Reflexión
personal escrita en noviembre de 1947
Cuando
un hombre se aparta de los caminos trillados, ataca los males establecidos,
habla de revolución, se lo cree loco. Como si el testimonio del
Evangelio no fuera locura, como si el cristiano no fuera capaz de un
gran esfuerzo constructor, como si no fuéramos fuertes en nuestra
debilidad (cf. 2Cor 12,9). Nos hace falta muchos locos de éstos,
fuertes, constantes, animados por una fe invencible.
Un apostolado organizado requiere en primer lugar un hombre entregado
a Dios, un alma apostólica, completamente ganada por el deseo
de comunicar a Dios, de hacer conocer a Cristo; almas capaces de abnegación,
de olvido de sí mismas, con espíritu de conquista. La
organización racional del apostolado, exige precisamente, que
lo supra racional, esté en primer lugar. ¡Que sea un santo!
En definitiva, no va a apoyarse sobre los medios de su acción
humana, sino sobre Dios. Lo demás vendrá después:
que trabaje no como guerrillero, sino como miembro del Cuerpo Místico,
en unión con todos los demás, aprovechándose de
todos los medios para que Cristo pueda crecer en los demás, pero
que primero la llama esté muy viva en él.
Es imposible un santo si no es un hombre; no digo un genio, pero un
hombre completo dentro de sus propias dimensiones. Hay tan pocos hombres
completos. Los profesores nos preocupamos tan poco de formarlos; y pocos
toman en serio el llegar a serlo.
El hombre tiene dentro de sí su luz y su fuerza. No es el eco
de un libro, el doble de otro, el esclavo de un grupo. Juzga las cosas
mismas; quiere espontáneamente, no por fuerza, se someta sin
esfuerzo a lo real, al objeto, y nadie es más libre que él.
Si se marcha más despacio que los acontecimientos; si se ve las
cosas más chicas de lo que son; si se prescinde de los medios
indispensables, se fracasa. Y no puede sernos indiferente fracasar,
porque mi fracaso lo es para la Iglesia y para la humanidad. Dios no
me ha hecho para que busque el fracaso. Cuando he agotado todos los
medios, entonces tengo derecho a consolarme y a apelar a la resignación.
Muchos trabajan por ocuparse; pocos por construir; se satisfacen porque
han hecho un esfuerzo. Eso no basta. Hay que amar eficazmente.
El equilibrio es un elemento preciso para un trabajo racional. Vale
más un hombre equilibrado que un genio sin él, al menos
para el trabajo de cada día. Equilibrio no quiere decir, en ninguna
manera, un buen conjunto de cualidades mediocres, se trata de un crecimiento
armónico que puede ser propio del hombre genial, o una salud
enfermiza, o una especialización muy avanzada. No se trata de
destruir la convergencia de los poderes que se tiene, sino de sobrepasarlas
por una adhesión más firme a la verdad, de completarse
en Dios por el amor.
La moral cristiana permite armonizarlo todo, jerarquizarlo todo, por
más inteligente, ardiente, vigoroso que uno sea. La humildad
viene a temperar el éxito; la prudencia frena la precipitación;
la misericordia dulcifica la autoridad; la equidad tempera la justicia;
la fe, suple las deficiencias de la razón; la esperanza mantiene
las razones para vivir; la caridad sincera impide el repliegue sobre
sí mismo; la insatisfacción del amor humano deja siempre
sitio para el amor fraternal de Cristo; la evasión estéril
está reemplazada por la aspiración de Dios, cargada de
oración, y de insaciable deseo. El hombre no puede equilibrarse
sino por un dinamismo, por una aspiración de los más altos
valores de que él es capaz.
El ritmo cotidiano debe armonizarse entre reposo, trabajo difícil,
trabajo fácil, comidas, descansos. Es bueno recordar que en muchos
casos se descansa de un trabajo pasando a otro trabajo, no al ocio.
¿A qué paso caminar? Una vez que se han tomado las precauciones
necesarias para salvaguardar el equilibrio, hay que darse sin medirse,
para obtener el máximo de eficacia, para suprimir en la medida
de lo posible las causas del dolor humano.
Se trabaja casi al límite de sus fuerzas, pero se encuentra,
en la totalidad de su donación y en la intensidad de su esfuerzo,
una energía como inagotable. Los que se dan a medias están
pronto gastados, cualquier esfuerzo los cansa. Los que se han dado del
todo, se mantienen en la línea bajo el impulso de su vitalidad
profunda.
Con todo no hay que exagerar y disipar sus fuerzas en un exceso de tensión
conquistadora. El hombre generoso tiende a marchar demasiado a prisa:
querría instaurar el bien y pulverizar la injusticia, pero hay
una inercia de los hombres y de las cosas con la cual hay que contar.
Místicamente se trata de caminar al paso de Dios, de tomar su
sitio justo en el plan de Dios. Todo esfuerzo que vaya más lejos
es inútil, más aún, nocivo. A la actividad reemplazará
el activismo que se sube como el champaña, que pretende objetos
inalcanzables, quita todo tiempo para contemplación; deja el
hombre de ser el dueño de su vida.
Al partir en la vida del espíritu, se adquiere una actitud de
tensión extrema, que niega todo descanso. Pero como ni el cuerpo
ni el alma están hechos para esto, viene luego el desequilibro,
la ruptura. Hay, pues, que detenerse humildemente en el camino, descansar
bajo los árboles y recrearse con el panorama, podríamos
decir, poner una zona de fantasía en la vida.
El peligro del exceso de acción es la compensación. Un
hombre agotado busca fácilmente la compensación. Este
momento es tanto más peligroso, cuanto que se ha perdido una
parte del control de sí mismo, el cuerpo está cansado,
los nervios agitados, la voluntad vacilante. Las mayores tonterías
son posibles en estos momentos. Entonces hay sencillamente que disminuir:
Volver a encontrar la calma entre amigos bondadosos, recitar maquinalmente
su rosario y dormitar dulcemente en Dios.