Meditación
de retiro sobre San Mateo 5,6
Hambre
y sed, dos palabras cuyo sentido desconocemos. Decimos que tenemos
hambre cuando tenemos apetito y probablemente entre nosotros no habrá
uno que durante varios días no haya podido encontrar alimento....
Por el contrario nos damos el lujo de regodearnos...
La sed no es una inquietud para nosotros. La bebida siempre está
a nuestro alcance... Nos quejamos de sed en los pesados calores del
verano, cuando nuestras cañerías suministran agua hasta
para los jardines.
Por eso cuando oímos hablar de esa extraña bienaventuranza
de los hambrientos y sedientos no llegamos a comprender bien su trágico
sentido. Habría que hacer prácticas en el desierto, durante
algún tiempo, en el desierto donde la sed significa la muerte,
donde todas las rutas orientadas a los pozos de agua, donde algunas
buchadas de un líquido fangoso parecen licor de gloria... en
que la misma tierra está muerta de sed desde hace siglos... Eso
se palpa en la Pampa... los que se lanzan a la travesía y perecen
en el camino.
El hambre y la sed han perdido su espanto para nosotros y como consecuencia
la comida y la bebida son realidades cotidianas y no bendiciones milagrosas.
Y sin embargo, Señor, la santidad es hambre, es sed. Dame Señor
esa hambre, dame esa sed.
Para sanar, porque estoy enfermo de pequeñas vanidades, no rumiarlas,
una a una, sino que me penetre un hambre invasora que no afloje su opresión.
Como la claridad del sol apaga la luz de las estrellas sin que sea necesario
apagarlas una a una, podré limpiarme de una sola vez dejándome
invadir por la gran preocupación de la justicia... Esta Justicia
no es sólo el dar a cada uno lo suyo: es la santidad, la unión
con vuestra persona. Esta justicia como la santidad, es Dios mismo.
¡Métodos de santificación! ¿Mirarme a mí?
¡¡Sí!! Pero sobre todo mirarlo a Él... Dejarme
penetrar por Él... Que su presencia vaya transformándome
y terminaré por parecerme a Él! Hambre y sed de Cristo,
de ser como Él, de ser otro Él: «Vivo yo, ya no
yo, es Cristo que vive en mí» (Gal 2,20). Pablo, el alcanzado
por Cristo dice: «Sólo una cosa deseo: olvido lo que dejé
atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo
hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo
alto en Cristo Jesús» (Flp 3,13-14), participar en sus
trabajos.
Hambre... Hambre maldita del oro. ¡Lo que hace la sed de honores
y del poder! Los paganos ávidos de gloria. Por la gloria, Alejandro:
sus excursiones militares; Aníbal traspasa los Alpes; Napoleón...
y yo mismo por vanidades ridículas, por parecer bien ¡qué
no hago porque tengo hambre de mí! Pero si comenzáramos
a amar la justicia, vuestra santa Justicia con la misma pasión
y si la sirviéramos con el mismo anhelo feroz nuestras inercias
desaparecerían y nuestros días serían llenos...
Esta hambre de justicia no es un simple tormento. Desearla, es comenzar
a tenerla, y la saciedad banal jamás embota su frescura. Y no
sólo de mi perfección: Hambre y sed de la perfección
de los demás, de mis hermanos.
Tantos hombres de todas las razas del mundo que uno encuentra cada día
de alma recta, bien dispuesta, más aun, hambrienta de verdad.
El comunista de la mesa electoral..., el que tiene dolor al saber el
mal de su hermano, el que sufre con el pobre chino que muere de hambre.
Éstos con la gracia de Dios y la colaboración humana,
podrían llegar a ser discípulos predilectos de Cristo.
Quiero desear para ellos la justicia con tal pasión que se vea
forzada a visitarlos... Se parecen a los chicuelos de Galilea que se
agrupaban en torno vuestro y no os conteníais de abrazarlos.
Esas pobres mujeres que pasan toda su vida en sus tareas domésticas
y cuidados de la maternidad... meciendo al niño que llora, ordeñando
sus vacas.... Su alma sencilla e ignorante vale más que la mía.
¡Dadles, Señor, vuestras gracias de consuelo y aliento!
Esos pobres pescadores y labradores; esos abnegados calicheros, esos
mineros que bajan debajo del mar... Sus almas tienen hambre y tienen
sed y esperan ser saciados.
Algunos quizás te van a perseguir en nosotros, Señor.
«Os perseguirán creyendo hacer una ofrenda agradable a
Dios...», porque no te conocen (cf. Jn 16,2). Nos aguardan días
difíciles, pero que no desaparezca el deseo de servirte en mis
hermanos, formándote un pueblo santo, negándome a mí
por ellos...
En beneficio de ellos te pido, Señor, que no dejéis se
calme en mí el hambre y sed de justicia, y que ponga más
alto que el nivel de mi egoísmo el deseo de formaros un pueblo
Santo. Y para ello Dios mío, fundirme contigo, ser uno contigo.
Tú me enseñas el camino: el misterio del agua y del vino:
Ser como el agua del cáliz, que se pierde en ti.