Reflexión
personal sobre la visión de eternidad
Pedimos
heroísmo a los cristianos, y ¡tanto heroísmo! ¿En
qué se basa esta exigencia? En la visión de eternidad
de la vida. Uno es santo o burgués, según comprenda o
no esta visión de eternidad. El burgués es el instalado
en este mundo, para quien su vida sólo está aquí.
Todo lo mira en función del placer. La vida para él es
un limón que hay que exprimir hasta la última gota; una
colilla de cigarro que se fuma con fruición, sin pensar que luego
quedará reducido a una colilla; un árbol cuyas flores
hay que cortar pronto... Burguesa es la mentalidad opuesta en todo al
cristianismo: es resolver los problemas con sólo el criterio
de tiempo. ¡Aprovecha el día! Goza, goza.
El mundo de lo sensible acentúa esa sed de gozo, ofreciéndonos
atractivo en todo lo que nos rodea: el cine, el gran predicador del
materialismo y de la vida fácil; la propaganda del placer y del
lujo que cubre los muros y va por las ondas: Todo nos predica el materialismo.
Y no es raro que nosotros caigamos también en ese materialismo
práctico. De aquí que el mundo moderno se mueve y se agita,
pero ha perdido el sentido de lo divino. Despertemos en nosotros ese
sentido de lo divino que se fundará en un conocimiento exacto
de mis relaciones con Dios.
¡Dios! ¡Cómo ensancha el alma ponerse a meditar estas
verdades, las mayores de todas! Es como cuando uno se pone a mirar el
cielo estrellado en una noche serena. La razón nos lleva a Dios.
Todo nos habla de Él: el orden, la metafísica, el acuerdo
de los sabios, los santos y los místicos. Él es el que
es: «Yo soy el que soy».
La naturaleza de Dios: Santo, Santo, Santo; armonía, orden, belleza,
amor. Dios es Amor; Omnipotente; Eterno. Pensemos cuando el mundo no
existía... Imaginemos el acuerdo divino para crear... El primer
brotar de la materia. La evolución de los mundos. Los astros
que revientan. Los millones de años. «Y Dios en su eternidad».
¡Todo depende de Dios!, y, por tanto, ¡la adoración
es la consecuencia más lógica de mi dependencia total!
La oración, que a veces nos parece inútil, ¡qué
grande aparece cuando uno piensa que es hablar y ser oído por
quien todo lo ha hecho! A Dios que no le costó nada crear el
mundo ¿qué le costará arreglarlo?, ¿qué
le costará arreglar un problema cualquiera? Tanto más
cuanto que nos ama: ¡Nos dio a su Hijo! (Jn 3,16). A veces un
desaliento porque no comprendo a Dios, pero, ¿cómo espero
comprenderlo, yo que ni comprendo sus obras? Consecuencia: mucho más
orar que moverme. Además que en el moverme hay tanto peligro
de activismo humano.
¿Y yo? Ante mí la eternidad. Yo, un disparo en la eternidad.
Después de mí, la eternidad. Mi existir un suspiro entre
dos eternidades. Bondad infinita de Dios conmigo. Él pensó
en mí hace más de cientos de miles de años. Comenzó,
si pudiera, a pensar en mí, y ha continuado pensando, sin poderme
apartar de su mente, como si yo no más existiera. Si un amigo
me dijera: los once años que estuviste ausente, cada día
pensé en ti, ¡cómo agradeceríamos tal fidelidad!
¡Y Dios, toda una eternidad!
¡Mi vida, pues, un disparo a la eternidad! No apegarme aquí,
sino a través de todo mirar a la vida venidera. Que todas las
creaturas sean transparentes y me dejen siempre ver a Dios y la eternidad.
A la hora que se hagan opacas me vuelvo terreno y estoy perdido.
Después de mí la eternidad. Allá voy y muy pronto.
Cuando uno piensa que tan pronto terminará lo presente uno saca
la conclusión: ser ciudadanos del cielo, no del suelo.
En el momento de la muerte, «aquello que está escondido
aparecerá»; todo el mal y todo el bien, todas las gracias
recibidas. «¿Qué diré yo, entonces?».
Esto tan pronto se presentará. Al reflexionar en mi término,
en mi destino eterno, no puedo menos de pensar... ¿Cuál
es mi fin? ¿Adquirir riquezas? No. ¡Cuántos no podrían
alcanzar su fin! ¿Alcanzar comprensión de los seres que
me rodean? ¿En guardarlos junto a mí?... Todo esto es
digno de respeto, pero no es mi fin. El fin de mi vida es Dios y nada
más que Dios, y ser feliz en Dios. Para este fin me dio inteligencia
y voluntad, y sobre todo libertad.
La norma que me puso fue la santidad que consiste en que conozca a Dios.
¿Me preocupo de conocerlo? ¿Cultivo mi espíritu?
¿Cómo rezo? ¿Alabanzas, Salmos, Gloria al Padre?
Servirlo las 24 horas del día, sin jubilación, con alegría
y generosidad. Y luego, salvar el alma (EE 23).
«Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino
de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan» (Mt
11,12). «¡Qué estrecha la puerta que lleva a la Vida
y poco son los que la encuentran» (Mt 7,14). «Si alguno
quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo»
(Mc 8,34). ¡Salvad el alma! nos dicen los santos: la tierra pasa,
pero el cielo no; los condenados: ¡estos fuegos jamás se
apagan!
¡Vivir, pues, en visión de eternidad! Cuánto importa
refrescar este concepto de eternidad que nos ha de consolar tanto. La
guerra, los dolores, todo pasa ¿Y luego? Nada te turbe, nada
te espante, ¡Dios no se muda!. Y después de la breve vida
de hoy, la eterna. ¡Hijitos míos! No os turbéis.
En casa de mi Padre, hay muchas moradas (cf. Jn 14,2). La enseñanza
de Cristo está llena de la idea de la eternidad.
Consecuencia de mi visión de eternidad: Acordarme frecuentemente.
«Somos ciudadanos del cielo» (Flp 3,20) «Donde está
nuestro tesoro, allí está nuestro corazón»
(cf. Mt 6,21). Alegrarme de tener que ir allá. No temo la muerte
porque es el momento de ver a Dios. Sé que mis males tienen término
y que mis aspiraciones lograrán su objeto.
De aquí, generosidad, desprendimiento, heroísmo. Todo
tiene premio. ¿Qué es lo que alienta a las hermanitas
de los pobres? El cielo. El monje que tenía una ventanita chica
abierta al cielo. En sus tristezas, miraba por ella y se reconfortaba.
De aquí la íntima comprensión que nada hay más
grande que tratar con Dios, que Dios es la gran realidad, en cuya comparación
las otras realidades no merecen tal nombre. El que trata con Dios, trata
con la auténtica, gran realidad. ¡De aquí el santo,
el pacificado, el sereno, el alegre, ilumina su vida con el recuerdo
del cielo!