Discurso
a 10.000 jóvenes de la Acción Católica, en 1943
Quisiera
aprovechar estos breves momentos, mis queridos jóvenes, para
señalarles el fundamento más íntimo de nuestra
responsabilidad, que es nuestro carácter de católicos.
Jóvenes tienen que preocuparse de sus hermanos, de su Patria
(que es el grupo de hermanos unidos por los vínculos de sangre,
lengua, tierra), porque ser católicos equivale a ser sociales.
No por miedo a algo que perder, no por temor de persecuciones, no por
antialgunos, sino que porque ustedes son católicos deben
ser sociales, esto es, sentir en ustedes el dolor humano y procurar
solucionarlo.
Un cristiano sin preocupación intensa de amar, es como un agricultor
despreocupado de la tierra, un marinero desinteresado del mar, un músico
que no se cuida de la armonía. ¡Si el cristianismo es la
religión del amor! Como decía un poeta. Y ya lo había
dicho Cristo Nuestro Señor: El primer mandamiento de la ley es
amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con
toda tu mente, con todas tus fuerzas; y añade inmediatamente:
y el segundo semejante al primero, es amarás a tu prójimo
como a ti mismo por amor a Dios (cf. Mt 22,37-39). Momentos antes de
partir, la última lección que nos explicó, fue
la repetición de la primera que nos dio sin palabras: Un mandamiento
nuevo os doy, que os améis los unos a los otros, como yo os he
amado (Jn 13,34). San Juan en su epístola nos resume los dos
mandamientos en uno: El mandamiento de Dios es que creamos en el nombre
de su Hijo Jesucristo y que nos amemos mutuamente (1Jn 3,23). Y San
Pablo no teme tampoco hacer igual resumen: No tengáis otra deuda
con nadie que la del amor que os debéis unos a otros, puesto
que quien ama al prójimo tiene cumplida la ley. En efecto estos
mandamientos: No cometerás adulterio, no matarás, no robarás,
no levantarás falso testimonio; no codiciarás: y cualquier
otro que haya están recopilados en esta expresión: Amarás
a tu prójimo como a ti mismo (Rm 13,8-9).
En este amor a nuestros hermanos, que nos exige el Maestro, nos precedió
él mismo. Por amor nos creó; caídos en culpa, por
amor, el Hijo de Dios se hizo hombre, para hacernos a nosotros hijos
de Dios (lo que a muchos, aun ahora, les parece una inmensa locura).
El Verbo, al encarnarse, se unió místicamente a toda la
naturaleza humana.
Es necesario, pues, aceptar la Encarnación con todas sus consecuencias,
extendiendo el don de nuestro amor no sólo a Jesucristo, sino
también a todo su Cuerpo místico. Y este es un punto básico
del cristianismo: desamparar al menor de nuestros hermanos es desamparar
a Cristo mismo; aliviar a cualquiera de ellos es aliviar a Cristo en
persona. Cuando hieren unos de mis miembros a mí me hieren; del
mismo modo tocar a unos de los hombres es tocar al mismo Cristo. Por
esto nos dijo Cristo que todo el bien o todo el mal que hiciéramos
al menor de los hombres a Él lo hacíamos.
Cristo se ha hecho nuestro prójimo, o mejor, nuestro prójimo
es Cristo que se presenta bajo tal o cual forma: paciente en los enfermos,
necesitado en los menesterosos, prisionero en los encarcelados, triste
en los que lloran. Si no lo vemos es porque nuestra fe es tibia. Pero
separar el prójimo de Cristo es separar la luz de la luz. El
que ama a Cristo está obligado a amar al prójimo con todo
su corazón, con toda su mente, con todas sus fuerzas. En Cristo
todos somos uno. En Él no debe haber ni pobres ni ricos, ni judíos
ni gentiles, afirmación categórica inmensamente superior
al «Proletarios del mundo uníos», o al grito de la
Revolución Francesa: Libertad, Igualdad, Fraternidad. Nuestro
grito es: Proletarios y no proletarios, hombres todos de la tierra,
ingleses y alemanes; italianos, norteamericanos, judíos, japoneses,
chilenos y peruanos, reconozcamos que somos uno en Cristo y que nos
debemos no el odio, sino que el amor que el propio cuerpo tiene a sí
mismo. ¡Qué se acaben en la familia cristiana los odios,
prejuicios y luchas, y que suceda un inmenso amor fundado en la gran
virtud de la justicia, de la justicia primero, de la justicia enseguida,
luego aún de la justicia, y, superadas las asperezas del derecho,
por una inmensa efusión de caridad.
