Conferencia
sobre la orientación fundamental del catolicismo
«Seamos
cristianos, es decir, amemos a nuestros hermanos». En este pensamiento
lapidario resume el gran Bossuet su concepción de la moral cristiana.
Poco antes había dicho: «quien renuncia a la caridad fraterna,
renuncia a la fe, abjura del cristianismo, se aparta de la escuela de
Jesucristo, es decir, de su Iglesia».
Éste es el Mensaje de Cristo: «Amarás a tu prójimo
como a ti mismo» (Lc 10,27). El Mensaje de Jesús fue comprendido
en toda su fuerza por sus colaboradores más inmediatos, los apóstoles:
«El que no ama a su hermano no ha nacido de Dios» (1Jn 2,1).
«Si pretendes amar a Dios y no amas a tu hermano mientes»
(1Jn 4,20). «¿Cómo puede estar en él el amor
de Dios, si rico en los bienes de este mundo si viendo a su hermano
en necesidad le cierra el corazón?» (1Jn 3,17). Con qué
insistencia inculca Juan esta idea que es puro egoísmo pretender
complacer a Dios mientras se despreocupa de su prójimo.
Después de recorrer tan rápidamente unos cuantos textos
escogidos al azar no podemos menos de concluir que no puede pretender
llamarse cristiano quien cierra su corazón al prójimo.
Se engaña si pretende ser cristiano acude con frecuencia al templo
pero no al conventillo para aliviar las miserias de los pobres. Se engaña
quien piensa con frecuencia en el cielo, pero se olvida de las miserias
de la tierra en que vive. No menos se engañan los jóvenes
y adultos que se creen buenos porque no aceptan pensamientos groseros,
pero que son incapaces de sacrificarse por sus prójimos. Un corazón
cristiano ha de cerrarse a los malos pensamientos pero también
ha de abrirse a los pensamientos que son de caridad.
La primera encíclica dirigida al mundo cristiano por San Pedro
encierra un elogio tal de la caridad que la coloca por encima de todas
las virtudes, incluso de la oración: «Sed perseverante
en la oración, pero por encima de todo practicad continuamente
entre vosotros la caridad» (1Pe 4,8-9).
Con mayor cuidado que la pupila de los ojos debe ser mirada la caridad.
La menor tibieza o desvío voluntario hacia un hermano, deliberadamente
admitidos serán un estorbo más o menos grave a nuestra
unión con Cristo. Al comulgar recibimos el Cuerpo físico
de Cristo, Nuestro Señor, y no podemos, por tanto, en nuestra
acción de gracias rechazar su Cuerpo Místico. Es imposible
que Cristo baje a nosotros con su gracia y sea un principio de unión
si guardamos resentimiento con alguno de sus miembros.
Este amor al prójimo es fuente para nosotros de los mayores méritos
que podemos alcanzar porque es el que ofrece los mayores obstáculos.
Amar a Dios en sí mismo es más perfecto, pero, más
fácil; en cambio, amar al prójimo, duro de carácter,
desagradable, terco, egoísta, pide al alma una gran generosidad
para no desmayar.
Este amor, ya que todos formamos un sólo Cuerpo, ha de ser universal,
sin excluir a nadie, pues Cristo murió por todos y todos están
llamados a formar parte de su Reino. Por tanto, aun los pecadores deben
ser objeto de nuestro amor puesto que pueden volver a ser miembros del
Cuerpo Místico de Cristo: que hacia ellos se extienda, por tanto,
también nuestro cariño, nuestra delicadeza, nuestro deseo
de hacerles el bien, y que al odiar el pecado no odiemos al pecador.
El amor al prójimo ha de ser ante todo sobrenatural, esto es,
amarlo con la mira puesta en Dios, para alcanzarle o conservarle la
gracia que lo lleva a la bienaventuranza. Amar es querer bien, como
dice Santo Tomás, y todo bien está subordinado al bien
supremo, por eso es tan noble la acción de consagrar una vida
a conseguir a los demás los bienes sobrenaturales que son los
supremos valores de la vida. Pero hay también otras necesidades
que ayudar: un pobre que necesita pan, un enfermo que requiere medicinas,
un triste que pide consuelo, una injusticia que pide reparación...
y sobre todo, los bienes positivos que deben ser impartidos, pues, aunque
no haya ningún dolor que restañar hay siempre una capacidad
de bien que recibir.
La ley de la caridad no es para nosotros ley muerta, tiene un modelo
vivo que nos dió ejemplos de ella desde el primer acto de su
existencia hasta su muerte y continúa dándonos pruebas
de su amor en su vida gloriosa: ese es Jesucristo. San Pedro, que vivió
con Jesús tres años, nos resume su vida diciendo que pasó
por el mundo haciendo el bien.
Junto a estos grandes signos de amor, nos muestra su caridad con los
leprosos que sanó, con los muertos que resucitó, con los
adoloridos a los cuales alivió. Consuela a Marta y María,
en la pena de la muerte de su hermano, hasta bramar su dolor, se compadece
del bochorno de dos jóvenes esposos y para disiparlo cambió
el agua en vino; en fin, no hubo dolor que encontrara en su camino que
no aliviara. Para nosotros el precepto de amar es recordar la palabra
de Jesús: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado»
(Jn 13,34). ¡Cómo nos ha amado Jesús!
Los verdaderos cristianos, desde el principio, han comprendido maravillosamente
el precepto del Señor. En la esperanza de estos prodigiosos cristianos
es donde hay que buscar la fuerza para retemplar nuestro deber de amar,
a pesar de los odios macizos como cordilleras que nos cercan hoy por
todas partes.
Al mirar esta tierra, que es nuestra, que nos señaló el
Redentor; al mirar los males del momento, el precepto de Cristo cobra
una imperiosa necesidad: Amémonos mutuamente. La señal
del cristiano no es la espada, símbolo de la fuerza; ni la balanza,
símbolo de la justicia; sino la cruz, símbolo del amor.
Ser cristiano significa amar a nuestros hermanos como Cristo los ha
amado.