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I1 He aquí porque amamos a la Iglesia a pesar, o más bien a causa de sus
flaquezas. El católico acepta y ama a la Iglesia tal cual es; pues tal
cual es, es para él la revelación de la santidad, de la justicia, de la
bondad de Dios... Aun si está cubierta de pobres tras largo andar, si su
paso es pesado, si está agobiado de fatiga, si su rostro está asolado
por la inquietud y la miseria -es Ella- sin embargo, su madre. En su
mirada brilla la vieja fe. En su corazón arde el viejo amor. Su mirada
imparte siempre la antigua bendición. ¿Qué sería del cielo sin Dios?
¿Qué sería la tierra sin la Iglesia? ¡Creo en la Iglesia una, santa,
católica y apostólica!
I1 La Iglesia conduce sus fieles a un puerto que está fuera del tiempo y
del espacio, y sin embargo sus fieles y ella misma viven en el tiempo y
en el espacio. Su esperanza va más allá del mundo, pero sin embargo
están en el mundo. Preparan la única comunidad humana definitiva, pero
la preparan en el seno de comunidades; tiene el deber de hacerlas
avanzar, de hacerlas subir hacia la comunidad definitiva. De aquí que en
la vida de los miembros de la Iglesia haya una tensión entre nuestra
vida presente y nuestra vida futura.
I1 La Iglesia construida y cada uno de nosotros obrero en su
construcción. No se conciben mirones ni menos criticones.
I1 La Iglesia de Cristo no es más que lo que somos nosotros, lo que
nosotros la hagamos. Cristo Vive en ella, es su cabeza, pero su grado de
santidad, su desarrollo y crecimiento dependerá de nosotros, de nuestra
fidelidad al llamamiento que Él nos hace cada día.
I1 La Iglesia edificio no terminado; con defectos para que yo la mejore.
I1 La Iglesia no es algo respetable, al servicio nuestro, pero extraño a
nosotros mismos como la cruz Roja o la Asistencia Pública, no, la
Iglesia es nosotros. Cristo y yo, y ustedes, el GRAN NOSOTROS.
I1 La Iglesia no necesita demostradores, sino testigos; apóstoles y no
conferenciantes. No es ya tiempo de probar que Dios existe. Ha sonado la
hora de dar la vida por Jesucristo.
I1 Para eso el católico debe estar sin inquietud cuando cree que la
Iglesia ha caído en estado de embotamiento, o aun de agonía. La historia
ha demostrado siempre que los tristes reveses son seguidos de
resurrecciones gloriosas de tal manera que estos períodos parecen haber
sido etapas de preparación del maravilloso florecimiento que iba a
surgir, especie de sueño de invierno durante el cual las fuerzas se
concentran en vista de la resurrección de la primavera.
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