Meditación
de retiro, sobre el significado cristiano de la muerte
La
vida del hombre oscila entre dos polos. La adoración de Dios
o la adoración de su «yo»; el servicio de Dios o
la lucha contra Dios. Para apreciar los verdaderos valores en juego
en esta contienda, nada más útil que meditar en la muerte,
lo que no quiere decir contemplación terrorífica, sino
por el contrario, visión de aliento y esperanza. Hay dos maneras
de mirar la muerte: una puramente humana y otra cristiana.
1. El concepto humano considera la muerte como el gran derrumbe, el
fin de todo. Es un concepto impregnado de tristeza (los filósofos
estoicos se suicidaban para ser plenamente dueños de su fin como
querían serlo de su vida). Desde los primeros tiempos el hombre
ha sentido pavor ante la muerte. Nadie la conoce por experiencia propia
y de los que han pasado por ella ni uno ha vuelto a decirnos lo que
es: Ha entrado en un eterno silencio.
La muerte va ordinariamente precedida de una dolorosa enfermedad, acompañada
de una impotencia creciente, que llega a ser total. Los que rodean al
moribundo contemplan, en completa pasividad, cómo ese ser querido
es arrastrado al inevitable abismo. Cuando queremos seguirlo con la
mirada nos parece que la nada lo hubiera devorado.
Cuando vivimos no parecemos tan solos frente a Dios. Hay otros seres
que, aunque débiles, nos ofrecen refugio para escondernos pero
en el momento de la muerte no queda ya donde ocultarse: el alma es arrancada
y arrojada a la llanura infinita donde no quedan más que ella
y su Dios.
2. El concepto cristiano de la muerte es inmensamente más rico
y consolador: la muerte para el cristiano es el momento de hallar a
Dios, a Dios a quien ha buscado durante toda su vida. La muerte para
el cristiano es el encuentro del Hijo con el Padre; es la inteligencia
que halla la suprema verdad, es la inteligencia que se apodera del sumo
Bien. La muerte no es muerte.
Lo veremos a Él cara a cara, a Él nuestro Dios que hoy
está escondido. Veremos a su Madre, nuestra dulce Madre, la Virgen
María. Veremos a sus santos, sus amigos que serán también
nuestros amigos; hallaremos nuestros padres y parientes, y aquellos
seres cuya partida nos precedió. En la vida terrestre no pudimos
penetrar en lo íntimo de sus corazones, pero en la Gloria nos
veremos sin oscuridades ni incomprensiones. Muchos se preguntan si en
la otra vida conoceremos a los seres queridos. Conociendo la manera
de obrar de Dios ¿no sería una burla extraña en
su proceder la de poner en nuestros corazones un amor inmenso, ardiente
hacia seres que para nosotros son más que nosotros mismos, si
ese amor estuviese llamado a desaparecer con la muerte? Todo lo nuestro
nos acompañará en el más allá. Dios no rompe
los vínculos que ha creado. Pero, por encima de todo, el gran
don del cielo es estar presentes ante Dios. ¡Qué más
puedo necesitar!
¿Cuál será la sorpresa y la alegría del
cristiano al terminar su vida terrena y ver que su prueba ha terminado?
Los dolores pasaron, y ha llegado aquello por lo cual luchó y
se sacrificó. ¡Qué precio tan barato por una Gloria
eterna! Algunos años difíciles ¡Pero qué
cortos fueron! ¡Qué cosa tan despreciable es la vida humana
mirada en sí misma! ¡Qué grande si se considera
en sus efectos eternos! ¡Es como una semillita pequeña
y barata que germina y madura para la eternidad! Esta vida es preciosa
en cuanto nos revela, en sus sombras y figuras, la existencia y los
atributos del Dios Todopoderoso; es preciosa porque nos permite tratar
con almas inmortales que están como nosotros en la prueba, es
preciosa porque nos permite ayudarlas a conocer a Cristo y nos permite
remover los obstáculos que el mundo ofrece a la gracia.
