«Le
conocí cuando ya era universitario. Después de algunas
entrevistas me pidió que le sirviera de director espiritual,
y desde ese mismo instante empezó una amistad de confianza tan
asidua que pasó a ser el casi compañero de todas mis labores
espirituales. Tenía decidida su vocación sacerdotal y
su ingreso a la Compañía de Jesús. Este punto era
discutido por muchos de sus amigos eclesiásticos, pero jamás
osciló sensiblemente ante el primer llamado del Señor,
y sólo pude comprobar que día a día se iba solidificando
más su vocación religiosa y sacerdotal como futuro jesuita.
Buen cuidado tuve en no desviar jamás semejante vocación
por muchos deseos que tuviera de conservarlo a mi lado».
«Las virtudes que fueron aflorando y solidificándose fueron
deslumbradoras, sobre todo la que se refería a la caridad, pues
apareció un celo incontenible, que había de moderar repetidamente
para que no llegara a la exageración. No podía ver el
dolor sin quererlo remediar, ni una necesidad cualquiera sin poner estudio
para solucionarla. Vivía en un acto de amor a Dios que se traducía
constantemente en algún acto de amor al prójimo, su celo
casi desbordado, no era si no su amor que se ponía en marcha.
Tenía un corazón como un caldero en ebullición
que necesita vía de escape, y aquí está la explicación
de esa multiformidad de obras de caridad que las presentía desde
joven y que las realizó ya hecho sacerdote y religioso».
«Sí, todos recibíamos mucho de ese gran corazón,
había un santuario íntimo en que se descubría hasta
lo indecible las riquezas de aquel joven privilegiado: era el hogar
de familia, donde su madre, doña Ana Cruchaga de Hurtado y su
hermano Miguel compartían con Alberto las angustias y alegrías
en forma maravillosa. Allí se expasionaba en grande el futuro
apóstol, y, después del amor a Jesús, el amor a
María y los grandes amores cristianos, el de su madre tenía
culto privilegiado. Justamente ese era un punto de interrogación
en el horizonte, sobre su vocación: pues su madre necesitaba
de él y de su profesión de abogado, para sostener la lucha
por la vida».
«Se iba a recibir de abogado, y no se podía ir al Noviciado
de la Compañía en Chillán, por la situación
financiera de su madre. Le ví hacer la. PRIMER MILAGRO: durante
todo el mes del Sagrado Corazón de Jesús del año
1923, fijó sus visitas para con su amigo y padre espiritual,
a las 10 de la Noche, en vez de venir a las horas diurnas, y a esa hora
le vi tenderse en el suelo cual largo era, frente al altar del Santísimo
Sacramento, y pasar una hora entera en esa postura, implorando en la
oración más fervorosa, que le solucionara el Señor
sus problemas económicos para poderse consagrar totalmente a
Dios, yo rezaba el Breviario, y observaba mientras tanto. Pues bien,
EL DIA DEL SAGRADO CORAZON DE JESÚS DEL AÑO 1923, a eso
de las tres de la tarde, recibió un llamado telefónico
citándolo con urgencia, y de aquella entrevista salió
la solución de un pleito antiguo de familia que dejó a
su madre en situación económica más desahogada,
y el santo joven pudo ingresar a la Compañía de Jesús,
algunas semanas después».