Testimonios
03
. Testimonio de Gabriela Mistral
"Un Pastor menos"
 
     
 

Era el Padre Hurtado una especie de franciscano natural. Yo no sé si el rondó en torno de la llama dulce de franciscanismo, pero su naturaleza era cierto franciscanismo trajinador y este trajín puede llamarse un correteo por los niños pobres.

Del Santo de Asís tenía también el hablar con gracia, la expresión a la vez donosa y llana. Este don de su conversación más su llaneza le ganaba a todos y le servía a maravilla para limosnear en bien de sus pobres y de sus niños.

Cuando, en esta casa de Nápoles que tiene un jardincito -a Dios gracias- yo sigo el ajetreo de dos o tres pájaros que saquean cuanto pueden en la floración, no puedo sino acordarme del "género Padre Hurtado", o sea de los que buscan, no entre plantas floridas, sino en la espesura del egoísmo humano, las sombras de los hartos: ropas, objetos y...dineros.

Con esta misma gracia del pájaro él circulaba por Santiago en este menester duro para alma delicadísima.

Con gracia pedía con la gracia humana y con la otra.

Su ejemplo planeará siempre sobre aquellos que le conocimos y muchas veces sentiremos que el empujón del apresurado nos saca de nuestro estupor.

Honra y dicha fue tenerlo y es tristeza no mirarle más en la fila de su Orden y en la falange de la chilenidad.

Sigamos dando, sí, porque su mano tal vez siga extendida allá abajo, lo mismo que antes y debemos sosegarla cumpliendo por él.

Sabemos oír a los muertos; en cuanto se hace un silencio en nuestros ajetreos mundanos se les oye y distintamente, oír al P. Hurtado será una obligación de responsable. Y la respuesta única que hay que dar a su alma atenta y a su bulto sólo entredormido es la ayuda de sus obras, un socorro igual al de antes, porque la Miseria, la bizca y cenicienta Miseria, sigue corriendo por los suburbios manchando la clara luz de Chile y rayando con su uñeteada de carbón infernal la honra y el decoro de las aldeas.

Duerma el que mucho trabajó. No durmamos nosotros, no, como grandes deudores huidizos que no vuelven la cara hacia lo que nos rodea, nos ciñe y nos urge casi como un grito. Si, duerma dulcemente él, trotador de la diestra extendida, y golpee con ella a nuestros corazones para sacarnos del colapso cuando nos volvamos sordos y ciegos.

Y alguna mano fiel ponga por mí unas cuantas ramas de aromo o de "pluma Silesta" sobre la sepultura de este dormido que tal vez será un desvelado y un afligido mientras nosotros no paguemos las deudas contraídas con el pueblo chileno, viejo acreedor silencioso y paciente. Démosle al Padre Hurtado un dormir sin sobresalto y una memoria sin angustia de la chilenidad, criatura suya y ansiedad suya todavía.

 
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