Meditación
de Semana Santa para jóvenes, escrita en 1946
«Yo
he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn
10,10)
Vengo llegando del país más grande del mundo. Así
lo decía el segundo grande, Churchill, hablando de Norte América
en el Hotel más grande del globo, el Waldorf Astoria, el más
cómodo del globo. Allí están los edificios más
altos: el Empire: 102 pisos, el Chrysler... El teatro mayor, el Radio
City, se llena desde las 7 de la mañana hasta la mañana
siguiente. Los ríos se atraviesan por túneles subterráneos;
en las ciudades tres, cuatro y más planos de locomoción...
Todos los records: Velocidad, cuatro mil kilómetros en cuatro
horas; producción, fábricas que producen quinientos automóviles
por hora y esperan producir mil... Allí está hoy más
del 46% del oro del mundo; progresos técnicos fantásticos:
la muerte se va alejando, la vida prolongando. En Washington cada tres
minutos sale un avión: los grandes Constellations cruzan ahora
todos los mares; millones de automóviles, de refrigeradores...
Y como decía alguien: ¿y qué?
¿Y qué impresión de conjunto? Que la materia no
basta, que la civilización no llena, que el confort está
bien, pero que no reside en él la felicidad. ¡Que da demasiado
poco y cobra demasiado caro!, ¡que a precio de esos juguetes se
le quita al hombre su verdadera grandeza! Porque, en realidad, el precio
de toda esta vida para la gran mayoría es un anularse aquí,
el perder la vista del espíritu, la ceguera ante lo sobrenatural.
La concepción del hombre progresista que domina la materia: limpio,
higiénico, bien hecho por el deporte, alimentación sana,
ropa limpia, música, auto, ¡y bonitos autos! Quizás
para algunos, viajes alrededor del mundo, su casa cómoda, una
mujer mientras se entienda con ella, sin prejuicios... Eliminar las
enfermedades y a los setenta años morirse. ¿Qué
más? Y al volver de un viaje espléndido, en un barco de
carga, lento, único pasajero, que me permitía orar, pensar,
escribir... reflexionaba: ¿Y es esto todo?
Al mirar ese cielo espléndido, magnífico, imponente, que
recoge: ¿y es esto todo el fin de la vida? ¿Setenta años
con todas estas comodidades? El hombre es el rey de la creación
¿sólo por esto? El progreso de la humanidad, ¿será
sólo llegar a poseer baño, radio, máquina de lavar,
un auto? ¿Es ésta toda la grandeza del hombre? ¿No
hay más que esto? ¿Es ésta la vida?, ¿mientras
llega la próxima guerra que todos la olfatean, que la sienten
venir con escalofrío?
Empire, Chrysler: ¿cuánto tiempo más os alzaréis
de pie? Fábricas Ford, Packard, Chrysler, ¿cuánto
tiempo más alcanzaréis a durar? Einstein acaba de escribir,
horrorizado ante una guerra atómica, que con los pobres medios
de que ahora dispone la energía atómica, que sólo
recién logra desintegrarse, ¡¡pueden perecer las
dos terceras partes de la humanidad!! ¿Es esto la vida? ¿Es
ésta la corona del hombre?
Y miro la noche plácida... serena... Las estrellas envían
su luz serena... Y resuena en mis oídos: «Así amó
Dios al mundo que le dio a su Hijo unigénito» (Jn 3,16).
¡Me amó a mí, también a mí! ¿Quién?
¡Dios! El Dios eterno, Creador de toda la energía, de los
astros, de la tierra, del hombre, de las quizás dos mil generaciones
de hombres que han pasado por la tierra, y millones que quizás
aún han de venir... Ese Dios inmenso ante quien desaparece el
hombrecito minúsculo. ¡Cuánto más grande
es que el hombre!
¿Qué piensa Dios del hombre? ¿De la vida? ¿Del
sentido de nuestra existencia? ¿Condena Él esos inventos,
ese progreso, ese afán de descubrir medicinas eficaces, automóviles
veloces, aviones contra todo riesgo? No. Más aún, se alegra
de esos esfuerzos que nos hacen mejor esta vida a nosotros. Pero para
los que en medio de tanto ruido guardan aun sus oídos para escuchar
nos dice: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia».
