Comentario
a un escrito de San Ignacio de Loyola
Reglas
para estar siempre con la Iglesia, en el espíritu de la Iglesia
militante. No podemos colaborar si no tenemos el espíritu de
la Iglesia militante. Nuestra primera idea es buscar enemigos para pelear
con ellos... es bastante ordinaria...
San Ignacio dice: Alabar las largas oraciones, los ayunos, las órdenes
religiosas, la teología escolástica... Alabar, alabar.
¡¡No se trata de vendarse los ojos y decir amén a
todos!! Pero el presupuesto profundo está un poco escondido.
Hay un pensamiento espléndido, a veces olvidado: tengo que alabar
del fondo de mi corazón lo que legítimamente no hago.
¡¡No medir el Espíritu divino por mis prejuicios!!
La mente de la Iglesia es la anchura de espíritu. Si legítimamente
ellos lo hacen, yo legítimamente no lo hago. La idea central
es que, en la Iglesia, para manifestar su riqueza divina, hay muchos
modos: «En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones»
(Jn 14,2). La vida de la Iglesia es una sinfonía. Cada instrumento
tiene el deber de alabar a los demás, pero no de imitarlos. El
tambor no imita la flauta, pero no la censura... Es un poco ridículo,
pero tiene su papel. Y los demás instrumentos, ¿pueden
mofarse del bombo? No, porque no son bombo. Es como el arco iris...
El rojo ¿puede censurar al amarillo? Cada uno tiene su papel.
Qué bien cuadra esto dentro del Espíritu del Cuerpo Místico.
Luego, no encerrar la Iglesia dentro de mi espíritu, de mi prejuicio
de raza, de mi clase, de mi nación. La Iglesia es ancha. Los
herejes bajo el pretexto de libertad estrecharon la mente humana. Nosotros
con nuestros prejuicios burgueses, hubiéramos acabado con las
glorias de la Iglesia.
En el siglo IV, dijeron algunos: «Queremos servir a Dios a nuestro
modo. Vamos a construir una columna y encima de la columna una plataforma
pequeña... bastante alta para quedar fuera del alcance de las
manos, y no tanto que no podamos hablarles... La caridad de los fieles
nos dará alimento, ¡oraremos!». Nosotros ¿qué
habríamos hecho? Hubiéramos dicho: «Esos son los
locos... ¿Por qué no hacen como todos?». Pero el
hombre no es ningún loco. La Iglesia no echó ninguna maldición,
¡les dio una gran bendición! Ustedes pueden hacerlo, pero
no obliguen a los demás. Ustedes en su columna, pero el obispo
puede ir a sentarse en su trono y los fieles a dormir en su cama. De
todo el mundo Romano venían a verlos, arreglaban los vicios,
predicaban. San Simón Estilita, y con él otros. Voy a
alabar a los monjes estilitas, pero no voy a vivir en una columna.
Otro grupo raro declara: «Nos vamos al desierto, a los rincones
más alejados para toda la vida. Vamos a pelear contra el diablo,
a ayunar y a orar... a vivir en una roca». ¿Y nosotros?
Con nuestro buen sentido burgués barato, diríamos: «Quédense
en la ciudad. Hagan como toda la gente. Abran un almacén; peleen
con el diablo en la ciudad». Pero la Iglesia tiene para ellos
una inmensa bendición. ¡No peleen demasiado entre sí!
Y no obliguen a los demás a ir al desierto; lo que ustedes legítimamente
hacen, ¡¡otros no lo hacen!! Nosotros hoy, despedazados
al loco ritmo de la vida moderna, recordamos a los Anacoretas con un
poco de nostalgia.
Llega el tiempo de las Cruzadas. La gran amenaza contra el Islam. Llegan
unos religiosos bien curiosos. ¿Para nosotros qué es un
religioso? ¿Manso, con las manos en las mangas, modesto, oye
confesiones de beatas, con birrete? Éstos no tienen birrete sino
casco, y tienen espada en lugar de Rosario... Religiosos guerreros.
