Meditación
de retiro que invita al seguimiento de Cristo
«Podéis
beber el cáliz
¡Podemos!» (Mt 20,22). Santiago
y Juan piden al Señor, con noble ambición, sentarse a
su lado en la gloria; sublime ambición, y Jesús les responde
con la gran aventura en que se embarcan si piden esto: Debéis
correr un tremendo riesgo para alcanzarlo. ¿Podéis beber
mi cáliz, podéis ser bautizados con mi bautismo? ¡Sí,
podemos! Aquí está nuestro deber: arriesgarnos cada día
por la vida eterna... Arriesgarse significa correr un riesgo: ¡falta
total de seguridad! El que quiere salvarse tiene que arriesgarse. No
hay riesgo cuando no hay temor, incertidumbre, ansiedad y miedo. En
esto consiste la excelencia y la nobleza de la fe, que la señala
entre las otras virtudes: porque supone la grandeza de un corazón
que se arriesga.
«La fe es la firme seguridad de lo que esperamos; la convicción
de lo que no vemos» (Heb 11,1). En su esencia, pues, la fe es
hacer presente lo que no vemos; obrar por la sola esperanza de lo que
esperamos sin poseerlo ahora; el arriesgarse para alcanzarlo.
Los Apóstoles Santiago y Juan no se daban perfecta cuenta de
todo cuanto ofrecían, pero lo más íntimo de su
corazón se revelaba en estas palabras, profecía de su
conducta futura. ¡Se entregaron a sí mismos sin reserva
y fueron cogidos por Uno más fuerte que ellos y cautivados por
Él! Pero aunque poco sabían el alcance de su ofrecimiento,
se ofrecían de corazón y así fueron aceptados:
«¿Podéis beber?... Sí podemos! ¡Beberéis
pues mi cáliz, y seréis bautizados con el Bautismo con
que yo seré bautizado!» (Mt 20,22).
Así actuó también Nuestro Señor con San
Pedro: Aceptó el ofrecimiento de sus servicios aunque le avisó
cuán poco se daba cuenta de lo que ofrecía.
El caso del joven rico, que se volvió tristemente cuando Nuestro
Señor le pidió que lo dejase todo y lo siguiera, es uno
de esos casos de uno que no se atreve a arriesgar este mundo por el
otro, fiándose de Su Palabra.
Conclusión: Si la fe es la esencia de la vida cristiana, se sigue
que nuestro deber es arriesgar todo cuanto tenemos, basados en la Palabra
de Cristo, por la esperanza de lo que aún no poseemos; y debemos
hacerlo de una manera noble, generosa, sin ligereza, aunque no veamos
todo lo que entregamos, ni todo lo que vamos a recibir, pero confiando
en Él, en que cumplirá su promesa, en que nos dará
fuerzas para cumplir nuestros votos y promesas, y así abandonar
toda inquietud y cuidado por el futuro.
Al aplicar las consecuencias, vienen las objeciones
Muchos conceden a los sacerdotes el derecho de predicar la doctrina
abstracta, pero cuando descubren que están ellos implicados,
entonces buscan toda clase de excusas: no ven que «esto»
se sigue de «aquello», o bien que «esto es exagerar»,
o «extravagancia», que hemos olvidado la época, la
manera de ser de ahora, etc... Con razón se ha dicho: «Donde
hay una voluntad allí hay un camino». No hay verdad, por
más fulgurante que sea, a la que un hombre no pueda escapar si
cierra sus ojos; no hay deber, por más urgente que sea, en cuya
contra uno no pueda hallar 10.000 razones, tratándose de aplicarlo
a él. Y están seguros que se exagera cuando no se hace
más que aplicar lo que es evidente.
Pensemos. ¿Qué has sacrificado por la promesa de Cristo?
En cada riesgo hay que sacrificar algo: aventuramos nuestras propiedades
por una ganancia, cuando tenemos fe en un plan comercial. ¿Qué
hemos aventurado por Cristo? ¿Qué le hemos dado en la
confianza de su promesa? Éste es el problema: ¿qué
hemos arriesgado nosotros?
