Carta
a un amigo, del 24 de junio de 1948
Muerto
de vergüenza estoy por lo mal que me he portado contigo, pero tú
conoces de sobra mi vida, y sabes los mil y un traqueteos en que me
veo envuelto y que me dejan imposibilitado para poder escribirte una
larga y noticiosa carta.
Me alegro, en el alma, de las noticias que me das de tu vida, de tus
trabajos, y de tus actividades; sobre todo de la contemplación
a la que Dios te va llevando.
Cada día estoy más persuadido que el camino iniciado es
el único sólido para una influencia cristiana. El olvido
de Dios, tan característico en nuestro siglo, creo que es el
error más grave, mucho más grave aún que el olvido
de lo social.
Nuestro siglo es eminentemente "el siglo del hombre". Buscando
las virtudes activas, hemos perdido el sentido de sacrificio y de la
resignación; sin embargo esto tiene un valor eterno que nada
podrá reemplazar.
Ojalá, pues, mi querido amigo, que te empapes de calma, de adoración.
Esta última palabrita es la que más quiero recalcarte:
adoración. Tratar de palpar la inmensa grandeza de Dios, algo
de lo que se ve en el Antiguo Testamento y que una explicación
excesivamente dulzona nos hace olvidar a veces. Es absolutamente necesario
hacer amistad con Cristo, en el sentido de una fraternidad con Él,
pero que nada nos haga olvidar la distancia infinita que nos separa;
que si Él nos llama sus hijos no es porque tengamos derecho,
sino por un gesto de su infinita bondad.
Te recomiendo mucho que saborees oraciones de la Santa Misa, la Secuencia
de Pentecostés y otras por el estilo. Ojalá llegues a
connaturalizarte con la vida litúrgica en su sentido más
pleno, con el canto de los salmos, con la adoración eucarística.
Lo que más te deseo te lo repito una y mil veces
es que vuelvas con mucho espíritu de adoración, con mucha
paz interior, con una gran disposición a ser un instrumento de
Cristo. En esto está la santidad. Ninguna definición tan
hermosa de oración he encontrado como la del P. Charles: Orar
es conformar nuestros quereres con el querer divino, tal como Él
se manifiesta en sus obras.
Todos estos traqueteos míos se aumentan ahora con el proyecto
de habitaciones de emergencia que empieza a caminar, como cuerda anexa
del Hogar de Cristo. El buen espíritu de los colaboradores es
magnífico y creo que esta idea será realidad hermosísima
a fines de año. Pensamos construir poblaciones de emergencia
para la gente más pobre. Primero se les arrendará y luego
éstos empezarán a amortizar cuotas hasta cubrir el valor
de una de las casas.
Por otra parte, y para los menos pobres, pensamos construir casitas
que desde el primer momento serán de sus poseedores. Ellos contribuirán
con pequeñas cuotas y el resto se amortizará según
sus posibilidades.
Dios nos dé hombres de vida interior que los encaren con serenidad
y con verdadera justicia. Te saluda con todo cariño tu afectísimo
amigo,
Alberto Hurtado C. s.j.