Era
el Padre Hurtado una especie de franciscano natural. Yo no sé
si el rondó en torno de la llama dulce de franciscanismo, pero
su naturaleza era cierto franciscanismo trajinador y este trajín
puede llamarse un correteo por los niños pobres.
Del Santo de Asís tenía también el hablar con gracia,
la expresión a la vez donosa y llana. Este don de su conversación
más su llaneza le ganaba a todos y le servía a maravilla
para limosnear en bien de sus pobres y de sus niños.
Cuando, en esta casa de Nápoles que tiene un jardincito -a Dios
gracias- yo sigo el ajetreo de dos o tres pájaros que saquean
cuanto pueden en la floración, no puedo sino acordarme del "género
Padre Hurtado", o sea de los que buscan, no entre plantas floridas,
sino en la espesura del egoísmo humano, las sombras de los hartos:
ropas, objetos y...dineros.
Con esta misma gracia del pájaro él circulaba por Santiago
en este menester duro para alma delicadísima.
Con gracia pedía con la gracia humana y con la otra.
Su ejemplo planeará siempre sobre aquellos que le conocimos y
muchas veces sentiremos que el empujón del apresurado nos saca
de nuestro estupor.
Honra y dicha fue tenerlo y es tristeza no mirarle más en la
fila de su Orden y en la falange de la chilenidad.
Sigamos dando, sí, porque su mano tal vez siga extendida allá
abajo, lo mismo que antes y debemos sosegarla cumpliendo por él.
Sabemos oír a los muertos; en cuanto se hace un silencio en nuestros
ajetreos mundanos se les oye y distintamente, oír al P. Hurtado
será una obligación de responsable. Y la respuesta única
que hay que dar a su alma atenta y a su bulto sólo entredormido
es la ayuda de sus obras, un socorro igual al de antes, porque la Miseria,
la bizca y cenicienta Miseria, sigue corriendo por los suburbios manchando
la clara luz de Chile y rayando con su uñeteada de carbón
infernal la honra y el decoro de las aldeas.
Duerma el que mucho trabajó. No durmamos nosotros, no, como grandes
deudores huidizos que no vuelven la cara hacia lo que nos rodea, nos
ciñe y nos urge casi como un grito. Si, duerma dulcemente él,
trotador de la diestra extendida, y golpee con ella a nuestros corazones
para sacarnos del colapso cuando nos volvamos sordos y ciegos.
Y alguna mano fiel ponga por mí unas cuantas ramas de aromo o
de "pluma Silesta" sobre la sepultura de este dormido que
tal vez será un desvelado y un afligido mientras nosotros no
paguemos las deudas contraídas con el pueblo chileno, viejo acreedor
silencioso y paciente. Démosle al Padre Hurtado un dormir sin
sobresalto y una memoria sin angustia de la chilenidad, criatura suya
y ansiedad suya todavía.