Prédica
pronunciada en el Mes de María de 1950
Pasa
algo verdaderamente alentador en el mundo y sobre todo en Chile: como
una segunda primavera además de lo material de la naturaleza,
una primavera espiritual, durante el Mes de María. Todo cambia
de aspecto, las Iglesias se repletan, en este mes, de gente que llega
de no se sabe dónde, hombres de trabajo, soldados, mujeres de
esfuerzo, no solo la gente desocupada. Y esto cuatro o cinco veces al
día, en todos los templos.
¿Por qué la Santísima Virgen tiene esta influencia
en nuestras almas?, ¿qué atracción ejerce en nosotros?
Primero una influencia intuitiva, sentimental, emotiva, porque, como
se ha dicho, si ella no hubiera sido creada por Dios, el hombre habría
tenido que inventarla, es una necesidad psicológica del corazón
humano. En el fondo, María representa la aspiración de
todo lo más grande que tiene nuestra alma. La madre es la necesidad
más primordial y más absoluta del alma, y cuando la hemos
perdido, o sabemos que la vamos a perder, necesitamos algo del Cielo
que nos envuelva con su ternura.
Ella no es divina, es enteramente de nuestra tierra, como nosotros,
plenamente humana: hacía lo oficios de cualquiera madre, pero
sintiéndola tan totalmente nuestra, la reconocemos como trono
de la divinidad.
¡Que difícil es pasar en repaso tan rápido los privilegios
dogmáticos de María!, pero el alma intuye que como el
corazón del joven de 20 años necesita una niña
que complete su vida, la humanidad necesita esta Madre tierna, Virgen
pura, ser humano que lleno de divinidad, que ha recibido de Dios, en
María. Aún los que no saben teología quedan absortos
cuando ven lo que es.
En nuestra época de problemas tremendos, tenemos que volver a
cristianizar el mundo: hay millones de hombres bajo el dominio del ateísmo,
a punto de entrar en guerra atómica, en este momento difícil
me parece que María viene de nuevo a multiplicar sus llamados.
Ella se aparece en Lourdes a Bernardita: Yo soy la Inmaculada Concepción,
y hace brotar una fuente donde centenares de enfermos han recuperado
la salud, y que ha sido reproducida en todas las ciudades, hasta en
las poblaciones marginales. En México se ha dicho: no hizo nada
parecido en ninguna otra parte del mundo. Ahí Nuestra Señora
de Guadalupe se apareció al indio Juan Diego, y cuando él
le contestó «Niña mía, si no me van a creer»,
en el poncho del indio le dejó caer, en pleno invierno, una lluvia
de rosas rojas para que se las llevara al arzobispo. Ella apareció
con aspectos de indiecita, porque venía en defensa de los indios.
He pensado tantas veces cuando veo el Mes de María lleno de gente,
y el día de la Procesión del Carmen, esa gente hambrienta
de verdad, ¿cuál es nuestro deber ante ella? Primero dar
ejemplo de integridad de vida cristiana, no acomodarnos al mundo sino
que éste se acomode a María. En las conversaciones, caridad:
que nuestras palabras sean bondadosas, tiernas y cariñosas. Al
mundo le gusta la francachela, nada más que diversión,
nosotros no seremos obstáculo, pero pondremos la nota de austeridad
y trabajo. No podemos tener devoción a ella y faltar a la caridad,
no haciendo nada por solucionar la miseria humana.
Estos días me ha tocado vivir ahogado en la miseria, asediado
por el miserable que no tiene nada, absolutamente nada. ¿Adónde
va hoy un hombre que tenga hambre y no tenga que comer? Ayer una mujer
joven, decentemente vestida, me decía: «Padre, no he desayunado
esta mañana, me han pedido la pieza, tengo cinco hijos ¿Donde
me voy?... ». Un pobre, preso por vago, la sociedad no le da techo
ni trabajo y lo encierra por andar vagando. Estamos empapados en una
miseria que ha llegado al último extremo. Sé de gente
que pasa tres y cuatro días sin comer.
Nuestra devoción a la Virgen, ¿no debería llevarnos
a preguntar cómo podemos solucionar este problema? Nuestra devoción
vacía y piedad estéril, en vano vuestra Madre se aparece
a los pobres si vosotros no dais caridad. La primera manifestación
de amor que sea caridad en palabra, juicios, desprendimiento, en obras
de justicia. El mundo tiene sus ojos puestos en nosotros. Acordémonos
que somos cristianos y que el mundo nos mira. Temo que nuestra piedad
sea en gran parte solo sentimental, hojarasca, y no la misericordia
de Cristo. Caridad en honor de la Virgen Santísima. Vosotras
oficinistas, ¿vais al tope de vuestra caridad? Tan «bueyes»
que somos los católicos, tan dormidos, tan poco inquietos por
la solidaridad social. Todas dificultades, tropiezos, escándalos...
Ojalá que nuestra devoción a la Virgen nos traiga ternura
de mirar al Cielo y trabajar en la tierra porque haya caridad y amor.
Dios quiera llevarnos al Cielo por medio de Ella, la Mensajera del Padre,
la Madre de todos, especialmente de los que sufren.