Reflexión
personal escrita en noviembre de 1947
Comienza
por darte. El que se da, crece. Pero no hay que darse a cualquiera,
ni por cualquier motivo, sino a lo que vale verdaderamente la pena:
Al pobre en la desgracia, a esa población en la miseria, a la
clase explotada, a la verdad, a la justicia, a la ascensión de
la humanidad, a toda causa grande, al bien común de su nación,
de su grupo, de toda la humanidad; a Cristo, que recapitula estas causas
en sí mismo, que las contiene, que las purifica, que las eleva;
a la Iglesia, mensajera de la luz, dadora de vida, libertadora; a Dios,
a Dios en plenitud, sin reserva, porque es el bien supremo de la persona,
y el supremo Bien Común. Cada vez que me doy así, sacrificando
de lo mío, olvidándome de mí, yo adquiero más
valor, un ser más pleno.
Mirar en grande, querer en grande, pensar en grande, realizar en grande.
Al comenzar un trabajo, hay que prepararlo pacientemente. La improvisación
es normalmente desastrosa. Amar la obra bien hecha, y para ella poner
todo el tiempo que se necesite.
Pensar y volver a pensar. En cada cosa, adquirir el sentido de lo que
es esencial. No hay tiempo sino para eso. Foch decía: «Cuando
un hombre de cualidades medianas concentra sus energías en un
único fin, debe alcanzarlo». La vida es demasiado corta,
para perder el tiempo en intrigas. Muchos buscan no la verdad, ni el
bien, sino el éxito.
Con frecuencia se enseña a los hombres a no hacer, a no comprometerse,
a no aventurarse. Es precisamente al revés de la vida. Cada uno
dispone sólo de un cierto potencial de combate. No despreciarlo
en escaramuzas.
Hay que embarcarse: No se sabe qué barcos encontraré en
el camino, qué tempestades ocurrirán... Una vez tomadas
las precauciones, ¡embarcarse! Amar el combate, considerarlo como
normal. No extrañarse, aceptarlo, mostrarse valiente, no perder
el dominio de sí; jamás faltar a la verdad y a la justicia.
Las armas del cristianismo no son las armas del mundo. Amar el combate,
no por sí mismo, sino por amor del bien, por amor de los hermanos
que hay que librar.
Hay que perseverar. Muchos quedan gastados después de las primeras
batallas. Saber que las ideas caminan lentamente. Muchos se imaginan
que, porque han encontrado alguna verdad, eso va a arrebatar los espíritus.
Se irritan con los retardos, con las resistencias. Estas resistencias
son normales: provienen de la apatía, o de la diferente cultura,
o del ambiente. Cada uno parte de lo que es, de lo que ha recibido.
No espantarse ni irritarse de la oposición, ella es normal y,
con frecuencia, es justa. Más bien alegrémonos que se
nos resista y que se nos discuta. Así nuestra misión penetra
más profundamente, se rectifica y anima.
Me dirán: «Su obra está en crisis». Pero,
amigo, una obra que marcha, tiene siempre cosas que no marchan. Una
obra que vive está siempre en crisis.
Permanecer puro, ser duro, buscar únicamente la verdad, el bien,
la justicia. Ser simple, y empeñarse en permanecer simple. Creer
todavía en el ideal, en la justicia, en la verdad, en el bien,
en que hay bondad en los corazones humanos. Creer en los medios pobres.
Librar con buena fe batalla contra los poderosos. No buscar engañar,
ni aceptar medios que corrompan.
Cuando el obstáculo es la oposición de los hombres, la
mejor táctica, con frecuencia, es continuar su camino, sin cuidarse
de esta oposición. Se pierde un tiempo precioso en polémicas,
cuando sólo cuenta la construcción. Si la oposición
viene de los hombres de buena voluntad, de los «santos»,
de los superiores, verificar mi orientación y si estoy marchando
con la Iglesia.
Acuérdate: «se va lejos, después que se está
fatigado». La gran ascética es no ponerse a recoger flores
en el camino. El sufrimiento, la cruz es sobre todo permanecer en el
combate que se ha comenzado a librar. Esto es lo que más configura
con Cristo.
Hay quienes quieren desarrollarse pero sin dolor. No han comprendido
aún lo que es crecer... Quieren desarrollarse por el canto, por
el estudio, por el placer, y no por el hambre, la angustia, el fracaso
y el duro esfuerzo de cada día, ni por la impotencia aceptada,
que nos enseña a unirnos al poder de Dios; ni por el abandono
de los propios planes, que nos hace encontrar los planes de Dios. El
dolor es bienhechor porque me enseña mis limitaciones, me purifica,
me hace extenderme en la cruz de Cristo, me obliga a volverme a Dios.
En un grupo realista de apóstoles, frases como estas se oyen
frecuentemente: «Después de un peñascazo, otro...».
90% de fracaso, ¡¡alegrarse, a pesar de todo!! Comenzar
por acusarte a ti mismo. El fracaso construye. Alegría, paz,
viva la pepa... y viva, ¡y siempre viva! Así es la vida...
¡¡¡y la vida es bella!!! No armar alaraca. No gritar.
No indignarse. No irritarse. No dejar de reírse, y dar ánimo
a los demás. Continuar siempre. No se hace nada en un mes: Al
cabo de diez años es enorme lo hecho. Cada gota cuenta.
Darme sin contar, sin trampear, en plenitud, a Dios y a mis hermanos,
y Dios me tomará bajo su protección. Él me tomará
y pasaré ileso en medio de innumerables dificultades. Él
me conducirá a su trabajo, al que cuenta. Él se encargará
de pulirme, de perfeccionarme y me pondrá en contacto con los
que lo buscan y a los cuales Él mismo anima. Cuando Él
toma a uno, no lo suelta fácilmente.
Para este optimismo, nada como la visión de fe. La fe es una
luz que invade. Mientras más se vive, mayor es su luz. Ella todo
lo penetra y hace que todo lo veamos en función de lo esencial,
de lo intemporal. El que la sigue, jamás marcha en tinieblas.
Tiene solución a todos los problemas, y gracias a ella, en medio
del combate, cuando ya no se puede más por la presión,
como el corcho de la botella de champaña salta, se escapa hacia
lo alto, se une a Cristo y en Él halla la paz. La fe nos hace
ver que cada gota cuenta, que el bien es contagioso, que la verdad triunfa.