Conferencia
para señoras, pronunciada en Viña del Mar en 1946
La
enfermedad de moda en nuestros días es la neurosis. Una de las
profesiones que más trabajo tiene es la de psiquiatra... Muchas
personas que se creen atacadas por neurosis no tienen neurosis, sino
vaciedad de vida: No tienen nada que hacer, nada que las saque de sí
mismas; viven concentradas en su interior, siempre mirándose
al espejo de su pensamiento: si están bien, si están mal;
si las estiman o no; si la miraron, por qué; si no, por qué
la dejaron de mirar... Castillos en el aire... sobre lo que los otros
piensan de ella... La neurosis está a la puerta, la vida se tiñó
para siempre de tristeza. ¡El egoísmo está en la
raíz del mal! ¿Cómo curar esa neurosis? Antes de
ir al psiquiatra, yo aconsejaría a esa persona que consultara
a un Director Espiritual prudente. Puede que la raíz de su mal
sea un complejo sepultado en su interior, desde sus primeros años,
pero lo más probable es que sea simplemente una vida vacía,
sin sentido; un alma que espera algo que la llene, que la tome, que
le dé sentido a su existencia.
¡Es tan triste vegetar! ¡Ver que los años pasan y
que no se ha hecho nada!, que nadie la mira con ojos agradecidos...
que no tiene dónde volverse para encontrar amor.
El cristianismo en esta materia, como en las demás, no es sólo
ley de santidad, sino también de salud espiritual y mental. Para
algunos, la moral cristiana es un código sumamente complicado,
largo, detallado, estrecho... que puede ser violado aún sin darse
cuenta. Es un conjunto de leyes ordinariamente negativas: no hagas esto,
ni aquello... ¿Cómo voy a poder llenar mi vida con negaciones?
Pero, felizmente, la verdad es muy distinta. El cristianismo no es un
conjunto de prohibiciones, sino una gran afirmación... y no muchas,
una: Amar. «Dios es amor» (1Jn 4,8), y la moral de quienes
han sido creados a imagen y semejanza de Dios, es la moral del Amor.
¿Cuál es el precepto más grande de la ley? Amarás...
y el segundo, semejante al primero, es éste: y amarás
a tú prójimo como a ti mismo (cf. Mt 22,37-39). Por eso,
Bossuet, con su genio clarísimo podía decir: «Seamos
cristianos, esto es, amemos a nuestros hermanos».
La mejor manera de llenar la vida: llenarla de amor, y al hacerlo así
no estamos sino cumpliendo el precepto del Maestro. Poco antes de partir
de este mundo, al querer resumir toda su enseñanza en un precepto
fundamental, nos encargó: Os doy un mandamiento nuevo: que os
améis los unos a los otros... En esto conocerán todos
que sois discípulos míos: si os tenéis amor los
unos a los otros... (cf. Jn 13,34-35). ¡En esto, y sólo
en esto, conocerá el mundo que sois mis discípulos!
Los primeros cristianos: ¿Cómo se salva a un hombre?
Amándolo, sufriendo con él, haciéndose uno
con él, en el dolor, en su propio sufrimiento. No con discursos,
que no cuesta nada pronunciarlos; con sermones que no cambian nuestras
vidas; ¡sino con la evidente demostración del amor! La
Iglesia necesita, no demostradores, sino testigos.
Por eso es que creo que en los tiempos difíciles que nos aguardan,
Dios en su inmensa misericordia va a suscitar espíritus nuevos.
Yo no me extrañaría de ver una nueva Congregación
religiosa vestida de overall, con voto de trabajar en las fábricas
y de vivir en los conventillos para salvar al mundo; como hemos visto
a las hermanitas de la Asunción y a las de la Santa Cruz darse
enteras para la redención de los adoloridos. Y acabamos de leer
una obra maravillosa de un sacerdote obrero, quien para salvar a sus
hermanos expatriados se deporta, obrero como ellos...
Y entre todos los hombres, hay algunos a quienes Cristo nos recomienda
en forma especial: a sus pobres. ¿Quién es mi prójimo?,
le pregunta un doctor de la ley a Jesús, y Él le contesta:
Por el camino de Jericó bajaba un pobre hombre... medio muerto...
Haz tú lo mismo (cf. Lc 15,29-37). Y hacer o no hacer estas obras
de caridad con el prójimo es tan grave a los ojos de Dios que
va a constituir la materia del juicio: Tuve hambre... tuve sed... estuve
preso... No «me» disteis... no «me»... (cf.
Mt 25,31-46). El prójimo, el pobre en especial, es Cristo en
persona. Lo que hiciereis al menor de mis pequeñuelos a «mí»
lo hacéis. El pobre suplementero, el lustrabotas, la mujercita
tuberculosa, es Cristo. El borracho... ¡no nos escandalicemos,
es Cristo! ¡Insultarlo, burlarse de él, despreciarlo!,
¡es despreciar a Cristo! ¡¡Lo que hiciéreis
al menor, a mí lo hacéis!! Esta es la razón del
nombre «Hogar de Cristo».
Mucho se habla en estos días de orden social cristiano y con
mucha razón. Orden que supone una legislación basada en
el bien común, en la justicia social, pero orden que sólo
será posible si los cristianos nos llenamos del deseo de amor,
que se traducirá en dar. Menos palabras y más obras. El
mundo moderno es antiintelectualista: cree en lo que ve, en los hechos.
Cuando los pobres ven, palpan su dolor y nos miran a nosotros cristianos,
¿qué tienen derecho a pedirnos? ¿A nosotros que
creemos que Cristo vive en cada pobre? ¿Podrán aceptar
nuestra fe si nos ven guardar todas las comodidades, y odiar al comunismo
por lo que pretende quitarnos, más que por lo que tiene de ateo?
¿Cuál debe ser nuestra actitud?: ¡Sentido social!,
servir, dar, amar. Llenar mi vida, de los otros.