Meditación
de retiro sobre la visitación de María a Santa Isabel
El
Ángel anuncia a María la noticia de Isabel, y María
se levanta a ayudar al prójimo. Tan pronto es concebido el Verbo
de Dios, María se levanta, hace preparativos de viaje y se pone
en camino con gran prisa para ayudar al prójimo.
María ha comprendido su actitud de cristiana. Ella es la primera
que fue incorporada a Cristo y comprende inmediatamente la lección
de la Encarnación: no es digno de la Madre de Dios aferrarse
a las prerrogativas de su maternidad para gozar la dulzura de la contemplación,
sino que hay que comunicar a Cristo. Su papel es el de comunicar a Jesús
a los otros. Sacrifica no los bienes espirituales, pero sí los
goces sensibles: lo que ocurre tantas veces en nuestra vida: celebrar
la Misa en un galpón, con perros, gallos, cabras... Muy bien,
si se trata de comunicar a Cristo, condenación al egoísmo
espiritual que rehúsa sacrificar los consuelos cuando el bien
de los otros lo pide.
Caridad real: Se levanta y va, y hace de sirvienta tres meses. Caridad
real, activa, que no consiste en puro sentimentalismo... dispuesta a
prestar servicios reales y que para ello se molesta y se sacrifica.
Servicios difíciles. La Virgen de 15 años, llevando el
fruto bendito, parte para esa montaña escarpada, en la cual sitúa
Nuestro Señor la escena del Samaritano con el herido, medio muerto
por bandidos. ¡¿Excusas?! ¡¡Cuatro días
de viaje!! A través de caminos poco seguros. Las dificultades
no detienen su caridad. Además, no le han pedido nada. Bastaría
aguardar. Nadie se extrañaría. Así razona nuestro
egoísmo cuando se trata de hacer servicios.
Parte prontamente: No espera que le avisen. Tan pronto recibe la visita
del Ángel, sin esperar que le avisen. ¡Ella, la Madre de
Dios, da el primer paso! ¡Qué sincera es María en
sus resoluciones! Ha dicho: «He aquí al Esclava del Señor»,
y lo realiza; recibe el aviso del Ángel, y parte. Este adelantarse
en los favores, los duplica. Humilla tanto el pedir. Evitémoslo
y sobre todo el prestar los favores de manera brusca, que hace más
daño que bien.
Como la Santísima Virgen que parece no darse cuenta que se sacrifica.
Sin ostentación, sin recalcar el servicio prestado, sin que a
los cinco minutos ya lo sepa toda la comunidad, y quizás toda
la ciudad. ¡Más bien, como si yo fuese el beneficiado!
¡Esa es la caridad, esa es la que gana los corazones! Un servicio
prestado de mal humor, es echado a perder: «¡Dios ama al
que da con alegría!» (2Co 9,7). ¡El que da con prontitud,
da dos veces! Es el gran secreto del fervor: la prisa y el entusiasmo
por hacer el bien.
No refugiarnos detrás de nuestra dignidad, esperando que los
otros den el primer paso. La verdadera caridad no piensa sino en la
posibilidad de hacer el servicio, como la verdadera humildad no considera
aquello por lo que somos superiores, sino por lo que somos inferiores.
«Estimando en más cada uno a los otros» (Rom 12,10).
Los religiosos imperfectos tienen caridad mezquina. Dan lo menos posible,
piensan, discuten, regatean, miran el reloj... El gesto cristiano es
amplio, bello, heroico, total. Se da sin medida y sin esperanza de retorno.