Discurso
a los jóvenes reunidos en la cima del Cerro San Cristóbal,
la noche anterior a Cristo Rey, en octubre de 1938
Mis
queridos jóvenes:
La impresionante ceremonia que se realiza esta noche está llena
del más hondo significado. En lo alto de un cerro, bajo las miradas
de nuestro Padre Dios y protegidos por el manto maternal de María,
que eleva sus manos abiertas a lo alto intercediendo por nosotros, se
reúne, caldeada de entusiasmo, una juventud ardiente, portadora
de antorchas brillantes, llena el alma de fuego y de amor, mientras
a los pies la gran ciudad yace en el silencio pavoroso de la noche.
Esta escena me recuerda otra, ocurrida hace casi dos mil años,
también sobre un monte al caer las tinieblas de la noche... En
lo alto, Jesús y sus apóstoles, a los pies una gran muchedumbre
,y más allá las regiones sepultadas en las tinieblas y
en la oscuridad de la noche del espíritu (cf. Sal 106,10). Y
Jesús conmovido profundamente ante el pavoroso espectáculo
de las almas sin luz, les dice a sus apóstoles «Ustedes
son la luz del mundo» (Mt 5,14). Ustedes son los encargados de
iluminar esa noche de las almas, de caldearlas, de transformar ese calor
en vida, vida nueva, vida pura, vida eterna...
También a ustedes, jóvenes queridísimos, Jesús
les muestra ahora esa ciudad que yace a sus pies, y como entonces se
compadece de ella: «Tengo compasión de la muchedumbre»
(Mc 8,2). Mientras ustedes muchos, pero demasiado pocos a la vez
se han dado cita de amor en lo alto... ¡Cuántos, cuántos...
a estas mismas horas ensucian sus almas, crucifican de nuevo a Cristo
en sus corazones, en los sitios de placer, desbordantes de una juventud
decrépita, sin ideales, sin entusiasmo, ansiosa únicamente
de gozar, aunque sea a costa de la muerte de sus almas...! Si Jesús
apareciese en estos momentos en medio de nosotros, extendiendo compasivo
su mirada y sus manos sobre Santiago y sobre Chile, les diría:
«Tengo compasión de esa muchedumbre...» (Mc 8,2).
Allí a nuestros pies yace una muchedumbre inmensa que no conoce
a Cristo, que ha sido educada durante años y años sin
oír apenas nunca pronunciar el nombre de Dios, ni el santo nombre
de Jesús.
Yo no dudo, pues, que si Cristo descendiese al San Cristóbal
esta noche caldeada de emoción les repetiría mirando la
ciudad oscura: «Me compadezco de ella», y volviéndose
a ustedes les diría con ternura infinita: «Ustedes son
la luz del mundo... Ustedes son los que deben alumbrar estas tinieblas.
¿Quieren colaborar conmigo? ¿Quieren ser mis apóstoles?».
Este es el llamado ardiente que dirige el Maestro a los jóvenes
de hoy. ¡Oh, si se decidiesen! Aunque fuesen pocos... Un reducido
número de operarios inteligentes y decididos, podrían
influir en la salvación de nuestra Patria... Pero, ¡qué
difícil resulta en algunas partes encontrar aun ese reducido
número! La mayoría se quedan en sus placeres, en sus negocios...
Cambiar de vida, consagrarla al trabajo para la salvación de
las almas, no se puede, no se quiere...
¡Cuántos son llamados por Cristo en estos años de
vuelo magnífico de la juventud! Escuchan, parecen dudar unos
instantes. Pero el torrente de la vida los arrastra. Pero ustedes, mis
queridos jóvenes, han respondido a Cristo que quieren ser de
esos escogidos, quieren ser apóstoles... Pero ser apóstoles
no significa llevar una insignia en el ojal de la chaqueta; no significa
hablar de la verdad, sino vivirla, encarnarse en ella, transformarse
en Cristo. Ser apóstol no es llevar una antorcha en la mano,
poseer la luz, sino ser la luz...
El Evangelio más que una lección es un ejemplo. Es el
mensaje convertido en vida viviente. «El Verbo se hizo carne»
(Jn 1,14). Lo que fue desde el principio, lo que oímos, lo que
vimos con nuestros ojos y contemplamos, y palpamos con nuestras manos,
es lo que os anunciamos (cf. 1Jn 1,1-3). El Verbo, el Mensaje divino,
se ha encarnado: la Vida se ha manifestado. Hemos de ser semejantes
a cristales puros, para que la luz se irradie a través de nosotros.
«Vosotros los que veis ¿qué habéis hecho
de la luz?» (Claudel).
Una vida íntegramente cristiana mis queridos jóvenes
he ahí la única manera de irradiar a Cristo. Vida cristiana,
por tanto, en vuestro hogar; vida cristiana con los pobres que nos rodean;
vida cristiana con sus compañeros; vida cristiana en el trato
con las jóvenes... Vida cristiana en vuestra profesión;
vida cristiana en el cine, en el baile, en el deporte.
El cristianismo, o es una vida entera de donación, una transformación
en Cristo, o es una ridícula parodia que mueve a risa y a desprecio.
Y esta transformación en Cristo supone identificarse con el Maestro,
aún en sus horas de Calvario. No puede, por tanto, ser apóstol
el que por lo menos algunos momentos no está crucificado como
Cristo. Nada harán, por lo tanto, los que hagan consistir únicamente
el apostolado, la Acción Católica, en un deporte de discursos
y manifestaciones grandiosas... Muy bien están los actos, pero
ellos no son la coronación de la obra, sino su comienzo, un cobrar
entusiasmo, un animarnos mutuamente a acompañar a Cristo aún
en las horas duras de su Pasión, a subir con Él a la cruz.
Antes de bajar del monte jóvenes queridos les pregunto
también en nombre de Cristo: ¿Pueden beber el cáliz
de las amarguras del apostolado? ¿ Pueden acompañar a
Jesús en sus dolores, en el tedio de una obra continuada con
perseverancia? ¿Pueden? Si ustedes titubean, si no se sienten
con bríos para no ser de la masa, de esa masa amorfa y mediocre,
si como el joven del Evangelio sienten tristeza de los sacrificios que
Cristo les pide... renuncien al hermoso título de colaborador
y amigo de Cristo.
¡Oh Señor!, si en esta multitud que se agrupa a tus pies
brotase en algunos la llama de un deseo generoso y dijera alguno con
verdad: «Señor, toma y recibe toda mi libertad, mi memoria,
mi entendimiento, toda mi voluntad, todo lo que tengo y poseo, lo consagro
todo entero Señor a trabajar por ti, a irradiar tu vida, contento
con no tener otra paga que servirte y, como esas antorchas, que se consumen
en nuestras manos, consumirse por Cristo...». Renovarían
en Chile las maravillas que realizaron los apóstoles en la sociedad
pagana, que conquistaron para Jesús.