Oye, hijo: «Yo». ¿Quién? «Yo»,
Jesús, Hijo de Dios y Dios verdadero. «Yo», el Dios
eterno, «he venido»: he hecho un viaje... viaje real, larguísimo.
De lo infinito a lo finito, viaje tan largo que escandaliza a los sabios,
que desconcierta a los filósofos. ¡Lo infinito a lo finito!,
¡lo eterno a lo temporal! ¿Dios a la creatura? Sí,
¡así es! Ese viaje es mi viaje realísimo. «Yo
he venido»: ¡Ése es mi viaje!
Por el hombre. La única razón de ese viaje: el hombre.
¿Ese minúsculo y mayúsculo? Porque si bien es pequeño,
es muy grande; ¿es lo más grande del universo? ¿Mayor
que los astros? Por ellos nunca he viajado, ¡ni menos sufrido!
Por el hombre sí...
Por el hombre, quizás no me entiendes: Por ti negrito, por ti
pobre japonés; por ti, chilenito de mis amores, por ti, liceano
de Curicó. Yo no amo la masa; amo la persona: un hombre, una
mujer... «¡He venido» por ti!
«Para que tengan vida». ¿Vida? Pero, ¿de qué
vida se trata? La vida, la verdadera vida, la única que puede
justificar un viaje de Dios es la vida divina: «Para que nos llamemos
y seamos hijos de Dios» (1Jn 3,1). Nos llamemos, ¡¡y
lo seamos de verdad!! No hace un viaje lejano el Dios eterno si no es
para darnos un don de gran precio: Nada menos que su propia vida divina,
la participación de su naturaleza que se nos da por la Gracia.
¿Creemos en esa vida? Hay católicos, como un compañero
de viaje que me decía: «¿Otra vida? No, pues, Padre,
córtela». Hay católicos que nunca han pensado en
esa vida... ¡Los más no se preocupan de ella! Prescinden.
Y ésta es la única verdadera vida: Quien la tiene, vive;
y quien no la tiene, aunque esté saludable, rico, sabio, con
amigos: Es un muerto.
«¿De qué le aprovecha al hombre ganar el mundo entero,
si arruina su alma?» (Mt 16,26). «El que quiera salvar su
vida la perderá y el que la perdiere por mí la hallará»
(Mc 8,35). ¡El viejo estribillo de la Iglesia! El único
necesario, tan grande porque tan viejo, o mejor, tan viejo porque tan
grande, ¡tan necesario, tan irreemplazable! El hombre con toda
la civilización no ha podido apagar el eco de estas palabras,
y si llega a apagarlas muere, no sólo a esa vida, sino aún
a la propia vida humana.
«Y que la tengan en abundancia». Hay una vida pobrísima,
que apenas es vida; vida pobre, de infidelidades a la gracia, sordera
espiritual, falta de generosidad; y una vida rica, plena, fecunda, generosa.
A ésta nos llama Cristo. Es la santidad. Y Cristo quiere cristianos
plenamente tales, que no cierren su alma a ninguna invitación
de la Gracia, que se dejen poseer por ese torrente invasor, que se dejen
tomar por Cristo, penetrar de Él. La vida es vida en la medida
que se posee a Cristo, en la medida que se es Cristo. Por el conocimiento,
por el amor, por el servicio. ¡Dios quiere hacer de mí
un santo! Quiere tener santos estilo siglo XX: estilo Chile, estilo
liceo, estilo abogado, pero que reflejen plenamente su vida. ¡Esto
es lo más grande que hay en el mundo! Mayor, infinitamente mayor,
que un Empire Building, que una fábrica Ford, que ocho mil automóviles
de producción diaria; de inmenso más precio para la humanidad
que descubrir la energía atómica, o la vacuna, o la penicilina.
Aquí no nos cabe sino decir como la Samaritana: «Dame,
Señor, a beber de esa agua para que no tenga más sed»
(Jn 4,15). O como Nicodemo: «¿Cómo podré
yo nacer de nuevo siendo viejo?» (Jn 3,4). ¡Es don de Dios!
pero don que Él me quiere conceder, pues «Así amó
Dios al mundo que nos dio a su Hijo Unigénito» (Jn 3,16).
Quien nos dio a su Hijo Unigénito, ¿qué nos irá
a negar? (cf. Rm 8,32). Por Cristo, Nuestro Señor. Danos, Señor,
vivir: Vivir plenamente. «Y tan alta vida espero, que muero porque
no muero».