Hacían los tres votos de religiosos para pelear mejor. Hacían
un cuarto voto: el de los templarios, voto solemne: «no retroceder
lo largo de su lanza, cuando solos tenían que enfrentar a tres
enemigos». Era el cuarto voto. La Iglesia lo aprobó. Luego,
¿todos tienen que pelear y ser matamoros? Lo que ellos legítimamente
hacen; nosotros, no.
Vienen otros, tímidos, humildes, pordioseros:
Un poco de oro y de plata, pero oro es mejor...
¿Qué van a hacer con el oro de los cristianos?
¡Llevarlo a los Moros!
¿Van a enriquecer a los Moros? ¡¿El tesoro
de la cristiandad que se va?!
En la cristiandad no hay mejor tesoro que la libertad de los cristianos.
Los religiosos de la Merced, un voto: ¡quedarse como rehenes para
lograr la libertad de los fieles! Bendijo la Iglesia a los militares
y a la Merced.
¿Qué habríamos hecho nosotros con San Francisco
de Asís? ¡Lo habríamos encerrado como loco! ¿No
es de loco desnudarse totalmente en el almacén de su padre para
probar que nada hay necesario? ¿No era de loco cortar los cabellos
de Santa Clara sin permiso de nadie? ¿Qué habríamos
hecho nosotros? En el almacén, el obispo le arrojó su
manto, símbolo de la Iglesia que lo acepta.
Vienen los Cartujos, que no hablan hasta la muerte. Si el superior le
manda a predicar, puede decir: ¡No, es contra la Regla! «¡Absurdo
-diríamos-, después de 7 años... a predicar!»
La Iglesia mantuvo la libertad de los Cartujos: quieren mantenerse en
silencio, ¡pueden hacerlo! Y vienen los Frailes Predicadores,
los Dominicos: y la Iglesia le da su bendición a los Predicadores.
San Francisco de Asís: una idea: construir un templo con cuatro
paredes sin ventanas, un pilar, un techo, un altar, dos velas y un crucifijo.
¡Ah no! -diríamos-, eso es un galpón... Vamos a
colgar cuadritos... vamos a poner bancos y cojines... ¡Nada!,
dice San Francisco. Gran bendición a su Iglesia y fabulosas indulgencias.
Es el recuerdo del Pesebre de Belén.
En los primeros tiempos de los Jesuitas, construyen dos iglesias: el
Gesù y San Ignacio. El Gesù, con columnas torneadas, oro
y lapislázuli... tardaron 20 años pintando la bóveda:
Nubes, santos y bienaventurados. Y San Ignacio, con ángeles mofletudos
y barrigones... El altar hasta el techo, con Moisés y Abraham
bien barbudos. Nosotros diríamos: «eso es demasiado, falta
de gusto, de moderación». Y la Iglesia bendijo al Gesù
y San Ignacio. No es el pesebre, es la gloria tumultuosa de la Resurrección.
En la Iglesia se puede rezar de todos modos: oración vocal, meditación,
contemplación, hasta con los pies (es decir, en peregrinación).
Los herejes, en cambio: fuera lámpara, fuera imágenes,
fuera medallas... ¡Todos los desastres de la Iglesia vienen de
esa estrechez de espíritu! ¡El clero secular contra el
regular, y orden contra orden! Para pensar conforme a la Iglesia hay
que tener el criterio del Espíritu Santo que es ancho.
En el Congo ¿podemos pintar Ángeles negros? ¡Claro!
¿Y Nuestra Señora negra y Jesús negro? ¡Sí!
Ese Jesús chino... ¡qué admirable! Nuestro Señor,
en los límites de su cuerpo mortal, no podía manifestar
toda su riqueza divina. Para el Congo un Padre compró cuadros
impresos en Francia. Muestra el infierno, y los negros estaban entusiasmados:
No había ningún negro, ¡sólo blancos! ¡Ningún
negro en el infierno!
Este es un pensamiento genial de San Ignacio, expuesto sencillamente:
alabar, alabar, alabar. Alabemos todo lo que se hace en la Iglesia bajo
la bendición del Espíritu Santo. ¡Cuando la Iglesia
mantiene una libertad, alabémosla!