para conocer cuál sea este equilibrio interior tenemos una luz
que es la de nuestra razón natural, luz poderosa que nos pone
en contacto con la verdad; pero tenemos además, una luz más
clara, la de la revelación cristiana, que sirve de supremo principio
orientador. Estos principios de la revelación, la Iglesia con
la asistencia del Espíritu Santo, los aplica a los casos concretos,
a las circunstancias en que vivimos.
Los sacerdotes podemos, como Judas, traicionar la causa de Jesús,
y lo haríamos cada vez que no lo defendiéramos en el terreno
en que es atacado. No debe haber ninguna razón que nos autorice
a callar: ni el temor de amedrentar a quienes quizás debemos
muchos servicios, ni la timidez frente al poder, ni el peligro de ser
mal interpretado.
Predicar sólo la resignación y la caridad frente a los
grandes dolores humanos sería cubrir la injusticia. Resignación
y caridad hemos de predicarlas siempre, pero simultáneamente
el deber de luchar, con todos los medios justos, para obtener la justicia.
Éste es el aspecto religioso del problema social, que es casi
imposible predicar el evangelio a estómagos vacíos. Un
obispo con cristiana prudencia decía: «No prediquéis
demasiado la virtud a menos que por las circunstancias en que viven
vuestros oyentes les sea fácil practicarla». En esto no
había hecho sino seguir a santo Tomás que exigía
una cierta cantidad de bienes materiales para practicar la virtud.
El alejamiento obrero de la vida religiosa obedece en gran parte a su
preocupación absorbente por la lucha por la vida. Lo primero
que les interesa a ellos es cómo dar de comer a sus hijos y a
su mujer, cómo luchar contra el alza incesante de la vida, cómo
asegurarse una relativa tranquilidad en la vejez que se les viene encima.
Las preocupaciones religiosas les parecen entonces desligadas de la
vida cotidiana, la única que ellos llaman vida real. Si entonces
le apareciera la Iglesia hablándoles del cielo, realidad por
ellos desconocida, pero hablándoles también de la tierra,
que es la única que ellos conocen y aprecian, el apostolado cristiano
tendría un éxito muy diferente. Los prejuicios de que
la Iglesia se desentiende de sus problemas desaparecería.
La acción social merece bien la ayuda entusiasta de todos los
católicos: ya que su fin último es restablecer, sin revoluciones
ni trastornos, sino por la aplicación valiente y sostenida de
todos los medios legítimos, la armonía del plan providencial
en la sociedad que nos rodea. Una acción social así concebida
tiene a Dios por aliado. El éxito final le pertenece.