Meditación
sobre la Sagrada Eucaristía
I.
La Eucaristía como sacrificio
El sacrificio eucarístico es la renovación del sacrificio
de la cruz. Como en la cruz todos estábamos incorporados en Cristo;
de igual manera en el sacrificio eucarístico, todos somos inmolados
en Cristo y con Cristo.
De dos maneras puede hacerse esta actualización. La primera es
ofrecer, como nuestra, al Padre celestial, la inmolación de Jesucristo,
por lo mismo que también es nuestra inmolación. La segunda
manera, más práctica, consiste en aportar al sacrificio
eucarístico nuestras propias inmolaciones personales, ofreciendo
nuestros trabajos y dificultades, sacrificando nuestras malas inclinaciones,
crucificando con Cristo nuestro hombre viejo. Con esto, al participar
personalmente en el estado de víctima de Jesucristo, nos transformamos
en la Víctima divina. Como el pan se transubstancia realmente
en el cuerpo de Cristo, así todos los fieles nos transubstanciamos
espiritualmente con Jesucristo Víctima. Con esto, nuestras inmolaciones
personales son elevadas a ser inmolaciones eucarísticas de Jesucristo,
quien, como Cabeza, asume y hace propias las inmolaciones de sus miembros.
¡Qué horizontes se abren aquí a la vida cristiana!
La Misa centro de todo el día y de toda la vida. Con la mira
puesta en el sacrificio eucarístico, ir siempre atesorando sacrificios
que consumar y ofrecer en la Misa.
¡Mi Misa es mi vida, y mi vida es una Misa prolongada!
II.
La Eucaristía es centro de la vida cristiana
Por la Eucaristía tenemos la Iglesia y por la Iglesia llegamos
a Dios. Cada hombre se salvará no por sí mismo, no por
sus propios méritos, sino por la sociedad en la que vive, por
la Iglesia, fuente de todos sus bienes. Sin la Eucaristía, la
Iglesia de la tierra estaría sin Cristo. La razón y los
sentidos nada ven en la Eucaristía, sino pan y vino, pero la
fe nos garantiza la infalible certeza de la revelación divina;
las palabras de Jesús son claras: «Este es mi Cuerpo, esta
es mi Sangre» y la Iglesia las entiende al pie de la letra y no
como puros símbolos. Con toda nuestra mente, con todas nuestras
fuerzas, los católicos creemos, que «el cuerpo, la sangre
y la divinidad del Verbo Encarnado» están real y verdaderamente
presentes en el altar en virtud de la omnipotencia de Dios.
El Cristo Eucarístico se identifica con el Cristo de la historia
y el de la eternidad. No hay dos Cristos sino uno solo. Nosotros poseemos
en la Hostia al Cristo del sermón de la montaña, al Cristo
de la Magdalena, al que descansa junto al pozo de Jacob con la samaritana,
al Cristo del Tabor y de Getsemaní, al Cristo resucitado de entre
los muertos y sentado a la diestra del Padre. No es un Cristo el que
posee la Iglesia de la tierra y otro el que contemplan los bienaventurados
en el cielo: ¡una sola Iglesia, un solo Cristo!
Esta maravillosa presencia de Cristo en medio de nosotros, debería
revolucionar nuestra vida. No tenemos nada que envidiar a los apóstoles
y a los discípulos de Jesús que andaban con Él
en Judea y en Galilea. Todavía está aquí con nosotros.
En cada ciudad, en cada pueblo, en cada uno de nuestros templos; nos
visita en nuestras casas, lo lleva el sacerdote sobre su pecho, lo recibimos
cada vez que nos acercamos al sacramento del Altar.
Un alma permanece superficial mientras que no ha sufrido. En el misterio
de Cristo existen profundidades divinas donde no penetran por afinidad
sino las almas crucificadas. La auténtica santidad se consuma
siempre en la cruz. El que quiere comulgar con provecho, que ofrezca
cada mañana una gota de su propia sangre para el cáliz
de la redención.
III.
La Eucaristía y las aspiraciones del hombre
La gran obra de Cristo, que vino a realizar al descender a este mundo,
fue la redención de la humanidad. Y esta redención en
forma concreta se hizo mediante un sacrificio. Toda la vida del Cristo
histórico es un sacrificio y una preparación a la culminación
de ese sacrificio por su inmolación cruenta en el Calvario. Toda
la vida del Cristo místico no puede ser otra que la del Cristo
histórico y ha de tender también hacia el sacrificio,
a renovar ese gran momento de la historia de la humanidad que fue la
primera Misa, celebrada durante veinte horas, iniciada en el Cenáculo
y culminada en el Calvario.
Toda santidad viene del sacrificio del Calvario, él es el que
nos abre las puertas de todos los bienes sobrenaturales. Todas las aspiraciones
más sublimes del hombre, todas ellas, se encuentran realizadas
en la Eucaristía:
1. La Felicidad: el hombre quiere la felicidad y la felicidad es la
posesión de Dios. En la Eucaristía, Dios se nos da, sin
reserva, sin medida; y al desaparecer los accidentes eucarísticos
nos deja en el alma a la Trinidad Santa, premio prometido sólo
a los que coman su Cuerpo y beban su Sangre.
2. Ser como Dios: El hombre siempre ha aspirado a ser como Dios, a transformarse
en Dios, la sublime aspiración que lo persigue desde el Paraíso.
Y en la Eucaristía ese cambio se produce: el hombre se transforma
en Dios, es asimilado por la divinidad que lo posee; puede con toda
verdad decir como San Pablo: «ya no vivo yo, Cristo vive en mí»
(Gál 2,20).
3. Hacer cosas grandes: El hombre quiere hacer cosas grandes por la
humanidad; pero, ¿dónde hará cosas más grandes
que uniéndose a Cristo en la Eucaristía? Ofreciendo la
Misa salva la humanidad y glorifica a Dios Padre en el acto más
sublime que puede hacer el hombre. El sacerdote y los fieles son uno
con Cristo, «por Cristo, con Él y en Él» ofrecemos
y nos ofrecemos al Padre.
4. Unión de caridad: en la Misa, también nuestra unión
de caridad se realiza en el grado más íntimo. La plegaria
de Cristo «Padre, que sean uno... que sean consumados en la unidad»
(Jn 17,22-23), se realiza en el sacrificio eucarístico.
¡Oh, si fuéramos a la Misa a renovar el drama sagrado,
a ofrecernos en el ofertorio con el pan y el vino que van a ser transformadas
en Cristo pidiendo nuestra transformación! La consagración
sería el elemento central de nuestra vida cristiana. Teniendo
la conciencia de que ya no somos nosotros, sino que tras nuestras apariencias
humanas vive Cristo y quiere actuar Cristo...
Y la comunión, esa donación de Cristo a nosotros, que
exige de nosotros gratitud profunda, traería consigo una donación
total de nosotros a Cristo, que así se dio, y a nuestros hermanos,
como Cristo se dio a nosotros.
A la comunión no vamos como a un premio, no vamos a una visita
de etiqueta, vamos a buscar a Cristo para «por Cristo, con Él
y en Él» realizar nuestros mandamientos grandes, nuestras
aspiraciones fundamentales, las grandes obras de caridad... Después
de la comunión quedar fieles a la gran transformación
que se ha apoderado de nosotros. Vivir nuestro día como Cristo,
ser Cristo para nosotros y para los demás. ¡Eso es comulgar!