Carta
a un amigo, del 8 de octubre de 1933, después de haber sido ordenado
sacerdote
¡Ya
me tiene sacerdote del Señor! Bien comprenderá mi felicidad
inmensa y con toda sinceridad puedo decirle que soy plenamente feliz.
Dios me ha concedido la gran gracia de vivir contento en todas las casas
por donde he pasado y con todos los compañeros que he tenido.
Y considero esto una gran gracia. Pero ahora al recibir para siempre
la ordenación sacerdotal, mi alegría llega a su colmo.
Ahora ya no deseo más que ejercer mi ministerio sacerdotal con
la mayor plenitud posible de vida interior y de actividad exterior compatible
con la primera.
El secreto de esta adaptación y del éxito, está
en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, es
decir, al Amor desbordante de Nuestro Señor, al Amor que Jesús,
como Dios y como hombre, nos tiene y que resplandece en toda su vida.
Si pudiéramos nosotros en la vida realizar esta idea: ¿qué
piensa de esto el Corazón de Jesús, qué siente
de tal cosa
? y procurásemos pensar y sentir como Él,
¡cómo se agrandaría nuestro corazón y se
transformaría nuestra vida! Pequeñeces y miserias que
cometemos nosotros y que vemos se cometen a nuestro lado desaparecerían,
y en nuestras comunidades reinaría una felicidad más sobrenatural
y también natural, mayor comprensión, un respeto mayor
de cada uno de nuestros hermanos, pues hasta el último merece
que nos tomemos alguna molestia por él, y que no lo pasemos por
alto. Ésta es una idea que me viene con frecuencia y que la pienso
mucho, porque desearía realizarla más y más.
Yo creo que la devoción al Sagrado Corazón debemos vivirla
en base de una caridad sin límites que haga que nuestros hermanos
se sientan bien en compañía de sus hermanos y que los
seglares se sientan movidos no por nuestras palabras, que la mayor parte
de las veces los dejará fríos, sino por nuestra vida de
caridad humano-divina para con ellos. Pero esta caridad debe ser también
humana, si quiere ser divina. En este ambiente de escepticismo que reina
ahora yo no creo que haya otro medio, humanamente hablando, de predicar
a Jesucristo entre los que no creen sino éste: el del ejemplo
de una caridad como la de Cristo.
Adiós, mi querido Hermano Sergio. No me olvide delante del Señor.
Alberto Hurtado C. s.j.