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24. ¡Sacerdote del Señor!
 
     
 

Carta a un amigo, del 8 de octubre de 1933, después de haber sido ordenado sacerdote

¡Ya me tiene sacerdote del Señor! Bien comprenderá mi felicidad inmensa y con toda sinceridad puedo decirle que soy plenamente feliz. Dios me ha concedido la gran gracia de vivir contento en todas las casas por donde he pasado y con todos los compañeros que he tenido. Y considero esto una gran gracia. Pero ahora al recibir para siempre la ordenación sacerdotal, mi alegría llega a su colmo. Ahora ya no deseo más que ejercer mi ministerio sacerdotal con la mayor plenitud posible de vida interior y de actividad exterior compatible con la primera.

El secreto de esta adaptación y del éxito, está en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, es decir, al Amor desbordante de Nuestro Señor, al Amor que Jesús, como Dios y como hombre, nos tiene y que resplandece en toda su vida. Si pudiéramos nosotros en la vida realizar esta idea: ¿qué piensa de esto el Corazón de Jesús, qué siente de tal cosa…? y procurásemos pensar y sentir como Él, ¡cómo se agrandaría nuestro corazón y se transformaría nuestra vida! Pequeñeces y miserias que cometemos nosotros y que vemos se cometen a nuestro lado desaparecerían, y en nuestras comunidades reinaría una felicidad más sobrenatural y también natural, mayor comprensión, un respeto mayor de cada uno de nuestros hermanos, pues hasta el último merece que nos tomemos alguna molestia por él, y que no lo pasemos por alto. Ésta es una idea que me viene con frecuencia y que la pienso mucho, porque desearía realizarla más y más.

Yo creo que la devoción al Sagrado Corazón debemos vivirla en base de una caridad sin límites que haga que nuestros hermanos se sientan bien en compañía de sus hermanos y que los seglares se sientan movidos no por nuestras palabras, que la mayor parte de las veces los dejará fríos, sino por nuestra vida de caridad humano-divina para con ellos. Pero esta caridad debe ser también humana, si quiere ser divina. En este ambiente de escepticismo que reina ahora yo no creo que haya otro medio, humanamente hablando, de predicar a Jesucristo entre los que no creen sino éste: el del ejemplo de una caridad como la de Cristo.

Adiós, mi querido Hermano Sergio. No me olvide delante del Señor.
Alberto Hurtado C. s.j.

 
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