Por ejemplo, San Bernabé tenía una propiedad en Chipre:
la dio para los pobres de Cristo. Aquí hay un sacrificio, hizo
algo que no habría hecho si el Evangelio de Cristo fuera falso...
Y es claro que si el Evangelio de Cristo fuera falso (lo que es imposible)
hizo un muy mal negocio; sería como un negociante que quebró,
o cuyos barcos se hundieron.
El hombre tiene confianza en el hombre, se fía de su vecino,
se arriesga, pero los cristianos no arriesgamos mucho en virtud de las
palabras de Cristo y esto es lo único que deberíamos hacer.
Cristo nos advierte: «Haceos amigos con el Dinero injusto, para
que, cuando llegue a faltar, os reciban en las eternas moradas»
(Lc 16,9). Esto es, sacrifiquen por el mundo futuro lo que los sin fe
usan tan mal: viste al desnudo, alimenta al hambriento...
Así también, aquel que, teniendo buenas perspectivas en
el mundo, abandona todas sus perspectivas para estar más cerca
de Cristo, para hacer de su vida un sacrificio y un apostolado, se arriesga
por Cristo. O aquel que, deseando la perfección, abandona sus
proyectos mundanos y, como Daniel o San Pablo, con mucho trabajo y mucho
esfuerzo, lleva una vida iluminada sólo por la vida que vendrá.
O aquel que, cuando se ve cercado de lo que el mundo llama males, aunque
tiembla dice: «Que se haga tu voluntad». Éstos arriesgan
lo que pueden por la fe.
La aceptación
Estos son oídos por Dios, y sus palabras son escuchadas, aunque
no sepan hasta dónde llega lo que ofrecen, pero Dios sabe que
dan lo que pueden y arriesgan mucho. Son corazones generosos, como Juan,
Santiago, Pedro, que con frecuencia hablan mucho de lo que querrían
hacer por Cristo, hablan sinceramente pero con ignorancia, y por su
sinceridad son escuchados aunque con el tiempo aprenderán cuán
serio era su ofrecimiento. Dicen a Cristo «¡podemos!»,
y su palabra es oída en el cielo.
Es lo que nos acontece en muchas cosas en la vida. Así, en la
Confirmación cuando renovamos lo que por nosotros se ofreció
en el Bautismo, no sabemos bastante bien lo que ofrecemos, pero confiamos
en Dios y esperamos que Él nos dará fuerzas para cumplirlo.
Así también, al entrar en la vida religiosa, no saben
hasta dónde se embarcan, ni cuán profundamente, ni cuán
seductoras sean las cosas del mundo que dejan.
Y así también, en muchas circunstancias, el hombre se
ve llevado a tomar un camino por la Religión que puede llevarle
quizá al martirio. ¡No ven el fin de su camino! Sólo
saben que eso es lo que tienen que hacer, y oyen en su interior un susurro
que les dice que cualquiera sea la dificultad Dios les dará su
gracia para no ser inferiores a su misión.
Sus Apóstoles dijeron: ¡Podemos!, y Dios los capacitó
para sufrir como sufrieron: Santiago traspasado en Jerusalén
(el primero de los Apóstoles); Juan más aún, porque
murió el último: años de soledad, destierro y debilidad.
Con razón Juan diría al final de su vida: ¡Ven,
Señor Jesús! (Ap 22,20), como los que están cansados
de la noche y esperan la mañana.
No nos contentemos con lo que poseemos; más allá de las
alegrías, ambicionemos llevar la Cruz para después poseer
la corona. Cuáles son, pues, hoy nuestros riesgos basados en
su Palabra. Jesús, expresamente lo dice: «El que dejare
casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o esposa o hijos o hijas,
o tierras por mi nombre, recibirá el ciento por uno y la herencia
del cielo... Pero muchos que son los primeros serán los últimos;
y los últimos serán los primeros» (Mt 19,2930).