Meditación
predicada por radio, el 4 de abril de 1944
Si
bien debemos mirar al cielo para adorar al Padre, para recibir su inspiración,
para fortalecernos para nuestros trabajos y sacrificios, ese gesto no
puede ser el único gesto de nuestra vida. Es importantísimo,
y sin él no hay acción valedera, pero ha de completarse
con otro gesto, también profundamente evangélico. Con
una mirada llena de amor y de interés a la tierra, a esta tierra
tan llena de valor y de sentido, que cautivó al amor de Dios
Eterno, atrayéndolo a ella para redimirla y santificarla con
sus enseñanzas, sus ejemplos, sus dolores y su muerte.
Todo el esplendor del cual se enriquece el cielo, se fabrica en la tierra.
El cielo es el granero del Padre, pero el más hermoso granero
del mundo no ha añadido jamás un solo grano a las espigas,
ni una sola espiga al sembrado. El trigo sólo crece en el barro
de esta tierra.
La devoción al Corazón de Cristo y al corazón de
María tienen ese sentido profundo: Recordar a los hombres entristecidos
del mundo moderno, que por encima de sus dolores hay un Dios que los
ama, hay un Dios que es amor (cf. 1Jn 4,8), un Dios que cuando ha querido
escoger un símbolo para representar el mensaje más sentido
de su alma, ha escogido el Corazón porque simboliza el amor,
el amor hacia ellos, los hombres de esta tierra. Un amor que no es un
vano sentimentalismo, sino un sacrificio recio, duro, que no se detuvo
ante las espinas, los azotes, y la cruz. Y junto a ese Corazón,
nos recuerda también que hay otro corazón que nos ama,
el Corazón de su Madre, y Madre nuestra, que nos aceptó
como hijos cuando su Corazón estaba a punto de partirse de dolor
junto a la Cruz, al ver cómo sufría el Corazón
de Jesús, su Hijo, por nosotros los hombres de esta tierra, redimida
por el dolor de un Dios hecho hombre, que quiso asociar a su redención
el dolor de su Madre y el de sus fieles. El mensaje de amor de Jesús
y de María, urge nuestro amor.
Con esta intención los invito, amados en Cristo, a recogernos
unos instantes en actitud de oración. Si tienen ante sus ojos
el santo crucifijo o la imagen del Corazón de Jesús y
del Corazón de María, comprenderán, en ese símbolo,
toda la urgencia de este llamado a la caridad, al amor, al interés
por nuestros hermanos de esta tierra, que constituye el precepto fundamental
de la vida cristiana.
Esta lección constituye el núcleo de la predicación
cristiana. «El que no ama a su hermano no ha nacido de Dios»,
dice San Juan. «Si pretende amar a Dios y no ama a su hermano,
miente. ¿Cómo puede estar en él el amor de Dios,
si rico en los bienes de este mundo y viendo a su hermano en necesidad
le cierra el corazón?» (cf. 1Jn 4,8; 4,20; 3,17).
Y las enseñanzas de los Pontífices, si hay algo que recuerden
con insistencia extraordinaria es esta primacía de la caridad
en la vida cristiana. El primer Papa, San Pedro, en la primera Encíclica
que dirigiera a la naciente cristiandad nos dejó esta enseñanza:
«Sed perseverantes en la oración, pero por encima de todo
practicad continuamente entre vosotros la caridad» (1Pe 4,7-8).
León XIII en la Rerum Novarum nos decía: «Es de
una abundante efusión de caridad, de la que hay que esperar la
salvación, hablamos de la caridad cristiana, que resume todo
el Evangelio»; y continúa: «que los ministros sagrados
se apliquen por sobre todas las cosas a alimentar en sí mismos
y hacer nacer en los otros la caridad» (nº 41).
Hermanos en Cristo. Acuédrense que aún más valiosa
que la honestidad y la piedad, es la generosidad. Recuerden que no han
cumplido el deber si pueden decir solamente: no he hecho mal a nadie,
pues están obligados a hacer perpetuamente buenas acciones. Está
muy bien no hacer el mal, pero está muy mal no hacer el bien.
Odio y matanza es lo que uno lee en las páginas de la prensa
cotidiana; odio es lo que envenena el ambiente que se respira. El tremendo
dolor de la guerra de Europa y Asia ¿cómo va a dejarnos
indiferentes? Somos solidarios de infinidad de hombres, mujeres y niños
que sufren como quizás nunca se ha sufrido sobre la tierra, ya
que a todos los continentes llegan las repercusiones del gran drama
europeo. ¿Qué tengo que ver con la sangre de mi hermano?
afirmaba cínicamente Caín (cf. Gn 4,9), y algo semejante
parecen pensar algunos hombres que se desentienden del inmenso dolor
moderno. Esos dolores son nuestros, no podemos desentendernos de ellos.
Son tan numerosos esos niños de todas las razas del mundo que
son capaces con la gracia de Dios de llegar a ser discípulos
predilectos de Cristo, pero que no han encontrado el apóstol
que les muestre al Maestro. No puedo desinteresarme de ellos... Son
mis hermanos de la tierra, destinados a ser hermanos de Cristo. Los
pescadores y labradores, los mercaderes en sus toldos de la China, los
pescadores de perlas que descienden al océano, los mineros del
carbón que se encorvan en las vetas de la tierra, los trabajadores
del salitre, los del cobre, los obreros de los altos hornos que tienen
aspiraciones grandes y dolores inmensos que sobrellevar, de su propia
vida y la de sus hogares. Cristo me dice que no amo bastante, que no
soy bastante hermano de todos los que sufren, que sus dolores no llegan
bastante al fondo de mi alma, y quisiera, Señor, estar atormentado
por hambre y sed de justicia que me torturara para desear para ellos
todo el bien que apetezco para mí.
Son tan numerosos los que te buscan a tientas, Señor, lejos de
la luz verdadera... Son más de mil millones los que no conocen
aún al que es Camino, Verdad y Vida (Jn 14,6). Cuántos
dolores no encuentran consuelo en sus almas, porque no conocen al que
les enseñó a sufrir con resignación, con sentido
de solidaridad y de redención social.
Y si sin mirar tan lejos, echamos una mirada a nuestra querida tierra
chilena, ¡cuántos hermanos nuestros encontramos en ella
que reclaman nuestra comprensión, nuestra justicia y nuestra
caridad! La doctrina de Cristo no es predicada en grandes extensiones
de la nación chilena, la pampa está casi sin sacerdotes;
parroquias sin párroco, cuántos jóvenes, si pensaran
en esta realidad, sentirían arder un nuevo deseo en sus almas
y comprenderían que hay una causa grande por la cual ofrecer
sus vidas. ¡Señor, danos ese amor, el único que
puede salvarnos!