Reflexión
personal escrita en noviembre de 1947
El
alma que se ha purificado en el amor con frecuencia es atormentada por
la angustia. No la angustia de su propia suerte: tiene demasiado amor,
espera profundamente, como para detenerse en la consideración
de sus propios males. Él se sabe pequeño y débil,
pero buscado por Dios y amado de Él...
Es la miseria del mundo la que le angustia. La locura de los hombres,
su ignorancia, sus ambiciones, sus cobardías, el egoísmo
de los pueblos, el egoísmo de las clases, la obstinación
de la burguesía que no comprende, su mediocridad moral, el llamado
ardiente y puro de las masas, la vista tan corta, a veces el odio de
sus jefes. El olvido de la justicia. La inmensidad de ranchos y pocilgas.
Los salarios insuficientes o mal utilizados. El alcoholismo, la tuberculosis,
la sífilis, la promiscuidad, el aire impuro. El espectáculo
banal, el espectáculo carnal, tantos bares, tantos cafés
dudosos, tanta necesidad de olvido, tanta evasión, tanto desperdicio
de las formas de la vida. Tanta mediocridad en los ricos como en los
pobres. Una humanidad loca, que se aturde con música barata y
que luego se bate.
El alma se siente sobrecogida por una gran angustia. La miseria del
mundo, que se ha ido a vivir en su alma, tortura el alma. El corazón
va como a estallar. Ya no puede más. Las entrañas se aprietan,
la angustia sube del corazón y estrecha la garganta.
¿Qué hacer, Señor? ¿Hay que declararse impotente,
aceptar la derrota, gritar: sálvese quien pueda? ¿Hay
que apartarse de este arroyo mal oliente? ¿Hay que escaparse
de este delirio?
No. Todos estos hombres son mis hermanos queridos, todos sin excepción
alguna. Esperan que se los ilumine. Necesitan la Buena Nueva. Están
dispuestos a recibir la comunicación del Espíritu, con
tal que se les comunique; con tal que haya alguien que por ellos haya
pensado, haya llorado, haya amado; con tal que haya alguien que esté
cerca de ellos muy cerca para comprenderlos y echarlos a caminar; con
tal que haya alguien que, antes que nada, ame apasionadamente la verdad
y la justicia, y que las viva intensamente.
Con tal que haya alguien que sea capaz de liberarlos, de ayudarlos a
descubrir su propia riqueza, la que está oculta en su interior,
en la luz verdadera, en la alegría fraternal, en deseo profundo
de Dios.
Con tal que quien quiera ayudarlos haya reflexionado bastante para captar
todo el universo en su mirada, el universo que busca a Dios, el universo
que lleva el hombre para hacerlo llegar a Dios, mediante la ayuda mutua
de los hermanos, hechos para amarse, para cooperar en el reparto equitativo
de las cargas y de los frutos; mediante el análisis de la realidad
sobre la cual hay que operar, por la previsión de los éxitos
y de las derrotas, por la intervención inteligente, por la sabiduría
política en fin reconquistada, por la adhesión a toda
verdad; por la adhesión a Cristo en la fe. Por la esperanza.
Por el don pleno de mí mismo a Dios y a la humanidad, y de todos
aquellos a los cuales voy a llevar el mensaje y a encender la llama
de la verdad y del amor.