Meditación
de retiro sobre la generosidad apostólica
I.
El Apóstol ya no se pertenece
«Ya no sois vuestros» (cf. 1Cor 6,1920). El apóstol
ya no se pertenece más. Se vendió, se entregó a
su Maestro. Para él vive, para él trabaja, por él
sufre. El punto de vista del Maestro viene a ser el importante. Mis
preocupaciones, mis intereses dejan lugar a los intereses del Maestro.
¿Qué trabajo escoger? No el que el gusto, el capricho,
la utilidad o la comodidad me indiquen, sino aquel en el que pueda servir
mejor. El servicio más urgente, el más útil, el
más considerable, el más universal. ¡El del Maestro!
¿Con qué actitud? Se trabaja tanto si gusta como si disgusta,
a mí y a los otros. Es el servicio de Vuestra Majestad. Debe
proseguirse, extenderse, abandonarse, pero no por ambición humana,
necesidad de acción, o conquista de influencia, sino porque es
la obra del Maestro. Hacer lo que Él haría.
A esta obra se subordina todo, incluso la salud, la alegría espiritual,
el reposo y el triunfo. Según lo de San Pablo: «Me encuentro
apretado por ambos lados: tengo deseo de verme libre de las ataduras
de este cuerpo y estar con Cristo, lo cual es sin comparación
mejor; pero el quedarme en esta vida es necesario para vosotros. Convencido
de esto, entiendo que permaneceré todavía y me quedaré
con vosotros» (Flp 1,23).
Es un trabajo amoroso, no de esclavo. No se queja, sino que se alegra
de darse, como la madre por su hijo enfermo. Es un don total a la obra
del Maestro que se abraza con cariño, de manera que llega a ser
más sacrificio no sacrificarse: Ama su dolor.
II.
La Paz apostólica
El mundo procura darnos la paz por la ausencia de todos los males sensibles
y la reunión de todos los placeres. La paz que Jesús promete
a sus discípulos es distinta. Se funda no en la ausencia de todo
sufrimiento y de toda preocupación, sino en la ausencia de toda
división interior profunda; se basa en la unidad de nuestra actitud
hacia Dios, hacia nosotros, y hacia los demás.
Esta es la paz en el trabajosindescanso: Mi Padre trabaja
sin descanso. Yo también trabajaré (cf. Jn 5,17). El verdadero
trabajo de Dios, que consiste en dar la vida y conservarla, atraer cada
ser hacia su propio bien, no cesa, ni puede cesar. Así, los que
de veras están asociados al trabajo divino no pueden descansar
jamás, porque nada es servil en este trabajo. Un apóstol
trabaja cuando duerme, cuando descansa, cuando se distrae... Todo eso
es santo, es apostolado, es colaboración al plan divino.
La paz cristiana está fundada sobre esta unificación de
todas nuestras potencias de trabajo y de resistencia, de todos nuestros
deseos y ambiciones... El que en principio está así unificado
y que poco a poco lleva a la práctica esta unificación,
este tiene la paz.
III.
El celo de Pablo
El apóstol es un mártir o queda estéril. Procurar
al predicar el celo, la abnegación, el heroísmo, que sean
virtudes cristianas que nazcan del ejemplo y doctrina de Cristo. El
celo de las almas es una pasión ardiente. Se basa en el amor;
es su aspecto conquistador y agresivo, y cuando se toca al ser amado,
se le toca a él. Así Pablo: «estoy crucificado con
Cristo» (Gál 2,19), se pone furioso cuando se toca la fe
de sus Gálatas... porque él está identificado con
Cristo: tocar esa fe, es tocarlo a él. «No vivo yo, es
Cristo quien vive en mí. O si yo vivo todavía en la carne,
yo vivo en la fe al Hijo de Dios, que me ha amado y se ha entregado
por mí» (Gál 2,20). No se toca a Cristo, sino pasando
por Pablo.
A los Filipenses les cuenta cómo no le importa que otros prediquen
a Cristo aunque sea por envidia a él. Lo que importa es que Cristo
sea glorificado (Flp 1,1518). Lo único que no tolera que
le toquen es Cristo «para mí la vida es Cristo, y la muerte,
una ganancia» (Flp 1,21). Lo demás no le importa, desasimiento
total: «¿Cuál es mi recompensa? Predicar el Evangelio,
sin ocasionar ningún gasto... Me hice todo para todos, por salvarlos
a todos» (cf. 1Co 9,18ss).
En la acción no tenemos que ser nosotros mismos la intención
final: hacernos estimar por nosotros, ni hacernos servir, ni engrandecer
nuestra persona, ni interponernos entre Dios, Nuestro Señor Jesucristo,
y las almas, o querer forzarlas a pasar por nosotros, guardarlas con
nosotros, aún cuando un tiempo les fuimos útiles, indispensables,
providenciales... Ni trabajar por agradar a los hombres (cf. Gál
1,10); pero en esto no hay que ser demasiado escrupuloso... sino que
purificar su intención: «¿No te tengo a ti en el
cielo? Y contigo, ¿qué me importa la tierra?» (Sal
72,25). Hacer con gusto lo que no gusta o me gusta menos...
Entonces, ¿soy yo un esclavo? Sí, pero de Cristo. Y esto
es el mayor bien y la mayor dulzura de nuestra vida. Pero para esto
se necesita vocación: «Escándalo para los judíos,
necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos
que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios»
(1Co 1,2324).