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F3 ¿Desalientos? Vendrán. Fracaso aparente o real, abandono,
incomprensión, incluso por parte de amigos y superiores; todo esto tiene
que saborear el servidor de Cristo, el que quiere ir tras Él. Pero
mientras esté unido con Él, las tinieblas sólo podrán tener poder sobre
él un momento.
F3 Cada uno no debe emprender sino obras proporcionadas a su capacidad,
y obras útiles. Bendito sea el fracaso que nos enseñó nuestro sitio
verdadero.
F3 El fracaso no debe jamás aparecernos como un fin, y la sucesión
indefinida de fracasos como una solución de la vida cristiana. El
cristiano debe, más que nadie, conducirse por la razón, y el uso sano de
la razón conduce normalmente al éxito.
F3 El fracaso, para el hombre de acción, es su gran educador. La mayor
parte de nuestros fracasos vienen por nuestra propia culpa. El objetivo
estaba mal definido o mal escogido, o bien usaba medios ineptos... o en
condiciones en que por falta de realismo no supo prever el fracaso.
F3 Fracasos: cuando Dios lo quiere son sus alas. Son mi liberación de lo
que me apega, ¡hecha a veces en forma dolorosa porque el apego es
excesivo!
F3 La mayor parte de los hombres, sin embargo, somos inclinados a
excusar nuestros fracasos. Estos han ocurrido por casualidad, o por la
falta de los otros que se han opuesto, o de circunstancias
imprevisibles, de colaboradores flojos o incomprensivos... Pero en
ningún caso piensa el testarudo que tal vez sus enemigos tenían razón;
que los acontecimientos imprevistos habrían podido ser previstos, que
los colaboradores debieron ser mejor escogidos, o mejor formados, o más
entrenados en la acción.
F3 Los fracasos conducen al apóstol hacia Cristo. Todos ellos son un eco
del fracaso grande de la Cruz, cuando fariseos, saduceos y los poderes
establecidos triunfaron visiblemente de Jesús. ¿No fue acaso Él vestido
de blanco y de púrpura, coronado de espinas y desnudo crucificado con el
título ridículo de Rey de los Judíos? Los suyos lo habían traicionado o
huido. Era el hundimiento de su obra y en ese mismo momento Jesús
comenzaba su triunfo. Aceptando la muerte, Jesús la dominaba. Al dejarse
elevar sobre la cruz, elevaba la humanidad hasta el Padre, realizaba su
vocación y cumplía su oficio de Salvador. En esa línea van también
nuestros fracasos....
F3 Los fracasos de que no somos responsables son el eco de la
crucifixión de Cristo en nosotros. Nos hacen semejantes en nuestra alma
espiritual y en nuestra sensibilidad a Cristo. Los otros fracasos, los
que hemos merecido por imprevisión, por precipitación, por mediocridad o
por orgullo, lejos de abatirnos deben estimularnos. Y como Cristo fue
objetivo, fuerte, perseverante, magnánimo, así también nosotros. Esta
reflexión, prudencia, fuerza que nos faltaba nos la enseñarán nuestros
fracasos que nos harán así semejantes a Cristo.
F3 Quien se descuida en su acción consolándose con su unión a Cristo
doloroso, necesita detenerse y cambiar de rumbo. A veces se encuentra
gente orgullosa que se encapricha en este camino, a veces por orgullo, a
veces por un complejo de inferioridad buscará una compensación a su
incapacidad en el fracaso. No; no es a éstos a los que decimos que
tienen que alegrarse en sus fracasos...Pero sí a tantos apóstoles que
han tomado por Dios, con entusiasmo el trabajo apostólico, y llega un
momento en que se encuentran ante dificultades insuperables que les
hacen pensar en la inutilidad de sus esfuerzos, y están a punto de
descorazonarse. No; ¡qué aprendan a sacar provecho de sus fracasos!
F3 Un hombre prudente no se embarca en una acción sino cuando hay
motivos serios; cuando está en la línea de su vocación providencial;
bajo el control de la dirección y ayudado por las luces íntimas de la
plegaria. Si se aventura a veces, él lo sabe, pero tiene bastantes
razones para tentar la aventura, y el fracaso medio previsto no lo
sorprenderá ni lo espantará.
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