Discurso
de acción de gracias por la Patria, el 18 de septiembre de 1948,
aniversario de la independencia nacional
¡A
ti, oh Dios te alabamos!, hemos entonado como un himno de acción
de gracias al Creador por los beneficios recibidos por nuestra Patria
en este nuevo aniversario de vida independiente.
¡Cómo no elevarse hasta el cielo en una ferviente acción
de gracias a Aquel de quien desciende todo don al contemplar nuestra
hermosa tierra (cf. Sant 1,16), la más bella del universo, nuestras
montañas austeras que invitan a la seriedad de la vida, nuestros
campos fértiles, nuestro cielo azul que invita a la oración,
el alma de nuestros hermanos chilenos inteligente, esforzada, valiente,
franca, leal!
¡Cómo no elevarse hasta el cielo al recordar nuestra historia
cargada de bendiciones del cielo que nos han hecho una Nación
digna y respetable! ¡Cómo no agradecer a Dios aun aquello
que tal vez pudieran algunos lamentar como una desgracia: la resistencia
de nuestra tierra a entregar sus riquezas! En el norte, el salitre en
medio del desierto; en el centro, la agricultura entre ásperas
montañas que ha sido necesario a veces horadar para hacer llegar
el agua de regadío; en el sur, los bosques vírgenes que
han debido caer para abrir paso a las vías de comunicación,
para roturar las tierras; en el sur, en tierras inclementes barridas
por los vientos pacen nuestros ganados; debajo del mar, yace nuestro
carbón; y aún allá en el ultimo confín del
globo, en las nieves eternas, hay riquezas que pueden traer bienestar
al hombre, confiadas por Dios a Chile, y allí montan guardia,
junto al Pabellón nacional, un grupo de nuestros compatriotas
que preparan una nueva página de nuestra historia.
Una Nación, más que su tierra, sus cordilleras, sus mares,
más que su lengua, o sus tradiciones, es una misión que
cumplir. Y Dios ha confiado a Chile esa misión de esfuerzo generoso,
su espíritu de empresa y de aventura, ese respeto del hombre,
de su dignidad, encarnado en nuestras leyes e instituciones democráticas.
Esfuerzo y aventura que llevó a Chile hasta colaborar en la liberación
de las naciones vecinas, hasta realizar hazañas militares que
parecían imposibles, hasta arrancar sus secretos al desierto
y a la cordillera. Y todas estas conquistas consumadas por un espíritu
jurídico de respeto al hombre que se tradujo en instituciones,
en leyes civiles y sociales en un tiempo modelo en América y
en el mundo. ¡Cómo no dar gracias a Dios por tantos beneficios!
Pero el ¡A ti, oh Dios te alabamos!, entonado tiene también
otro sentido: mezcla de dolor arrepentido por la tarea no cumplida,
la Patria alza su voz pidiendo el auxilio del cielo para cumplir la
misión confiada, para ser fiel a esa misión que Dios ha
querido estampar en la austeridad de nuestras montañas y campos.
La austeridad primitiva desaparece: el dinero ha traído fiebre
de gozo y de placer. El espíritu de aventura, de las grandes
aventuras nacionales, se debilita más y más, una lucha
de la burocracia sucede a la lucha contra la naturaleza. La fraternidad
humana, que estuvo tan presente en la mente de nuestros libertadores
al acordar como una de sus primeras medidas la liberación de
la esclavitud, sufre hoy atroces quebrantos al presenciar cómo
aún hoy miles y miles de hermanos son analfabetos, carecen de
toda educación técnica, desposeídos de toda propiedad,
habitando en chozas indignas de seres humanos, sin esperanza alguna
de poder legar a sus hijos una herencia de cultura y de bienes materiales
que les permitan una vida mejor; los dones que Dios ha dado para la
riqueza y la alegría de la vida son usados para el vicio; las
leyes sociales bien inspiradas, pero son casi ineficaces; la inseguridad
social amenaza pavorosamente al obrero, al empleado, al anciano.
Chile tiene una misión en América y en el mundo: misión
de esfuerzo, de austeridad, de fraternidad democrática, inspirada
en el espíritu del Evangelio. Y esa misión se ve amenazada
por todas las fuerzas de la vida cómoda e indolente, de la pereza
y apatía, del egoísmo.
La misión de Chile queremos cumplirla, nos sacrificaremos por
ella. Nuestros Padres nos dieron una Patria libre, a nosotros nos toca
hacerla grande, bella, humana, fraternal. Si ellos fueron grandes en
el campo de batalla, a nosotros nos toca serlo en el esfuerzo constructor.
Pero esta misión ha dejado de cumplirse porque las energías
espirituales se han debilitado, porque las virtudes cristianas han decaído,
porque la Religión de Jesucristo, en que fuera bautizada nuestra
Patria y cada uno de nosotros, no es conservada, porque la juventud,
sumida en placeres, ya no tiene generosidad para abrazar la vida dura
del sacerdocio, de la enseñanza y de la acción social.
Es necesario, antes que nada, producir un reflotamiento de todas las
energías morales de la Nación: devolver a la Nación
el sentido de responsabilidad, de fraternidad, de sacrificio, que se
debilitan en la medida en que se debilita su fe en Dios, en Cristo,
en el espíritu del Evangelio.
Y estas ideas con qué alegría puede uno pronunciarlas
en Chillán, en la Patria de O'Higgins, aquel hombre lleno de
valores morales porque lleno de fe, este mismo fue el espíritu
de Prat, el más valiente chileno y el más ferviente cristiano
con el escapulario de la Virgen al cuello; el espíritu de cada
uno de nuestros grandes Padres de la Patria y el espíritu de
nuestros humildes y valientes soldados, el espíritu de nuestras
madres y de nuestras abuelas que nos formaron en el respeto a Dios,
en el amor a Cristo y a su Madre, y en la austeridad, el esfuerzo y
la caridad fraternal.
¡A ti, oh Dios te alabamos!, hemos dicho y ¡A ti, oh Dios
te alabamos!, hemos de repetir a cada instante, pidiendo al cielo que
Dios siga protegiendo la Patria querida, bendiciendo a sus gobernantes
y esforzando a su Pueblo para ser fieles a la misión que Él
nos confiara.