En
una oportunidad estando ya al comienzo de su enfermedad, ante mi vista,
atendió con gran bondad a cuatro o cinco mujeres pobrísimas,
después de haber atendido largas horas a otras muchas personas
y me dijo: "El sacerdote no es una oficina y al pobre no se le
puede tramitar" (Luis Williamson).
Para el siervo de Dios la muerte no era algo terrorífico sino
solamente el paso para caer en manos de Dios. Recuerdo que en Ejercicios
espirituales, cuando nos hablaba de la muerte se transparentaba la alegría
que significaría la muerte por el encuentro con el Padre Dios.
Estando ya próximo a morir le pregunté qué le agradaría
comer y él me respondió: "estoy como un pasajero
en el andén, con las maletas listas y el tren no pasa" (Sra.
Marta Holley de Benavente).
Estando él ya enfermo, viajé con el Padre a Talca para
la celebración de un aniversario de ordenación de Mons.
Manuel Larraín, su íntimo amigo. Íbamos en el mismo
autobús. Varias personas se sucedieron en el asiento vecino al
del Padre, sin duda para pedirle consejo. En un momento dado, el P.
Hurtado me pidió que me sentara cerca de él, pero que
no le hablara, porque estaba agotado y no habría podido atender
a una persona más, pero no se separó de su alegría
y de su caridad fraterna (P. Gustavo Arteaga Barros S. J.).
Yo fui testigo de una escena conmovedora. Cuando en sus últimos
días de vida, al querer agradecerle al Dr. Armas Cruz sus cuidados
y atenciones, no pudiendo ya hablar, con esfuerzo visible, tomó
la mano del Doctor y se la besó. Lo mismo sucedió ya en
el momento de su muerte: yo y las demás personas que estábamos
alrededor de su lecho, pudimos notar como el Padre en ese momento supremo,
nos recorrió con su vista, se sonrió, y de inmediato murió.
Como si se hubiese despedido hasta el cielo (Elsa Maffei de Rocca).
Quedó hospitalizado en la Clínica de la Universidad Católica,
donde no nos fue posible visitarlo. Pero el mismo día de su muerte
-el 18 de agosto de 1952- como a las doce del día, él
nos mandó llamar. Fuimos uno cinco de los más antiguos
-los "fundadores"- del Hogar de Cristo. No podía hablar,
pero nos quiso tener cerca de él y se despidió con su
mirada y su sonrisa bondadosa. Yo guardo un recuerdo imborrable de ese
último encuentro, en la tierra, con el Padre Hurtado (Mariano
Morales Moreno).
Recuerdo una petición que me hizo días antes de morir
en la Clínica: "Dile al Patrón que no me aparte ni
un milímetro de su voluntad". Como expresión de esa
justicia para con Dios, son esas palabras que escuché tantas
veces: "Contento, Señor, Contento". Respetó
los derechos de los demás con delicadeza extrema, de la cual
doy testimonio por mi propio caso de discernimiento vocacional (P. Ignacio
Ortúzar Rojas).
Recuerdo especialmente que me pedía que le leyera las Letanías
de los Santos, y él las repetía con las pocas fuerzas
que le quedaban, en medio de lágrimas de consuelo; parecía
que estuviera conversando con los Santos. Lo mismo pude notar con su
devoción a la Virgen, que siempre lo hizo enternecerse, pero
ahora más que nunca (P. Victor Risopatrón Matte S.J.).
Ya estando él bien delicado en el hospital, me formuló
entonces la única petición que me hizo durante toda su
vida, y fue ésta: Pídele a Dios que me mantenga
fiel a su voluntad hasta el último momento de mi vida (Hugo
Montes).
Yo lo acompañé en el mes de enero de 1950 en una visita
de la región de Concepción. Íbamos de seglar y
bastante mal trajeados. Esto tuvo como consecuencia que al llegar a
la oficina de la gerencia de la mina de Schwager, el P. Hurtado preguntó
por el gerente y le dijeron que esperara. Como pasado un cuarto de hora
no sucedía nada, el Padre se acercó a la secretaria y
le dijo: Dígale que soy el P. Alberto Hurtado, amigo personal
de Fernando Aldunate (que era presidente de la Sociedad Minera Schwager.
Al enterarse de esto el gerente salió en el acto, pidiéndole
toda clase de disculpas. En ese momento el Padre me presentó
a mí; el gerente se dio por enterado de mi existencia y me invitó
a pasar también a su oficina. Un día recorrimos la mina
de Schwager durante toda la mañana; después del almuerzo,
el Padre sintió un malestar indefinible y se quedó descansando
toda la tarde. Era el primer síntoma de su enfermedad, que duraría
los dos últimos años de su vida. (P. Arturo Gaete).
Su enfermedad que era cáncer al páncreas la soportó
sin jamás quejarse, en medio de dolores atroces; en una ocasión,
en que yo trataba de hacerlo cambiar de postura en su lecho, le dije:
"Patroncito, qué duro es el potro que le ha tocado";
y como respuesta, me contestó: "El Señor lo hace
de rosas" (Luis Williamson).
Cuando el Siervo de Dios se sentía mal, por obediencia a sus
superiores, dejo el trabajo y pasó algunos meses en la Casa de
los Jesuitas en Calera de Tango y después en Valparaíso;
pasé un día entero en visita que le hice en Calera de
Tango. En esa ocasión, lo vi muy demacrado y cansado, y durante
la larga conversación que sostuve con él, me habló
alegremente y con un gran optimismo sobre el peregrinar a la eternidad
y cómo esta vida nos había sido dada para buscar a Dios,
la muerte para encontrarlo y la eternidad para poseerlo. Mi impresión
fue que soportaba una enfermedad grave, con paciencia heroica, sin quejarse
y con gran alegría. Cuando yo le dije que estaba muy pálido
y que debía descansar, él me contestó sonriendo:
"tendremos mucho tiempo para descansar" (Padre Fernando Karadima).