En
el vestir, comer y dormir, no sólo cumplía con lo permitido
o recomendado, sino que buscaba el modo de ceder lo mejor para los demás;
jamás pedía comida especial, a no ser por prescripción
médica. Nunca observé que en su pieza tuviera a mano golosinas,
sino era para obsequiar a los muchos jóvenes que a él
acudían; pero de las cuales él se privaba, con mucha gracia
y cortesía, se servía alguna de estas golosinas, él
no las rechazaba para no hacerse singular (P. Oscar Contreras).
Salíamos en varias ocasiones por la noche invitando a varios
alumnos de los último años del Colegio y luego recorríamos
los puentes del Mapocho invitando a los niños que allí
dormían. En una oportunidad nos encontramos con un grupo de cinco
muchachos; estaban jugando con una paloma. Ellos preguntaron si podían
llevar la paloma, y cuando el P. Hurtado les dijo que sí, subieron
lleno de alegría a la camioneta con su paloma. Apenas llegamos
al Hogar, el P. Hurtado le pidió a alguien que se ocupara de
alimentar a la paloma y de hacerle un lugar donde colocarla, al lado
de los niños. Acerca de uno de los alumnos que nos acompañaba,
el Padre me dijo: "Te aseguro que lo que ha visto esta noche no
se le borra en toda la vida" (P. Arturo Gaete).
El amor al prójimo lo llevaba a extremos que no le importaba
la opinión contraria que pudieran tener de él; recuerdo
el caso del cual fui testigo, una mañana llegó a nuestra
oficina de asistentes sociales después de haber asistido espiritualmente
a un ajusticiado; él nos relató que este hombre le había
pedido que se preocupara de su madre anciana, que trabajaba en un prostíbulo
como cocinera. El Siervo de Dios fue al prostíbulo, habló
con esta persona para comunicarle los encargos de su hijo y a nosotras
nos encargó que hiciéramos las gestiones para ubicarla
en las Hermanitas de los Pobres (Carmen Cabieses de Claro).
¡Cómo querían los jóvenes de los cursos superiores
a este Padre! Jamás olvidaré lo que he visto allí
en la casa de retiro, cuando en las tardes, como a las 6, daba su conferencia
en la capilla, que estaba en el segundo piso, después de rezar
el Santo Rosario en el parque, los jóvenes iban subiendo la escalera
corriendo para conseguirse los primeros puestos bien adelante, querían
estar cerca de él, verlo y no perder nada de lo que decía.
Estaban fascinados esta predica tan llena de fe, de esperanza y de amor...
y sus conferencias no eran cortas. Duraban una hora y media y a veces
hasta dos horas, pero los niños no se cansaban nunca, estaban
felices de recibir sus enseñanzas (P. Eduardo Oggier).
Siempre que uno llegaba al San Ignacio había jóvenes esperando
su turno en la antesala, sabía escuchar y aconsejar, prestaba
libros adecuados, tenía una buena biblioteca. Un día me
decía "yo presto muchos libros de formación a los
que vienen a consultarme y a pesar de que anoto todos los libros que
presto y más tarde les recuerdo a través de algún
ayudante que me devuelvan los libros que los necesito para otros, pierdo
cada año más o menos 1.000 libros que no me devuelven.
Bueno, con tal que les hayan servido... ¡alabado sea Dios!"
(P. Eduardo Oggier).
Los retiros que predicaba el Padre hurtado eran semilleros de vocaciones
eclesiásticas y religiosas, para la Compañía y
para todas las órdenes religiosas, y en primer lugar para el
Seminario de Santiago. Era extraordinaria su capacidad de irradiación
-no quiero emplear la palabra "persuasión", sino irradiación:
él después de haber hablado el tema, muy frecuente en
su predicación. Orientaba la vocación sin hacer presión
de ninguna especie: era de un respeto extraordinario a la persona, y
en esto puedo dar mi propio testimonio personal. Yo tenía la
duda respecto de abrazar el sacerdocio o casarme, y él me dijo:
" entrégate en las manos de Dios", o del "Patrón",
como él decía. (Manuel Naranjo Urrutia).
Nadie me dijo a mí que el Padre era un Santo para que yo me guiara
por él, sino que fue un convencimiento personal de su santidad
que me llevó a buscar su dirección espiritual; cosa que
corroboré más adelante con la opinión que todos
tenían de él, es decir, como de un hombre santo. Recuerdo
en una ocasión haberlo acompañado a la cárcel pública,
donde había unos 500 presos: me causó impresión
el oír cómo los presos gritaban" Llegó el
Apóstol, el hombre que nos quiere mucho". Pude constatar
que eran frecuentes esas visitas del Padre a la cárcel y sé,
por otras personas que el Padre pasaba encerrado en una celda, igual
que cualquier preso, algunos días del año, como para vivir
la vida del preso. Así fue como el Padre adquirió un conocimiento
muy profundo y personal de la vida de los encarcelados. (Padre Fernando
Karadima).
