Meditación
en la fiesta del Sagrado Corazón, pronunciada en la Universidad
Católica, el 5 de junio de 1945
Mis
queridos universitarios
Al tratar estas materias se experimenta cierta aprehensión y
desconfianza instintiva y así tiembla uno, no ante el temor de
las críticas de uno y otro lado, pues sabe que diga lo que diga
no escapará de ellas, sino porque teniendo la misión de
enseñar teme le falte el valor para decir la verdad toda entera,
cosa a veces ¡tan difícil!, o bien, no sepa mantenerse
en el justo equilibrio y punto medio donde se encuentra la virtud. Pero,
a pesar de estos peligros, me he decidido a aceptar este tema por tres
motivos:
1° Porque me parece sumamente adecuado para este retiro de preparación
a la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, la fiesta del
amor; y el deber social del universitario no es sino la traducción
concreta a su vida de estudiante, hoy, y de futuro profesional, mañana,
de las enseñanzas de Cristo sobre la dignidad de nuestras personas
y sobre el mandamiento nuevo, su mandamiento característico,
el del amor.
2° En segundo lugar, por la urgencia ardiente de los Papas a nosotros
los sacerdotes a que expongamos claramente y sin vacilaciones este tema.
3° Y, finalmente, una tercera razón se desprende de vuestro
carácter de universitarios: Callar sobre este tema ante otros
auditorios sería grave, pero ante vosotros sería gravísimo
y criminal, como que vosotros sois los constructores de esa sociedad
nueva, vosotros seréis los guías intelectuales del País.
Las profesiones, que forman la estructura de la vida nacional, serán
lo que seáis vosotros, y vosotros obraréis en gran parte
según la luz que tengáis de los problemas, y vuestra conducta
social estará en gran parte condicionada por vuestra formación
social.
Y sin más preámbulos entro en materia. El primer problema
es ciertamente el de la vida interior, de allí y sólo
de allí ha de venir la solución, la fuerza, el dinamismo
necesario para afrontar los grandes sacrificios: el mundo no será
devuelto a Cristo por cruzados que sólo llevan la cruz impresa
en su coraza. La exigencia de nuestra vida interior lejos de excluir,
urge una actitud social fundada precisamente en esos mismos principios
que basan nuestra vida interior. No podríamos llegar a ser cristianos
integrales si dándonos por contentos con una cierta fidelidad
de prácticas, una cierta serenidad de alma, y un cierto orden
puramente interior nos desinteresásemos del bien común;
si profesando de la boca hacia fuera una religión que coloca
en la cumbre de su moral las virtudes de justicia y caridad, no nos
preguntáramos constantemente cuáles son las exigencias
que ellas nos imponen en nuestra vida social donde esas virtudes encuentran
naturalmente su empleo.
El católico ha de ser como nadie amigo del orden, pero el orden
no es la inmovilidad impuesta de fuera, sino el equilibrio interior
que se realiza por el cumplimiento de la justicia y de la caridad. No
basta que haya una aparente tranquilidad obtenida por la presión
de fuerzas insuperables; es necesario que cada uno ocupe el sitio que
le corresponde conforme a su naturaleza humana, que participe de los
trabajos, pero también de las satisfacciones, como conviene a
hermanos, hijos de un mismo Padre. El católico rechaza igualmente
la inmovilidad en el desorden y el desorden en el movimiento, porque
ambos rompen el equilibrio interior de la justicia y la caridad.
El fiel, si quiere serlo en el pleno sentido de la palabra, es un perpetuo
inconformista, que alimenta su hambre y sed de justicia en la palabra
de Cristo, y que busca el camino de saciar esas pasiones devoradoras
en las enseñanzas de la Iglesia que no es más que Cristo
prolongado y viviendo entre nosotros.
La documentación Pontificia sobre la Acción Social es
inmensa. A la luz de estas enseñanzas podemos, pues, marchar
tranquilos. Su Santidad Pío XI decía con pena que los
católicos del mundo entero bastante instruidos, en general, respecto
de sus deberes individuales ignoran, en su gran mayoría, sus
deberes sociales. Nosotros, al menos, no desoigamos la voz de nuestros
Pontífices tan claramente expuesta en materia social.
Motivos que urgen la acción social. Antes que nada, nos apremia
a movilizar todas nuestras fuerzas en favor de la solución social
el conjunto de intereses gravísimos que está en juego.
Se trata nada menos que de la vida de tantos de nuestros hermanos. Recordemos
que la mortalidad infantil; los vagos que no tienen un techo que puedan
llamar hogar, y andan errantes por los parques, se acurrucan en las
puertas de las casas en el invierno y... ¡son hermanos nuestros!;
la desnutrición que va afectando a nuestra raza; el alcoholismo
que arruina tantos hogares, material y moralmente; las enfermedades
sociales; la falta de instrucción; los hogares disueltos; el
problema del alojamiento: ¡el frío! Rapidísimo vistazo
a un mundo de problemas, cuya magnitud desconcierta y cuya importancia
es trascendental para innumerables hermanos nuestros.
El orden social actual no responde al plan de la Providencia. La vida
religiosa en cada uno de los medios sociales está dificultada
actualmente por el problema del exceso o de la falta de medios de vida.
Dios ha querido, al crearnos, que nos santificáramos. Éste
ha sido el motivo que explica la creación: Tener santos en el
mundo; tener hijos de Él en los cuales se manifestaran los esplendores
de su gracia. Ahora bien, ¿cómo santificarse en el ambiente
actual si no se realiza una profunda reforma social?
Aquí convendría insinuar la primera conclusión
práctica para el universitario católico. Cada uno debe
conocer el problema social general, las Doctrinas Sociales que se disputan
el mundo, sobre todo su Doctrina, la doctrina de la Iglesia; debe conocer
la realidad chilena y debe tener una preocupación especial por
estudiar su carrera en función de los problemas sociales propios
de su ambiente profesional. Círculos de estudios sociales especializados
por carrera, para realizar el ideal de Pío XII, elemento substancial
del orden nuevo: la elevación del proletariado. Este estudio
de nuestra doctrina social ha de despertar en nosotros antes que nada
un sentido social hondo, y antes que nada inconformismo ante el mal,
lo que Jules Simon ha denominado admirablemente el sentido del escándalo.