Reflexión
autobiográfica, escrita en noviembre de 1947
He
encontrado en mi camino uno de esos apóstoles ardientes, siempre
alegre a pesar de sus fatigas y de sus fracasos. Le he preguntado el
secreto de su vida. Un poco sorprendido me ha abierto su alma. He aquí
su secreto:
«Usted me pregunta cómo se equilibra mi vida, yo también
me lo pregunto. Estoy cada día más y más comido
por el trabajo: correspondencia, teléfono, artículos,
visitas; el engranaje terrible de las ocupaciones, congresos, semanas
de estudios, conferencias prometidas por debilidad, por no decir «no»,
o por no dejar esta ocasión de hacer el bien; presupuestos que
cubrir; resoluciones que es necesario tomar ante acontecimientos imprevistos.
La carrera a ver quién llegará el primero en tal apostolado
urgente. Soy con frecuencia como una roca golpeada por todos lados por
las olas que suben. No queda más escapada que por arriba. Durante
una hora, durante un día, dejo que las olas azoten la roca; no
miro el horizonte, sólo miro hacia arriba, hacia Dios.
¡Oh bendita vida activa, toda consagrada a mi Dios, toda entregada
a los hombres, y cuyo exceso mismo me conduce para encontrarme a dirigirme
hacia Dios! Él es la sola salida posible en mis preocupaciones,
mi único refugio.
Las horas negras vienen también. La atención tiranteada
continuamente en tantas direcciones, llega un momento en que no puede
más: el cuerpo ya no acompaña la voluntad. Muchas veces
ha obedecido, pero ahora ya no puede... La cabeza está vacía
y adolorida, las ideas no se unen, la imaginación no trabaja,
la memoria está como desprovista de recuerdos ¿Quién
no ha conocido estas horas?
No hay más que resignarse: durante algunos días, algunos
meses, quizás algunos años, a detenerse. Ponerse testarudo
sería inútil: se impone la capitulación; y entonces,
como en todos los momentos difíciles, me escapo a Dios, le entrego
todo mi ser y mi querer a su providencia de Padre, a pesar de no tener
fuerzas ni siquiera para hablarle.
¡Ah, y cómo he comprendido su bondad aún en estos
momentos! En mi trabajo de cada día, era a Él a quien
yo buscaba, pero me parece que aunque mi vida le estaba entregada, yo
no vivía bastante para Él... ahora sí... en mis
días de sufrimiento, yo no tengo más que a Él delante
de mis ojos, a Él solo, en mi agotamiento y en mi impotencia.
Nuevos dolores en mis horas de impotencia me aguardan. Las obras, a
las que me he entregado, gravemente amenazadas; mis colaboradores, agotados
ellos también, a fuerza de trabajo; los que deberían ayudarnos
redoblan su incomprensión; nuestros amigos nos dan vuelta las
espaldas o se desalientan; las masas que nos habían dado su confianza,
nos la retiran; nuestros enemigos se yerguen victoriosamente contra
nosotros; la situación es como desesperada; el materialismo triunfa,
todos nuestros proyectos de trabajo por Cristo yacen por tierra.
¿Nos habíamos engañado? ¿No hemos sido trabajadores
de Cristo? ¿La Iglesia de nuestro tiempo, al menos en nuestra
Patria, resistirá a tantos golpes? Pero la fe dirige todavía
mi mirada hacia Dios. Rodeado de tinieblas, me escapo más totalmente
hacia la luz.
En Dios me siento lleno de una esperanza casi infinita. Mis preocupaciones
se disipan. Se las abandono. Yo me abandono todo entero entre sus manos.
Soy de Él y Él tiene cuidado de todo, y de mí mismo.
Mi alma por fin reaparece tranquila y serena. Las inquietudes de ayer,
las mil preocupaciones porque "venga a nosotros su Reino",
y aun el gran tormento de hace pocos momentos ante el temor del triunfo
de sus enemigos... todo deja sitio a la tranquilidad en Dios, poseído
inefablemente en lo más espiritual de mi alma. Dios, la roca
inmóvil, contra la cual se rompen en vano todas las olas. Dios,
el perfecto resplandor que ninguna mancha empaña; Dios, el triunfador
definitivo, está en mí. Yo lo alcanzo con plenitud al
término de mi amor. Toda mi alma está en Él, durante
un minuto, como arrebatada en Él. Estoy bañado de su luz.
Me penetra con su fuerza. Me ama.
Yo no sería nada sin Él. Simplemente yo no sería.
El optimismo que, en esos días del triunfo del mal, me había
abandonado, ha vuelto. La Iglesia triunfa en cada uno de sus hijos.
La Iglesia de Dios se establece y triunfa, por el trabajo heroico de
sus santos; por la plegaria de sus contemplativas; por la aceptación
de las madres a la obra de la naturaleza, y que van a realizar en su
hogar la obra de la ternura y de la fe; por la educación del
que enseña y por la docilidad del que escucha. Por las horas
de fábrica, de navegación, de campo al sol y a la lluvia;
por el trabajo de padre que cumple así su deber cotidiano. Por
la resistencia del patrón, del político o del dirigente
de sindicato a las tentaciones del dinero, al acto deshonesto que enriquece;
por el sacrificio de la viuda tuberculosa que deja niñitos chicos
y se une con amor a Cristo crucificado; por la energía del miembro
de la Juventud Obrera Católica que sabe permanecer alegre y puro
en medio de egoístas y corrompidos; por la limosna del pobre
que da lo necesario... La Iglesia, en todo momento, se construye y triunfa.
No, no es la hora de desesperar. Dios se sirve aún de sus enemigos
para establecer su Reino. Su voluntad no es totalmente mala, su razón
no está totalmente oscurecida. Cuando ven y quieren el bien,
lo que ciertamente hacen, construyen también con nosotros, son
instrumentos de Dios.
Para el cristiano, la situación no es jamás desesperada.
Por la luz que recibimos de lo alto, por el don que cada uno hace de
sí, construimos la Iglesia. Su triunfo no se obtendrá
sino después de rudos combates».
Hasta aquí mi amigo. Se calla, como avergonzado de haberse abierto
tan profundamente. Siento que no tiene más que decirme, pero
he comprendido su lección: Si lo encuentro siempre alegre, siempre
valiente, no es porque le falten dificultades, sino porque en medio
de ellas sabe siempre escaparse hacia Dios. Su sonrisa y su optimismo,
vienen del cielo.