Pero esta comprensión ¿se habrá borrado del alma
de los cristianos? ¿Por qué se nos hecha en cara que no
practicamos la doctrina del Maestro, que tenemos magníficas encíclicas
pero no las realizamos? Sin poder sino rozar este tema, me atrevería
a decir lo siguiente: porque el cristianismo de muchos de nosotros es
superficial. Estamos en el siglo de los records, no de sabiduría,
ni de bondad, sino de ligereza y superficialidad. Esta superficialidad
ataca la formación cristiana seria y profunda sin la cual no
hay abnegación. ¿Cómo va a sacrificarse alguien
si no ve él por qué de su sacrificio? Si queremos pues,
un cristianismo de caridad, el único cristianismo auténtico,
más formación, más formación seria se impone.
Los cristianos de este siglo no son menos buenos que los de otros siglos,
y en algunos aspectos superiores, tanto más cuanto que las persecuciones
mundanas van separando el trigo de la cizaña aún antes
del Juicio, pero el mal endémico, no de ellos solos, sino de
ellos, menos que de otros, es el de la superficialidad, el de una horrible
superficialidad. Sin formación sobrenatural ¿por qué
voy a negarme el bien de que disfruto a mis anchas, cuando la vida es
corta? En cambio cuando hay fe, el gesto cristiano es el gesto amplio
que comienza por mirar la justicia, toda la justicia, y todavía
la supera una inmensa caridad.
Y luego, jóvenes católicos, no puedo silenciarlo: en este
momento falta formación, porque faltan sacerdotes. La crisis
más honda, la más trágica en sus consecuencias
es la falta de sacerdotes que partan el pan de la verdad a los pequeños,
que alienten a los tristes, que den un sentido de esperanza, de fuerza,
de alegría, a esta vida. Ustedes, 10.000 jóvenes que aquí
están, a quienes he visto con tan indecibles trabajos preparar
esta reunión, ustedes jóvenes y familias católicas
que me escuchan, sientan en sus corazones la responsabilidad de las
almas, la responsabilidad del porvenir de nuestra Patria. Si no hay
sacerdotes, no hay sacramentos, si no hay sacramentos no hay gracia,
si no hay gracia, no hay cielo, y, aun en esta vida, el odio será
la amargura de un amor que no pudo orientarse, porque faltó el
ministro del amor que es el sacerdote. Que nuestros jóvenes conscientes
de su fe, que es generosidad, conscientes de su amor a Cristo y a sus
hermanos, no titubeen en decir que sí al Señor.
Y como cada momento tiene su característica ideológica,
es sumamente consolador recordar lo específico de nuestro tiempo:
el despertar más vivo de nuestra conciencia social, las aplicaciones
de nuestra fe a los problemas del momento, ahora más angustiosos
que nunca. Dios y Patria; Cruz y bandera, jamás habían
estado tan presentes como ahora en el espíritu de nuestros jóvenes.
La caridad de Cristo nos urge a trabajar con toda el alma, porque cada
día Chile sea más profundamente de Cristo, porque Cristo
lo quiera, y Chile lo necesita. Y nosotros, cristianos, otros Cristos,
demos nuestro trabajo abnegado. Que desde Arica a Magallanes la juventud
católica, estimulada por la responsabilidad de las luces recibidas,
sea testigo viviente de Cristo. Y Chile, al ver el ardor de esa caridad,
reconocerá la fe católica, la Madre que con tantos dolores
lo engendró y lo hizo grande, y dirá al Maestro: ¡Oh
Cristo, tú eres el Hijo de Dios vivo, tú eres la resurrección
y la Vida!