Siempre había una cola de gente esperando frente a la puerta
de su oficina. Innumerables vocaciones sacerdotales surgieron de su
ejemplo, porque los jóvenes decían: Quiero ser como
el P. Hurtado. (Mons. Eladio Vicuña Aránguiz).
Sobre todo me marcó su extraordinario amor a la persona de Jesucristo;
nunca olvidaré una clase que nos dio en que nos habló
de este tema, en tales términos, que al terminar lloraba no solamente
él, sino casi la totalidad de los treinta y tantos muchachos
que lo escuchábamos y en ese tiempo éramos alumnos del
Colegio San Ignacio y teníamos 16 años. Pienso que un
testimonio como este, de amor a Cristo, es perfectamente actual y necesario
para la Iglesia latinoamericana posterior a Puebla y para toda la Iglesia
Universal en este periodo postconciliar. Para él, el sentido
de lo trascendente era una cosa vivida con absoluta espontaneidad y
sabía comunicarnos las primacías del honor de Dios, destacando
al mismo tiempo con la fuerza que es sabido, el mandamiento de amor
al prójimo (P. José Vial Subercaseaux).
Cuando comencé a estudiar la Teología le pedí que
me recomendara en qué especializarme, él me respondió:
"Especialízate en Jesucristo", creo que eso respondía
a lo que él vivía" (P. José Correa s. j.).
El Padre tenía un gran respeto por las cosas sagradas. Se preocupaba,
por ejemplo, por la limpieza de los objetos y ornamentos del altar.
La Misa del Padre, profundamente recogido y penetrado del misterio de
Dios, era una lección y un llamado a pensar y creer en el mundo
sobrenatural de Dios. Me tocó estar con una persona, no creyente,
que asistió a una Misa del Padre Hurtado y con lágrimas
en los ojos me decía: "¡Qué ganas de creer!"
(Sra. Marta Holley de Benavente).
En la misa se transparentaba su unión con Dios y su afán
de comunicarlo a los demás: Recuerdo que en una misa lanzó
la idea de la fraternidad del Hogar de Cristo, con votos propios del
estado, porque él decía que quería señoras
santas y no señoras buenas: "El mundo está lleno
de señoras buenas" (Elsa Maffei de Rocca).
Tengo muy presente la ocasión en que, encontrándome sentado
sobre un montón de arena junto a una nueva edificación
del Hogar, me encontraba yo muy aburrido y el Padre me preguntó:
¿Qué es lo que te pasa, San José? Yo le dije que
estaba aburrido; entonces él me dijo que no tenía
por qué aburrirme, que donde tenía que aburrirme
era allá arriba, pero no aquí en la tierra, porque aquí
hay mucho que hacer; estudiar, portarse bien, ser buen compañero,
ayudar a los ancianos, a los enfermos, etc. Yo, que era un niño
bastante despierto, me impresioné por la forma cómo él
me imploraba que me portara bien y no me aburriera, sino que trabajara
por superar mis propias dificultades (José Antonio Palma).
A este respecto (templanza heroica) recuerdo que una vez lo acompañé
en un viaje en tren, en coche de tercera clase, hacia Concepción
(700 Km. ), en un viaje nocturno y en tiempo de frío; al llegar
el vagón eligió el peor asiento, que es el que se encuentra
junto a la puerta, con las consiguientes corrientes de aire y malos
olores del W. C. que se encontraba junto a él. Sus acompañantes
le observamos que había otros asientos todavía, pero él
nos contestó: "Para qué vamos a deja este asiento
para otras personas, cuando nosotros podemos aguantarlo por amor de
Dios" (P. Victor Risopatrón Matte S. J.).
Con motivo de una conferencia que le fue pedida al padre Hurtado para
un grupo de ex alumnos maristas en el Instituto Alonso de Ercilla -a
la que fue invitado como presidente de la federación- llegamos
con el padre hacia las 18:30 y encontramos que solo habían 4
personas. Sin inmutarse, el Padre dio una brillante conferencia de 45
minutos más o menos como si tuviera el más numeroso de
los auditorios. Terminada su intervención lo acompañé
hasta el Colegio de San Ignacio y me fue imposible dejar de expresarle
mi preocupación por tan escaso auditorio. Con naturalidad que
nunca podré olvidar, me dijo: " Es tan grande el valor de
un alma para Dios, que me habría bastado la presencia de una
sola persona y como habían 4 no tengo nada de que quejarme".
Al despedirme hacia las 20:00 horas en la puerta del colegio quedé
con la sensación de haber acompañado a un Hombre de Dios
hasta ese momento desconocido para mí (Un ex-alumno marista).