Conferencia
a señoras pronunciada en Viña del Mar en 1946
Hecho
curioso, paradoja cruel. Nunca como hoy el mundo ha manifestado tantos
deseos de gozar, y nunca como hoy se había visto un dolor colectivo
mayor. Al hambre natural de gozo, propia de todo hombre, ha venido a
sumarse la serie de descubrimientos que ofrecen hacer de esta vida un
paraíso: la radio que alegra las horas de soledad; el cine que
armoniza fantásticamente la belleza humana, el encanto del paisaje,
las dulzuras de la música en argumentos dramáticos, que
toman a todo el hombre; el avión que le permite estar en pocas
horas en Buenos Aires; en Nueva York, en Londres o en Roma... la cordillera
que ve invadida su soledad por miles de turistas que saborean un placer
nuevo: el vértigo del peligro; la prensa que penetra por todas
las puertas aún las más cerradas por el estímulo
de la curiosidad, por la sugestión del gráfico y de la
fotografía. Fiestas, Excursiones, Casinos, Regatas, todo para
gozar... Y sin embargo, hecho curioso, el mundo está más
triste hoy que nunca; ha sido necesario inventar técnicas médicas
para curar la tristeza. Frente a esta angustia contemporánea
muchas soluciones se piensan a diario:
Unas soluciones del tipo de la evasión. En su grado mínimo
es huir a pensar; atontarse... Para eso sirve maravillosamente la radio,
el auto, el cine, el casino, el juego, ¡ruina de la vida interior!
Se está, no me atrevería a decir ocupado, pero sí,
haciendo algo que nos permita escapar de nosotros mismos, huir de nuestros
problemas, no ver las dificultades. Es la eterna política del
avestruz. Los turistas que vienen a estas lindas playas ¿qué
hacen aquí en el verano sino eso? Playa, baño, baño
de sol, aperitivo, almuerzo, juego, terraza, cine, casino, hasta que
se cierran los ojos para seguir así, no digo gozando, sino «atontándose».
Esta política de la evasión lleva a algunos más
lejos, a la morfina, al «opio» que se está introduciendo,
al trago, demasiado introducido, e incluso al suicidio. Nunca me olvidaré
de uno que me tocó presenciar en Valparaíso.
Otros, más pensadores, no siguen el camino de la «evasión»,
sino que afrontan el problema filosóficamente y llegan a doctrinas
que son la sistematización del pesimismo.
Para ambos grupos el fondo, confesado o no, es que la vida es triste,
un gran dolor, y termina con un gran fracaso: la muerte. Y sin embargo,
la vida no es triste sino alegre, el mundo no es un desierto, sino un
jardín; nacemos, no para sufrir, sino para gozar; el fin de esta
vida no es morir sino vivir. ¿Cuál es la filosofía
que nos enseña esta doctrina? ¡¡El Cristianismo!!
Hay dos maneras de considerarse en la vida: Producto de la materia,
evolución de la materia, hijo del mono, nieto del árbol,
biznieto de la piedra, o bien Hijo de Dios. Es decir, producto de la
generación espontánea, de lo inorgánico, o bien
término del Amor de un Dios todo poder y toda bondad.
Claro está que para quien se considera hijo de la materia, y
pura materia, el panorama no puede ser muy consolador. La materia no
tiene entrañas, carece de corazón, ni siquiera tiene oídos
para escuchar los ruegos, ni ojos para ver el llanto.
Pero para quien sabe que su vida no viene de la nada, sino de Dios,
el cambio es total. Yo soy la obra de las manos de Dios. Él es
el responsable de mi vida. Y yo sé que Dios es Belleza, toda
la belleza del universo arranca de Él, como de su fuente. Las
flores, los campos, los cielos, son bellos, porque como decía
San Juan de la Cruz pasó por estos sotos, sus gracias derramando,
y vestidos los dejó de su hermosura.
El cristiano no pasa por el mundo con los ojos cerrados, sino con los
ojos muy abiertos, y en la naturaleza, en la música, y en el
arte todo... goza, se deleita, ensancha su espíritu porque sabe
que todo eso es una huella de Dios, que todo eso es bello, que esas
flores no se marchitan... porque su belleza más completa y cabal
la va a encontrar en el mismo Dios.
«Dios es amor», dice San Juan al definirlo, y nosotros nos
hemos confiado al amor de Dios (1Jn 4,8.16). Todo lo que el amor tiene
de bello, de tierno: entre padre e hijo, esposo y esposa, amigo y amiga,
todo eso lo encontraremos en Él, pues es amigo, esposo, más
aún, Padre. Estamos tan acostumbrados a esta revelación
de la paternidad divina que no nos extraña. Dios, Señor,
sí, pero ¿Padre? ¿Padre de verdad? Y de verdad,
tan verdad es padre: «Para que nos llamemos y seamos hijos de
Dios» (1Jn 3,1). Cuando oréis... ¡Mi Padre y Padre
vuestro! Padre que provee el vestido, el alimento, Padre que nos recibe
con sus brazos abiertos cuando hemos fallado a nuestra naturaleza de
hijos y pecamos. Si tomamos esta idea profundamente en serio, ¿cómo
no ser optimistas en la vida?
Dolores: ni la muerte misma enturbia la alegría profunda del
cristiano. Los antiguos, ¡cómo la temían! ¡La
gran derrota! En cambio, para el cristiano no es la derrota, sino la
victoria: el momento de ver a Dios. Esta vida se nos ha dado para buscar
a Dios, la muerte para hallarlo, la eternidad para poseerlo. Llega el
momento en que, después del camino, se llega al término.
El hijo encuentra a su Padre y se echa en sus brazos, brazos que son
de amor, y por eso, para nunca cerrarlos, los dejó clavados en
su cruz; entra en su costado que, para significar su amor, quedó
abierto por la lanza manando de él sangre que redime y agua que
purifica (cf. Jn 19,34).
Si el viaje nos parece pesado, pensemos en el término que está
quizás muy cerca. En nuestro viaje de Santiago a Viña,
estamos quizás llegando a Quilpué... Y al pensar que el
tiempo que queda es corto, apresuremos el paso, hagamos el bien con
mayor brío, hagamos partícipes de nuestra alegría
a nuestros hermanos, porque el término está cerca. Se
acabará la ocasión de sufrir por Cristo, aprovechemos
las últimas gotas de amargura y tomémoslas con amor.
Y así, contentos, siempre contentos. La Iglesia y los hogares
cristianos, deben ser centros de alegría; un cristiano siempre
alegre, que el santo triste es un triste santo. Jaculatorias del fondo
del alma, contento, Señor, contento. Y para estarlo, decirle
a Dios siempre: «Sí, Padre». Cristo es la fuente
de nuestra alegría. En la medida que vivamos en Él viviremos
felices.