¿Dolores? En esta vida tendremos dolores, pero los dolores no
son sólo castigo, como tampoco morir es sólo castigo.
Es bello poder sufrir por Cristo. Él sufrió primero por
nosotros. Bajó del Cielo a la tierra a buscar lo único
que en el Cielo no encontraba: el dolor y lo tomó sin medida
por amor al hombre. Lo tomó en su alma, lo tomó en su
imaginación, en su corazón, en su cuerpo y en su espíritu,
porque «me amó a mí, también a mí,
y se entregó a la muerte por mí» (cf. Gál
2,20). Después de Él, María, su Madre y mi Madre,
es Reina del Cielo porque amó y sufrió.
La vida ha sido dada al hombre para cooperar con Dios, para realizar
su plan, la muerte es el complemento de esa colaboración pues
es la entrega de todos nuestros poderes en manos del Creador. Que cada
día sea como la preparación de mi muerte entregándome
minuto a minuto a la obra de cooperación que Dios me pide, cumpliendo
mi misión, la que Dios espera de mí, la que no puedo hacer
sino yo.
La muerte es la gran consejera del hombre. Ella nos muestra lo esencial
de la vida, como el árbol en el invierno, una vez despojado de
sus hojas, muestra el tronco. Cada día vamos muriendo, como las
aguas van acercándose, minuto a minuto, al mar que las ha de
recibir. Que nuestra muerte cotidiana sea la que ilumine nuestras grandes
determinaciones: a su luz, qué claras aparecerán las resoluciones
que hemos de tomar, los sacrificios que hemos de aceptar, la perfección
que hemos de abrazar.
El gran estímulo para la vida y para luchar en ella, es la muerte:
motivo poderoso para darme a Dios por Dios. Y mientras el pagano nada
emprende por temor a la muerte, el cristiano se apresura a trabajar
porque su tiempo es breve, porque falta tan poco para presentarse a
Aquel que se lo dio todo, a Aquel a quién él ama más
que a sí mismo. ¡Apúrate alma, haz algo grande y
bello que pronto has de morir! ¡Hazlo hoy, y no mañana,
que hoy puede venir Él a tomar tu alma! Si comprendemos así
la muerte, entenderemos perfectamente que, para el cristiano, su meditación
no le inspira temor, antes al contrario, alegría, la única
auténtica alegría.
Hermanos, creo que la meditación de la muerte no ha sido para
nosotros una meditación de pavor sino de consuelo. ¿Por
qué temerla? ¿Por qué asustarnos de abandonar este
mundo engañoso, los que hemos sido bautizados para el otro mundo?
¿Por qué estar ansiosos de una larga vida, de riquezas,
honores y comodidades, los que sabemos que el cielo será cuanto
deseamos de mejor, y no solamente en apariencia sino en verdad, y para
siempre? ¿Por qué descansar en este mundo cuando no es
más que la imagen, el símbolo del otro verdadero? ¿Por
qué contentarnos con la superficie en lugar de apropiarnos del
tesoro que encierra?
Para los que tienen fe cada cosa que ven les habla del otro mundo, las
bellezas de la naturaleza, el sol, la luna, todo es como figura que
nos da testimonio de la invisible belleza de Dios. Todo lo que vemos
está destinado a florecer un día y está destinado
a ser Gloria inmortal.
El cielo está hoy fuera de nuestra vista, pero lo veremos, y
así como la nieve se derrite y muestra lo que oculta, así
la creación visible se deshará ante los grandes esplendores
que la dominan. Ese día las nubes desaparecerán; el sol
palidecerá ante la luz del cual él no es más que
imagen, el Sol de justicia, quien vendrá en forma visible, «como
el Esposo que sale de su alcoba» (Sal 19,6). Estos pensamientos
nos deben hacer decir ardientemente: «Ven, Señor, Jesús»
(Apoc 22,20).