Meditación
predicada en 1941, para sacerdotes vinculados a la Acción Católica
La
grandeza de la obra apostólica. El apostolado es la iluminación
de las almas. Dios, que podría iluminarlas por sí mismo,
se vale de nosotros para ello. La Buena Nueva, el Evangelio, que trajo
Cristo al mundo, es la reconciliación de las almas con su Padre.
Esta Buena Nueva predicada y aplicada es el apostolado.
La doctrina de San Pablo es muy clara: Jesús murió por
todos, por los judíos y por los gentiles. Pagó la deuda
de todos ellos y los redimió a todos, sin excepción. Pero
además de este principio hay que tener en cuenta otro, que supone
la solidaridad apostólica. La salvación ha sido hecha
posible por Cristo, el rescate sobreabundante, infinito, está
pagado, pero no basta eso para conseguir la salvación: la salvación
no se realiza automáticamente. Cristo nos da la posibilidad de
la salvación, nos adquirió el derecho a poder incorporarnos
a su muerte y resurrección, pero para que esta incorporación
se realice de hecho se requiere, normalmente hablando, la colaboración
de otros hombres: los apóstoles. Esta colaboración humana,
esta cooperación del apóstol al plan de Dios que San Pablo
llama «cotrabajo con Dios» (1Cor 3,9), es el fundamento
de la vida apostólica.
La misión del apóstol se puede comparar a la de aquel
hombre que, en una ciudad sitiada por el enemigo y a punto de que sus
habitantes perezcan de sed, se encuentra dueño de la vida o de
la muerte de sus habitantes, pues él conoce una corriente de
aguas subterráneas que puede salvar sus hermanos; es necesario
un esfuerzo para ponerla a descubierto. Si él se rehúsa
a ese esfuerzo, perecerán sus compañeros ¿se negará
al sacrificio?
Podemos comparar su misión a la de quien ve un torrente ancho,
profundo y sucio, que fluye con ímpetu hacia nosotros. Retumba
la avalancha, rugen los abismos, se encrespan las olas. Sobre las olas
millares de desgraciados lanzan gritos de socorro: gritan, nadan desesperadamente,
surgen y se levantan, para volver a hundirse, y pronto desaparecen.
Son hermanos nuestros. Otros nos gritan: ¡Sálvame!
¿Quién de nosotros podría pasearse tranquilamente
por la orilla? ¡Al agua los botes, empuñar los remos
y salvar esas vidas que perecen! ¡Procuren sostenerse un
poco! les gritaríamos, ya vamos, ya estamos. Dame
la mano y te salvaré... ¡Y qué alegría la
de aquel hombre que consagra su vida a tan humanitaria misión!
La más humanitaria, la más bella, la más urgente.
La inmensa responsabilidad de los cristianos, tan poco meditada y, sin
embargo, tan formidable. El cristianismo se resume en una ley de caridad,
a Dios y al prójimo, lo demás es accesorio o está
contenido en estos dos preceptos, y, sin embargo, estos preceptos fundamentales
son los más fácilmente olvidados. Del cristiano depende
la vida de innumerables almas, de su predicación y sobre todo
de su vida. Lo que él sea, eso serán aquellos que el Señor
ha confiado a sus cuidados. Está aun fresca la valiente comparación
del santo Cura de Ars: «Un sacerdote santo, una buena parroquia;
un buen sacerdote, parroquia tibia; sacerdote tibio ¿cómo
será la parroquia?». Y San Agustín, a los que lastimosamente
lamentaban la corrupción de los tiempos, sin hacer otra cosa
por corregirlos, les decía: «Decís vosotros que
los tiempos son malos, sed vosotros mejores y los tiempos serán
mejores: vosotros sois el tiempo». Los apóstoles pueden
decir como nadie: Nosotros somos el tiempo. Lo que seamos nosotros eso
será la cristiandad de nuestra época.
¡Horrible responsabilidad! Al apóstol le tocará
revelar en su carne mortal la vida de su Maestro para la salvación
de las almas... De esa revelación, ¡cuántos destinos
hay pendientes con proyecciones de eternidad!
De los apóstoles depende que la guerra al pecado sea dirigida
con intensidad y que si hoy hay vicio, mañana reine la virtud;
que los jóvenes que hoy se agotan en la impureza, renazcan a
una vida digna; que los hogares desunidos vuelvan a unirse, que los
ricos traten con justicia y caridad a los pobres.
Junto al apóstol brotan las obras de bien. Las lágrimas
se enjugan y se consuelan tantos dolores. ¡Qué vida, aun
humanamente considerada, puede ser más bella que la vida del
apóstol! ¡Qué consuelos tan hondos y puros como
los que él experimenta!
Las proyecciones del apostolado son inmensamente mayores si consideramos
su perspectiva de eternidad. Las almas que se agitan y claman en las
plazas y calles tienen un destino eterno: Son trenes sin frenos disparados
hacia la eternidad. De mí puede depender que esos trenes encuentren
una vía preparada con destino al cielo o que los deje correr
por la pendiente cuyo término es el infierno. ¿Podré
permanecer inactivo cuando mi acción o inacción tiene
un alcance eterno para tantas almas?
«La caridad de Cristo nos urge» decía San Pablo (2Cor
5,14). La salvación depende, hasta donde podemos colegirlo, en
su última aplicación concreta, de la acción del
apóstol. De nosotros pues dependerá que la Sangre de Cristo
sea aprovechada por aquellos por quienes Cristo la derramó. El
Redentor puede, por caminos desconocidos para nosotros, obrar directamente
en el fondo de las conciencias, pero, hasta dónde podemos penetrar
en los secretos divinos, aleccionados por las palabras de la Sagrada
Escritura, de la Tradición y de la liturgia de la Iglesia, se
ha impuesto a Sí mismo el camino de trabajar en colaboración
con nosotros, y de condicionar la distribución generosa de sus
dones a nuestra ayuda humana. Si le negamos el pan, no desciende Cristo
a la Eucaristía; si le negamos nuestros labios, tampoco se transubstancia,
ni perdona los pecados; si le negamos el agua, no desciende al pecho
del niño llamado a ser tabernáculo; si le negamos nuestro
trabajo, los pecadores no se hacen justos; y los moribundos, ¿dónde
irán al morir en su pecado porque no hubo quien les mostrara
el camino del cielo?...
Si queremos, pues, que el amor de Jesús no permanezca estéril,
no vivamos para nosotros mismos, sino para Él (cf. 2Cor 5,15).
Así cumpliremos el deseo fundamental del Corazón de Cristo:
obedeceremos al mandamiento de su amor.
No vivamos para nosotros mismos, sino para Él. En esto consiste
la abnegación radical tan predicada por San Ignacio. El que vive
ya no viva, pues, para sí; esto es, hagamos nuestros, en toda
la medida de lo posible, mediante la pureza de corazón, la oración
y el trabajo, los sentimientos de Jesús: su paciencia, su celo,
su amor, su interés por las almas. «Vivo yo, ya no yo;
vive Cristo en mí» (Gál 2,20).
Así cumpliremos el deseo fundamental del Corazón de Cristo:
Venga a nos tu Reino... «Esta es la vida eterna, que te conozcan
a ti, oh Padre, y al que enviaste, Jesucristo» (Jn 17,3). «Yo
he venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10).
¡A dar esa vida, a hacer conocer a Cristo, a acelerar la hora
de su Reino está llamado el apóstol! ¡La Reina de
los Apóstoles interceda porque todos los miembros de la Acción
Católica sean apóstoles de verdad!